Precio por persona

Cuando ves algo que el corazón no puede soportar, por qué lo pones en él? (Shams Tabrizi, La melodía agridulce de los derviches girando)

Ojalá la izquierda se quede rato en el poder: con la derecha follo demasiado. Es un problema de tripa. El otro día escuché a un mancebo muy titulado y curriculado, bella efigie, cero morbo: la antítesis de la seducción. Hablaba a un círculo informal, mayoritariamente proclive; derrochaba máximas de viejo conservadurismo como si de un señor antiguo y acedo se tratara. No, era joven; pero actualizado en el odio a lo distinto y mimo fiel del populismo de derechas. Depués de oirlo, tuve que follar durante un par de días como si debiera aprovisionarme para una guerra venidera.

Y es que quizás el esperma sea sensible a los discursos de odio y haya que expulsarlo tras una larga exposición a ellos, como fue el caso.

Esto no tendría más trascendencia si no fuera porque en los locales de sexo me encuentro calcos proporcionales de la misma realidad que me aflige. No sé si me podréis acompañar textualmente ya que a veces veo relaciones donde otros no las ven, y como no quiero convencer a nadie de la realidad de mis visiones y menos de la tragedia que ellas representan según la interpretación que hago de ellas, podéis dejar de leerme ya, al menos por hoy, salvo que os gusten los relatos sazonados de vulgaridad. Hoy, sin duda, hablaré de pollas.

Los problemas se me repiten: amigos heteros con los que no hay nada que hacer; compañeros de trabajo con los que es indeseable enturbiar lo laboral, si bien muy apetitoso lubricar los fantasmas; mujeres con las que solo puedo hacerlo si no son mis amigas y si vienen acompañadas de hombre magnánimamente bisexual. Me quedan tres opciones: repetir colaboraciones previas; acudir a trabajadores sexuales; acceder a contextos sociales donde la relajación de la moral sexual se dé en niveles operativos. Opto, como casi siempre, por la tercera.

Me gusta subvertir la lógica de monetización del esperma y no correrme en esos locales a menos que la situación lo reclame a gritos. Si no es el caso, por el precio de dos menús XXL en Burger King, postre incluido previo vómito, me enrollo con cinco cuerpos distintos, cosa que me da una paz que ninguna clase de yoga ha podido alcanzarme (recuerdo salir de kundalini listo para irme de after o ponerme a gritar en medio de la Diagonal). Hoy han sido seis: un chaval joven extranjerísimo; otro joven declaradamente “catalán y español” (remarcando “y español” como quien dice “solo con condón”); un señor que podría ser mi padre, algo particularmente catártico con respecto al delfín de Ciudadanos porque cuanto más avieso a la moral monoteísta es el sexo que practico, más me quito las ganas de hacerme terrorista puntual; un joven acondroplásico que me ha saludado muchas veces y, satisfaciendo curiosidades mórbidas, cuyo órgano no era proporcional a su estatura; un chico de Lavapiés que tenía más peligro que un USB metido en un Mac luego de haber estado en un PC; y otro con el que el anterior ha tenido comercio sexual, y que luego lo ha tenido con un servidor.

No pretendo entrar en detalles acerca de estos personajes que nada tienen de ficticio, sobre todo para proteger su anonimato, así que creedme simplemente cuando os digo que siguen representando a la esperanza izquierdista, pero también a su lado más rancio que es la izquierda sebosa, y a la gomina de derechas, y aún a la fachoría, esa que está a la derecha de la derecha. No todos los gays españoles vienen de Valencia, Murcia o Galicia, así que no se trata de un complot de Nuevas Generaciones para evangelizar en los sex clubs; parece más bien el resultado del arrinconamiento del deseo homosexual hacia los polos de toda política de alternancia, basada en un efecto de sucesión entre grandes partidos que en ningún momento suponen un riesgo para la moral y el sistema dominantes.

Así también una marica es de izquierdas, está comprometida con lo social, ya sea Amnistía o Grindr, y tiene en el PREP su nuevo rito de salvación, o es de derechas, sabe que nadie le va a salvar el culo y cree en el valor del trabajo antes que en la solidaridad porque ya ha visto de qué pasta está hecha el mariconeo. Es en momentos como estos que hago cuentas a cuánto me sale cada follada porque sé que nadie podrá salvarnos, ni siquiera el PREP que da de comer a cuatro maricas subvencionadas y mucho menos Amnistía, el Don Limpio de la consciencia burguesa; también sé que es cuando buceo en el mar de mierda, esperma y lubricante que son nuestros culos y pollas de maricas domingueras, aún motivado por un facha vomitivo, maricón que jamás saldrá de su armario espejado IKEA, es cuando penetro en esta cueva de popper y cerveza barata que los chaperos marroquíes se toman a sorbos culpables que me reconcilio con Hannah, esa resistente al binarismo que en vísperas de fin de año me recuerda que, en la lucha de fondo, ninguna derrota es demasiado importante, ninguna pérdida es casual y ningún placer es despreciable. Días vendrán en que sufriremos más que hoy y habremos perdido aún más derechos y compañeros, y todo esto que os cuento nos parecerá tan profético como superficial. Todo menos la pregunta: para qué ser gay, u hombre, cuando puedo ser simplemente Sion?

Vivir separados

Hablando de unciones, hace tiempo encontré la imagen de una mujer luciendo un vestido negro de manga corta, casi a la altura de las rodillas, la foto recortada por el límite superior de sus labios, preservando el anonimato de la joven modelo. Sobreimpresa en caracteres Times New Roman de un blanco virginal, una declaración de principios: “Modesty isn’t about hiding your body, it’s about revealing your dignity.” Es decir: “La modestia no consiste en esconder tu cuerpo, sino en revelar tu dignidad.”

La ambigüedad quedó patente al poco tiempo cuando una amiga musulmana utilizó el mismo argumento con palabras llamativamente parecidas para justificar el porte del velo: nosotras no escondemos el cabello, nos mostramos modestas.

No puedo obviar que me chocó escuchar de la boca de una persona inteligente y querida el mismo discurso con el que me había tropezado, hacía muy poco, en el perfil social de un grupo supremacista blanco que defendía la unidad y las raíces de Europa frente a los monstruos de siempre: la invasión islámica, el contubernio judeomasónico, el lobby LGBT, y todos los pretextos que la clase conformista encuentra para no desafiar a los poderes fácticos y a sus fantasmas. Esto sin darse cuenta de que delegar el problema en el otro y rehuir el compromiso político es la señal más clara del retorno a la barbarie.

No voy a caer en la tentación de hacer lo mismo: ese problema lo tengo yo y lo tenéis muy probablemente vosotros que me estáis leyendo. Que mi amiga comparta inconscientemente una lógica de pensamiento con un grupo que desearía su muerte es también un síntoma de cuánto se nos escapa la intención ideológica de los discursos, y cuán fácilmente nos adherimos a interpretaciones interesadas y sesgadas de una realidad problemática y molesta que nunca tenemos tiempo de pensar.

Sino veámoslo con un ejemplo, un paradigma donde los haya de aquello que sería justamente lo opuesto a la modestia: el orgullo. En las sociedades occidentales, cuando hablamos de Orgullo con mayúscula hablamos casi siempre, por antonomasia, de la manifestación del Orgullo gay, al que luego se fueron añadiendo iniciales con el afán de incluir a más hechos diferenciales: orientaciones sexuales, identidades y expresiones de género.

Voy a hacer de abogado del diablo: con qué derecho defendemos ese festival desmadrado e impúdico cuyo carácter reivindicativo ha cedido, con el paso de los años, a una fiesta de visibilización gratuita y ofensiva para una parte de la población? O acaso la laicidad, ese principio de separación entre las confesiones y el Estado, se aplica al ámbito de la religión pero no al de la sexualidad? Porque si la exposición pública de la condición sexual y de la afectividad, incluso en su expresión más normativa, supone un malestar para otros, quizás habría que ampliar la noción de laicidad y extenderla desde el ámbito confesional hasta abarcar el afectivo. O acaso no es la sexualidad tan íntima como la espiritualidad? O al menos, acaso no ha sido la vivencia afectivo-sexual sometida al mismo tipo de privatización que el rito religioso y sus señales, tales como el porte de un hábito, un velo, un solideo…?

O sino, pensemos en sentido inverso: Orgullo gay sí, orgullo islámico también. Que nadie se quede fuera. Saquemos nuestras banderas y lentejuelas, nuestros rosarios y espadas, nuestras cimitarras, saquemos a relucir cada uno y cada una nuestra visión particular de aquello que creemos, sabes d-os por qué, que hay que enarbolar como un trofeo.

Mi experiencia es tan sesgada como la de cualquiera de vosotros. Ella me dice que la visibilidad es más susceptible de generar conflicto que la discreción, y que el recato, más que un concepto moral, a menudo es una estrategia de supervivencia. Y sino, segreguémonos como si no hubiera mañana, es decir, como si no tuviéramos que convivir más allá de nuestras burbujas digitales, de nuestras afinidades selectas, de nuestros gregarismos primitivos.

Es cierto que cuando escucho el discurso de ciertos rabinos sobre la homosexualidad no me siento menos amenazado que cuando escucho el de ciertos imanes o curas; y que al haber elegido escuchar y amar a personas que discrepan profundamente de algunas de mis ideas tengo la fortuna de percibir el odio que se esconde tras nuestras creencias más liberales y progresistas. Somos unos pobres de espíritu en el sentido más pesimista del término.

Hace tiempo me enteré que los luchadores de kirkpinar en Turquía, y gran parte de su público, protestaron contra el turismo gay que se estaba generando alrededor de sus encuentros, donde luchan varones ataviados con pantalones de cuero y cubiertos de aceite de oliva, una combinación que los convertía en objetos sexuales de la multitud gay que buscaba asistir a unas competiciones que nada tenían de homoerótico. Si os digo la verdad, no puedo sino empatizar con los jugadores que vieron su espacio de seguridad invadido por un deseo ajeno que vivamente lo amenazaba. Desafortunadamente, aún nos queda mucho para saber acceder al espacio del otro sin violentarlo. Así que, en lo que a mí me concierne, prefiero no vestirme de orgullo, que es una prevaricación del espacio público, ni de modestia, que no deja de ser un disfraz de idolatría. Oculto, oculto, es el misterio. Lo demás es un infierno de luces.

 

 

Ungir a los vivos

A alguien se le habrá ocurrido que la célebre magdalena que Marcel Proust o, en su defecto, el narrador de En búsqueda del tiempo perdido, moja en el té, se pudo haber desecho antes de que él se la pudiera llevar a la boca? O acaso no debe el agua llegar casi al punto de ebullición y servirse aún casi en hervor para que la hierba la infunda de inmediato? No puedo dejar de pensar que, si Marcel juega a ser narrador omnisciente, como si de d-os se tratara, la magdalena no es menos que nuestra alma que d-os moja en el mundo para luego, inexplicablemente, rescatarla hacia su boca. Algunos sobrevivimos al hervor, otros nos disolvemos por exceso de exposición, como la magdalena que se disuelve dejando en la taza un poso de migajas. O como una fotografía quemada.

Estos días, a medida que me dejo mojar excesiva y lánguidamente, me vuelven imágenes de la ducha tan cómoda del hotel tan modesto donde dormí, de las comidas frugales, de los paseos largos, del azán llamando cinco veces al día los creyentes a la mezquita. Pero a mí, qué d-os me coge de la mano para mojarme en el té del mundo? Tantas y tantas veces me sumerjo en una caída libre de la que asciendo solo por desliz inverso; y tantas y tantas veces me paseo al borde de la taza aspirando a una vida mística que es objeto dilecto de mofa de mis amigos que confunden la laicidad, que comparto, con un sentimiento antirreligioso, que me dice tan poco como los fanatismos.

Por eso me adhiero a la espiritualidad mediada por objetos volátiles.

Vengo sospechando que los aceites tienen un significado mucho más profundo que el que tuvo la visita al Gran Bazar, el regateo y por supuesto todas las lecturas que estoy haciendo sobre la base científica, u observable, de sus efectos sobre el estado anímico de humanos. Me atrae no solamente que la unción con aceite defina, por antonomasia, la elección de un cuerpo por su alma. En el caso del ungido de aquellos que vinieron a llamarse cristianos, es notable la confusión de la unción con una ideología, a tal punto que Saulo de Tarso identificó la elección representada por esa unción con una identidad excluyente, la del mesías que, además de solo poder ser uno, se convirtió no en un modelo de santidad replicable sino en un amo supuestamente amoroso pero susceptible de ser impuesto por la fuerza, ejecutándose innombrables matanzas en su nombre, entre ellas la Inquisición, el Colonialismo y el Holocausto. Así se utilizó a un rabino galileo para forjar el cumplimiento precipitado de una profecía que, en realidad, no puede ser secuestrada por ninguna religión; ni siquiera por el judaísmo, que antes que una religión es una relación particular con la ley y el deseo, con el tiempo y el mundo. A dos semanas de Janucá, no me sorprende que ese secuestro de la espera y del amor haya llegado aún más lejos degradándose en una estación consumista donde no hay dinero para calentar a los sin abrigo pero sí para ofuscar a los paseantes con el brillo de promesas huidizas.

El aceite es otra cosa. No casa no el té del mundo. Su precio es muchísimo más elevado. Ni el té blanco más preciado es tan escaso como las resinas más caras, o los almizcles más selectos. Y aquí el valor de la mercancía es tan solo una señal simbólica, un vago simulacro de su función sensorial. Como una droga, pero sin el factor destructivo del fármaco, la unción con un aceite determinado, fruto de un linaje técnico e intuitivo de elecciones muy concretas, parece un vehículo de trascendencia, éxtasis, ascensión del estado del hombre a d-os, y aún más del hombre (lo humano) libre de género a creador de una nueva relación con el mundo desde su propio cuerpo.

Siento que ya no valen ni el modelo de ciencia dominante, ni la mazmorra académica donde las generaciones son formadas en el yugo de la disciplina y la uniformidad de una norma ajena, productora de malestar y prestigio. Me huele, justamente, a que es cuestión de atender a la reivindicación del cuerpo, que irrumpe en tantos discursos, del feminismo a la teología, del psicoanálisis al capitalismo, de la antipsiquiatría a la robótica y a la ingeniería social. Simbólicamente, es imposible ungir a un robot, aunque la acción de untarlo con aceite se pueda llevar a cabo, pero a nivel ontológico no es un cuerpo, y como tal no puede ser ungido ni deseado, ni creado ni amado.

Sin pensarlo dos veces, me levanto hacia la estantería, cojo el frasco de sándalo con esfera y, con mi diestra, firmo mi nombre desde la parte anterior de la oreja derecha hasta la nuca y me percato de cuán aleatorio es el origen de los rituales. Todo para recordarme a mí mismo que ungirnos, como humanidad, es una tarea urgente y probablemente no tenga fin.

Un encargo en Turquía (5)

Cada vez que recibo mensajes de lectoras preocupadas por mi estado anímico se me aviva el dilema: tengo yo el derecho a sincerarme en estos textos que llevan el nombre de diarios, aún atribuyéndolos a una Hannah que solo vive en ellos? Pero entonces recuerdo a otras lectoras cuya preocupación desaparecía al comprobar el carácter ficticio de los textos. Quiero aclarar que no pretendo preocupar a nadie, ni tampoco dejar de hacerlo: Hannah es el nombre ficticio de la persona real que escribe estos diarios; es la reivindicación de una parte de mi identidad que no siempre queda cubierta por el nombre real. Sin embargo, el diario es por definición confesional y, si no cumple con la verdad de los hechos, sí deja constancia de ensoñaciones y delirios en los que más de una vez me habéis dicho encontrar afinidades con vuestros propios fantasmas.

Dicho esto, os cuento cómo regatear el precio de unos aceites en el Gran Bazar según la última experiencia que tuve allí, es decir, aquella que terminó en una compra satisfactoria para mí y para el vendedor.

Esto ya indica la primera regla: no comprar en el primer sitio que encuentras. Solo después de comparar precios puedes hacerte una idea de hasta cuánto te lo pueden rebajar.

La segunda regla es informarte de las experiencias de otros compradores para saber si en el lugar dónde estás hay efectivamente una cultura de regateo, y de qué porcentaje de regateo estamos hablando. En este caso encontré testimonios en internet, en páginas de viajeros, que comprobé junto a autóctonos una vez llegado a la ciudad: efectivamente, no solo el regateo está culturalmente aceptado y es habitual sino que es algo esperable, por lo que los precios están ocultos y muy incrementados. Así pues, en el Gran Bazar de Istanbul se suele conseguir entre un 30 y un 40% de rebaja.

Entonces, cómo decidir con quién voy a regatear? En mi caso, con el vendedor que tiene mejor género dentro de unos precios razonables.

La tercera regla es saber qué vas a comprar y estar informado acerca del producto.

La cuarta es no revelarlo al vendedor hasta el momento oportuno. En mi caso, yo quería un aceite de Oudh cuyo litro, si es de categoría A, en la que los árboles son naturalmente afectados por un hongo que activa la producción de la deseada resina, puede superar los treinta mil euros. En el caso de árboles cuya contaminación es inducida, el precio de venta al público ronda actualmente los quince mil euros el litro, o sea que encontrar el mililitro a quince euros puede ser un buen punto de partida para decidir que es allí donde voy a regatear, pero nunca empezando por el Oudh. Voy oliendo otros aceites hasta pedir, como por casualidad, el Oudh.

La quinta regla es ganarse la simpatía del vendedor, preguntándole su nombre y halagando el local o la variedad o calidad del género, y revelando enseguida que también eres profesional, con lo que te interesa tener margen para ganar lo tuyo. Si lo haces con habilidad y empatía, habrás creado un vínculo emocional temporal. Yo le dije: “Tienes buenos aceites. El opio, para mi gusto, es dulzón. La rosa un poco seca, quizás por el prensado, pero es correcta. El Oudh está bien, resérvamelo. Y la selección de almizcles es interesante; quizás me llevaré alguno aunque no tenía pensado hacerlo.” Él se anima, coloca un par de sillas a los lados de la banqueta de selección y le dice a un encargado que me traiga café para limpiar el olfato; y me devuelve la técnica, halagándome: “No te haré precio de amigo; te haré precio de hermano!”

La sexta regla es hacerle creer que compraré más de lo que finalmente me llevaré, por ejemplo preguntando si puedo pagar con tarjeta, para así negociar un descuento por volumen al que luego quitaré cantidad intentando no perder el descuento. Él intenta engatusarme unos cuantos más, pero yo voy apartando los que no me interesan, y los voy excluyendo poco a poco a medida que me muestra los precios. Empezamos a jugar a las dosis, que si me llevo 3, 5, 10, 12 mililitros… todo esto con el cambio de liras a euros de por medio. Que yo sepa, todos los móviles traen calculadora pero por si acaso… llévate una y utilízala sin reparo.

La séptima y última regla es introducir un elemento enigmático. En mi caso, le dije que utilizo los aceites para hacer productos que empleo en mi actividad como terapeuta. Él me preguntó si hago aromaterapia y le contesté, porque así es, que no: soy psicoanalista “como Freud, el neurólogo de Viena”, pero me sirvo de la activación regulada de las mitocondrias donde el médico austríaco empleaba, al principio, la hipnosis. Como le veo no tanto interesado sino más bien fascinado, bajo repentinamente a la elección de los aceites despistándolo con el cambio de dos aceites que tenía reservados por otro que no: un sándalo cuya calidad no me había pasado desapercibida.

Me ofreció una rebaja del 55% por la compra conjunta del Oudh y el sándalo, esperando convencerme a comprar el aceite de rosa damascena, al que le contesté con mi mejor sonrisa: “ya hemos hecho un buen negocio, no vayamos a estropearlo”. Le pagué una parte en metálico y otra con la tarjeta; el pago con tarjeta sirve como garantía y registro, mientras la parte en metálico tiene el valor comercial de no estar explícitamente declarada, algo muy común en un mercadillo, y el valor afectivo de visualizar su propia moneda.

No me preguntéis por mi estado anímico al salir del Gran Bazar: superé con creces las expectativas que llevaba pero también es cierto que me lo tomé como una práctica terapéutica, ya que no suelo cuestionar de forma explícita el valor que me piden. Tampoco crecí en una cultura de regateo. Pero si os he explicado paso a paso cómo lo hice es porque haberlo hecho me ha conectado con un gusto comercial que he tenido que desarrollar solo; y porque la idea misma de venta tiene tan mala prensa que quizás es hora de desplazarla hacia algo más lúdico y más cerca del valor que tiene el lenguaje para llegar dos personas a un acuerdo, sea el que sea.

Un encargo en Turquía (4)

El próximo día os contaré qué ha pasado esta mañana en el Gran Bazar porque me urge hablaros de cómo la lluvia y sus diamantes enigmáticos atraen al ángel más funesto.

Con razón me llamaban un niño sensible, un clásico entre los eufemismos para no decir maricón aunque eso es justo lo que todos están pensando. Un niño sensible que no tardará en chupar pollas y ponerse de culo en pompa. Vamos, no os escandalicéis. Prometo que hoy no volverá a pasar. El caso es que, en la sabiduría del populacho, no es tan maricón el que da como el que toma, razón por la que uno de mis parientes, al confesar su preocupación por mi futuro rechazo, como si no fuera él el primero de la lista en rechazarme con su “preocupación”, me preguntó, como cerciorándose: “pero tú eres de los que da, no?” Y así te hacen heredero, por la fuerza, de los prejuicios, efectos colaterales de una moral piadosa que, de tanta “preocupación” por los que son “distintos”, acaba prefiriendo que no existieran.

Algo de eso lo lleva Hannah. Para algunas personas trans, ella es la transición fallida, invento de un artista cisgénero no suficientemente queer, no suficientemente patologizado, y quizás no suficientemente gay para ser admitido al canon del discurso trans oficial. En todos los márgenes hay centros. En todas las minorías, corrientes mayoritarias. Por eso conviene elegir enemigos comunes, causas fáciles, comunidades poco numerosas ergo vulnerables, subjetividades aisladas.

Hannah tiene las de perder: es trans no oficial, judía, hace preguntas molestas, dice cosas peor que molestas, se salta las normas del transfeminismo al igual que las del heteropatriarcado, es judía, es un ente con discurso propio, una acción que encarna un discurso. Por cierto, os he dicho que es judía? Pero no es porque muchos judíos se hayan suicidado a lo largo de la historia para no sufrir una vida miserable o una muerte aún más ignominiosa; no es porque esta mañana la lluvia cayendo en el asfalto pareciera una torrente de lágrimas y diamantes; no es porque lleve tres noches durmiendo mal porque estas paredes de hotel barato parecen de cartón y se oye todo menos mi soledad; no es porque lleve cuatro días comiendo pasta instantánea de sobre para gastármelo todo en el mejor aceite de Oudh que he encontrado en Istanbul; no es porque haya esperado dos horas a que viniera el intérprete de mi maestro masajista y sin él no pudiéramos entendernos; no es por nada de eso que esta tarde me ha acosado, mientras me alejaba de la orilla del Bósforo que abraza el pobre y monumental Eminömü, siempre detrás mío, en dirección al flamante Nişantaşı, el ángel de la muerte.

Me ha acosado porque en todas mis renuncias, en todas mis apuestas, permanece intacta la sombra de una herencia maldita. Mala suerte? Quizás. Esa lluvia que como un llanto de orfebre espeja mi dolor contenido solo vierte una imagen, un prenuncio que me avisa que todo es vano, que en todo salgo perdiendo, repitiendo así la mala suerte, por llamarla de alguna manera, que dicen que tenía mi tío cuando jugaba. Y jugaba por dinero. Y se mató un día.

Por eso, cuando Ali, casi a punto de despedirnos, se emocionó quizás, y con él su amigo, y me preguntaron qué sentía al escuchar un canto quránico, les he contestado con lo que mi madre llama una mentira piadosa: “paz y compasión”. No, no me ha transmitido paz ni compasión; me ha recordado la paz que solo el ángel de la muerte parece prometer, y la compasión que me falta cuando el deseo habla más fuerte e, insatisfecho, me arroja una y otra vez al abismo de odio hacia aquél niño sensible que fui. Pero cómo podría quererme si no me lo enseñaron?

Un encargo en Turquía (3)

Hasta tal punto se parecen el merodear por la ciudad y la misteriosa danza del masaje que va mapeando los puntos sensibles del cuerpo que hoy, de hecho, no me he perdido tanto como ayer. En algo tenían razón los descubridores de escalas, esos místicos que se dedicaron a hallar correspondencias entre macrocosmos y microcosmo o, cuando no, a inventarlas: el cuerpo y el mundo, archipiélagos y constelaciones, el cráneo y la ciudad, circuitos neuronales e itinerarios pedestres. Caminar y descubrir.

Esas escalas de conocimiento, fórmulas con regusto de ocultismo tan características de las Luces y las luchas que el iluminismo trabó contra las tinieblas de autoridades ciegas y omnipotentes, resuenan estos días en mis lecturas y comidas. En Martin Buber, por supuesto, en un artículo sobre Hitler y Mussolini y cómo el pueblo entrega su conciencia a líderes porque ya no quedan maestros; en el café turco, que parece concentrar un modo de vida intenso, antiguo y resistente a la modernidad, e incluso cierto hedonismo velado por cotidianos estrictos. Así nos regalamos masajes en una barbería de Nişantaşı a la hora del Ezan en la mezquita Hamidiye Meşrutiyet.

Me he tomado el primer café con un enorme borek de queso, hojaldre muy parecido a la masa fila, justo al lado de la universidad, luego otro en una pastelería de la calle Magdelyon donde les he comprado unas galletas de chocolate blanco y negro a Anil y a sus amigos. La verdad es que son todos muy dulces y encantadores. Hoy he grabado a Anil dándole un masaje craneal y dorsal a un cliente tan exigente como amable. Nos tomamos tres o cuatro tazas de çay, el té negro rojizo del que aquí se abusa sin complejos, y afortunadamente, ya que el alcoholismo me parece un síntoma de sociedades que malviven y que no saben relacionarse sin anestesia.

Me ha invitado a una de las sillas de su barbería siempre cálida y pulcra, y me ha tocado y observado la piel del rostro antes de proponerme una mascarilla. Ha mezclado colonia en el exfoliante y luego ha extendido esa pasta suave y perfumada que luego me dejaría la piel como nueva. Finalmente, me ha regalado otro masaje largo y purista, a sabiendas que mi estado mental era la búsqueda de ese lugar entre el disfrute inevitable y mi deseo de retener el baile de sus manos, los movimientos precisos, los cambios de tempo, los puntos sordos que de pronto se convierten en oídos hacia el interior.

La resonancia de mi tesis sobre mística, que leí hace casi diez años, no era casual. Quizás fuera desconocida para Anil, pero eso no importa. Importa, sí, que esta edad del mundo tan falta de calibración y espacios sapienciales se abra en momentos como estos a la reconciliación de saberes que no están solo en la psique ni solo en el cuerpo, sino que desafían a lo que queda de la nefasta división platónica.

Aún así, cuando he tenido en mis manos el certificado firmado por Anil que acredita esta maravillosa experiencia de transmisión de un saber tangible e intangible a la vez, debo admitir que me he sentido inmensamente más feliz y sereno que cuando el tribunal académico me concedió el aparatoso título de doctor en humanidades, especialista en filosofía de la religión o algo por el estilo. Esto me ha hecho reflexionar sobre la condición de la enseñanza institucional, que es poco menos que una lucrativa, compleja y sucia mentira.

Este extraño viaje a Istanbul, durante el que no he visitado ningún museo o monumento, ni siquiera el gran bazar, ni he hecho, en resumen, lo que se supone que debe hacer un turista, ha sido motivado por mi deseo de aprender, que ha hecho de este año uno de viraje intelectual y espiritual. He recuperado el gusto por aprender idiomas, la pasión por la lectura, la confianza en mi capacidad de trabajo repetitivo y productivo y no solo artístico y analítico, aunque esto lo debo principalmente al secuestro de la cultura, que la política y la finanza han degradado en industria de alienación: la cerveza del espíritu.

El caso es que me vine a este lugar para aprender algo que no se enseña en un país como España, suficientemente industrializado para avergonzarse del pensamiento intuitivo y demasiado acomplejado para romper paradigmas. Pero no hablemos de cosas tristes, que mañana hay más Anil: nos encontraremos en su barbería, nos daremos masajes a ritmo de té, y nos despediremos. O no, porque estos diarios de Hannah son imprevisibles, hasta para mí.

Un encargo en Turquía (2)

Me he despertado de un sueño que ya no he podido recordar. Una ducha rápida y la misma ropa de ayer. A un paso de la entrada en un bar-hotel, he preguntado si tenían café, a lo que me ha contestado una buena mujer abriéndome la puerta mientras fregaba el suelo y un chico, no sé si su hijo, bajando por unas escaleras. Un par de minutos después volvía a subirlas con un café delicioso, a una temperatura ideal, cortado pero no en demasía: al punto. Lo he saboreado como un verdadero regalo mientras un huésped y yo nos entreteníamos contándonos los orígenes y motivos de nuestra visita a la ciudad. Él, sirio, ganándose la vida en Múnic y visitando la capital turca por primera vez desde que, años hace, le sirviera de antecámara a mejor vida. Al salir he querido pagar pero…

– Free.

– Three? Three liras? (tres liras turcas son unos cincuenta céntimos de euro)

– No, free! It’s free.

Este inicio de día me ha resultado mucho más prometedor que el de ayer, con toda la ropa manchada. Cuando el agüero es de buena suerte, da gusto creérselo.

Las calles de Fatih y Sultanahmed están llenas de gatos. En barrios más urbanitas, que no cosmopolitas, como el núcleo que irradia la plaza Taksim, dejan de verse. El metro es un concentrado de sentidos, pero sin las especias del Gran Bazar ni el olor de cuero que envuelve las tiendas de curtidores, con sus pieles, bolsos y zapatos, entre Eminönu y la Universidad. Las cámaras y los vigilantes se hacen muy presentes, además de los escáneres. Pero calcorrear las aceras que se agotan de súbito en alcantarillas, peldaños y desniveles insospechados, es una emoción superada apenas por el dolor feliz que me sobrecoge desde pequeño al ver tanta belleza humana. La diversidad me emociona; y al ver tan normalizados rostros que parecen más antiguos de lo que la tecnología podría soportar, expresiones de nomadismo que por alguna razón han fijado aquí sus destinos, no puedo menos que reavivar la esperanza de que un recuerdo sutil calará todavía en una generación disuelta en cristales ultraplanos.

Aunque ni siquiera mirando el móvil he podido evitar perderme al bajar de Osmanbey. He tardado más de dos horas en hacer un recorrido que, dice Google, tarda como mucho lo que una clase de yoga en estos gimnasios donde todo va deprisa. Poco importa porque mi destino era Anil, uno de los barberos cuyo trabajo como masajista más he seguido en los últimos dos años. Aunque él mismo solo se considera un barbero que da masaje tradicional turco, su personaje público rezuma lentejuelas. Pero la belleza es una combinación mágica que se da cuando ciertas notas del recuerdo son hábilmente percutidas formando un acorde mayor, prístino, a la vez que indescriptible. Algo de eso que el concepto no puede asumir ha atravesado mi encuentro con Anil desde los primeros instantes.

He aprendido a aceptar a jóvenes como maestros comprobando la torpeza y cerrazón de mente de unos mayores supuestamente expertos y liberados. Estos abundan tanto entre feministas, anarquistas y demás progresía, sin olvidar a los psicoanalistas, como los fascinados entre la gente dócil y resolutiva, verdadero aceite del capitalismo salvaje. Pero cuando empiezas el día en una ciudad que te resulta tan extraña y bella (no sorprende que le llamaran Sublime) atreviéndote a un café magnífico al que encima te invitan unos tiernos desconocidos, nada más lejos que la toxicidad de las relaciones mezquinas. Cada día lo tengo más claro: al que, viviendo en sociedad, renuncia con determinación a las amistades digitales, a las quedadas superfluas, y a compromisos que no lo son, las circunstancias lo aúpan a encuentros verdaderamente alquímicos.

Como el que hemos tenido hoy Anil y yo, mediados por un colaborador suyo que se prestó generosamente a recibir nuestro masaje a cuatro manos alternadas, y un amigo, Ali, que ha tenido el privilegio de ser el puente entre el turco y el inglés y, más tarde, entre su islam y mi judaísmo, en una de esas conversaciones que te confirman que has acertado en tus elecciones, pero que se quedan entre quienes la hemos disfrutado.

Tampoco os daré detalles del masaje porque eso, en estos momentos, sería precipitado e inapropiado. Si acaso, os daré el masaje si llego a estar preparado. Puedo deciros que el encuentro ha superado mis expectativas más optimistas. Anil me ha permitido recibir el masaje de sus manos, ver cómo se lo hacía a su colaborador, y observar, comentándolo, como se lo repetía yo; ha insistido en hacerme un descuento generoso por la formación; me ha dejado la puerta abierta durante mis próximos días en la ciudad para que yo pueda seguir viendo cómo trabaja y, en alguna ocasión, practicar.

En cambio, Ali me ha hecho todas las preguntas que ha querido para intentar comprender mis motivaciones, de qué forma el masaje me puede ayudar y servir a mis fines profesionales, que son principalmente terapéuticos. Le he hablado de Freud, de la incomprensión del cuerpo, de la danza y la hipnosis, del deseo de escucha, de la necesidad de escucha.

Creo que Ali hubiera querido convertirme al islam, o al menos tener esa sensación. Nada más lejos de un rancio o fanático proselitismo; entiendo que ha sido su forma de demostrarme su admiración más sincera. Ha querido aún despedirme con el saludo amistoso que se dan los hombres turcos antes de que mi propio cuerpo desapareciera entre las calles de Şişli, intuyendo apenas el camino de vuelta, como si masajeara la Puerta Sublime.

Un encargo en Turquía

A Istanbul me he venido en un vuelo barato de Lufthansa. He aprovechado la restricción del equipaje a ocho quilos para ejercitar la austeridad: un solo libro, un solo cambio de ropa exterior, ropa interior y comida para no tener que salir por la noche, el neceser, un paraguas pequeño. En el bolso de mano, el ordenador y el móvil, algo de tabaco, dinero europeo y dinero turco, pasaporte y visado, pañuelos y kipá.

Por la mañana me he puesto la única ropa exterior que contaba traer. Enseguida me he hecho una papilla de copos de miel que me gustaba cuando era niño. La traje de Portugal porque solo la venden allí. No sé cómo, se me ha medio volcado el plato y me he pringado generosamente el jersey negro con el que pretendo presumir de Jack Kerouac. También he manchado el pantalón de pana ancho que siempre va bien en días fríos y en un país donde no sabes cómo reaccionarán a estilos más extremados. Por momentos, he visto en el incidente matutino un prenuncio doméstico de mala suerte. Pero he desechado enseguida el golpe de superstición, me he limpiado el jersey y el pantalón lo mejor que he podido y así he desafiado al poder enigmático de las señales.

He venido todo el rato leyendo a Buber y quejándome para mis adentros de un dolor que me aflige. Si lo explico, será más adelante.

Desde el cielo, la visión del Bósforo me ha emocionado. La llegada a la capital turca tiene algo que me recuerda a las llegadas a Lisboa, probablemente por la común existencia de un río y por la cercanía del aeropuerto relativamente al núcleo urbano, lo cual da la sensación de sobrevolar los tejados. Llovía mucho y sigue lloviendo. En el control de aduana, una policía que solo hablaba turco. A la salida, el chico de la lanzadera privada que había contratado previamente se dirige a mí con alguna solemnidad:

– Sion? Are you Sion?

Por primera vez me pasa por la mente el título “Un judío en Istanbul”. Como “Un americano en París”. O como “Un extraño en Goa”, de Agualusa. “El desplazamiento implica valor”, me dijo una vez James Clifford, el antropólogo. Quizás sea cierto. Valor y riesgo.

Lo que más me ha llamado la atención ha sido el aspecto absolutamente moderno y plagado de pantallas del aeropuerto Atatürk, la belleza apabullante de los turcos y, entre estos, la diversidad entre las mujeres: unas al mismo estilo occidental, por ponerle un nombre tan aparentemente fácil como cargado de prejuicios, sobre todo en este país que no se reivindica occidental ni oriental, sino que ya durante el Imperio Otomano era la Sublime Puerta; mujeres con y sin velo, algunas de ellas resplandecientes, luciendo vestidos o blusas llenas de brillantes a juego con maquillajes cargados y atrevidos; o con velo y pantalón del mismo color, o de riguroso velo integral negro.

Mientras las observo discretamente, como una censura visual, se me interpone un chico con cierto descaro. Podría ser un chapero, aunque me sorprendería. Desvío la mirada como si no lo hubiera visto.

Vuelve el chico de la lanzadera acompañado de otro. Fuman con rapidez y estilo. Hablan y se ríen. Festejan. Pero no solo ellos. Los hombres se tocan mucho. Aquí el male bonding parece señal de hombría. Claramente, yo no soy el único performer y voy a tener mucho que aprender de estas masculinidades. O no.

Mezquitas y monumentos, la hagia Sophia, un sinfín de banderas turcas que recuerdan que el país está celebrando su moderno patriarca, Atatürk, por todo lo alto. Pasamos cerca de la plaza Taksim, donde el último Orgullo Gay fue reprimido por la policía con palizas indiscriminadas.

Lo tengo que confesar: no he venido a meterme en líos. Al llegar al pequeño hotel familiar, antes que un merhaba, opto por un salam alyekum al que me contesta el amo, sonriente:

– Alyekum salam, Sion!

Soy solamente un judío en Istanbul. He venido a hacer un encargo.

El masaje otomano

Heme aquí vuelto al punto al que llegué al final del doctorado, ese otro desierto del alma: a las puertas del psicoanálisis, campo de saber mal labrado, monocultivo intelectual donde el cuerpo, por más vueltas que se le dé, nunca tiene lugar de hecho. Con fantasmas tales como el pasaje al acto, los límites de la transferencia y toda esa armadura teórica que blinda un escaso ejército de superyóes, se preserva estoicamente el psicoanálisis de toda contaminación por lo digital y por la neurociencia, por supuesto, pero fundamentalmente por el cuerpo, este cuerpo mortal, volumétrico y a menudo inefable del que tanto recelan. Yo ya había hecho varias embestidas en este sentido, que en su día me costaron una supuesta reputación que al cambio no valía nada. Así que decidí meter mano, literalmente: por qué no probar el masaje como sustituto de la hipnosis?

El mismo Freud abandonó esa técnica por la dificultad en mantener la consciencia de aquello reprimido fuera del estado hipnótico, es decir: una vez despierto o salido de ese estado, el analizante vuelve a estar inmerso en el yo; es el yo quién habla. Cierto masaje, sin embargo, al hacer sensible el cuerpo continuo, al volver física la continuidad del cuerpo analista y analizante, no abandona la consciencia despierta sino que la amplía para rebajar las defensas del yo. Y he comprobado en el setting que, lejos de interferir (romper la transferencia, la relación de analizante a analista), ese masaje desmotiva la actividad represora que caracteriza el yo, a la vez que asocia el confiarse a la escucha a un goce perfectamente ubicado. Esto relaja la fantasía de intimar con el analista porque la sexualidad deja de ser algo obsceno para acceder por fin a la escena analítica.

Pero ¿de qué masaje se trata? Ciertamente pude haberlo soñado. El descubrimiento viene dado por un significante que continúa el nombre de Otto (Otto Fenichel, Rudolf Otto) en la mano que transmite el masaje. Es en búsqueda de ese masaje otomano que me voy a Turquía.

Viagra

– Sion, Sion!

Llamó por mi nombre susurrándolo, dándole mordiscos como si fuera un manjar. Y la verdad, me confesara el día antes, es que el sexo había sido de lo más normal. De no haber sido por mi nombre fuerte y raro, dijo, no me hubiera dado su número de teléfono ni me hubiera pedido el mío. Y por supuesto no me hubiera invitado a tomar un chocolate caliente y luego a cenar. Al final, dormimos juntos tres noches seguidas, algo poco habitual para ambos tratándose de un ligue.

El primer despertar supo a novedad. Antes de que sonara en mi teléfono la Hatikvá, que me recuerda cada mañana qué significa haberle tomado el nombre a la montaña de Jerusalén, ya me estaba comiendo las orejas y el culo. Lo hacía con la avidez de un amante que me hace sentir deseado, pero que a la vez me instala en un lugar donde el futuro se vuelve efímero porque me siento, lástima, demasiado deseable. Todos sabemos que cuando ya no hace falta luchar por el deseo del otro, es el otro mismo el que empieza a dejar de hacer falta a nuestro yo insaciable.

Todo empezó con una pastilla, al igual que cuando empecé a escribir los diarios de Hannah. Esta vez, no con Androcur, sino Viagra. Después del Testogel, que me aplicaba religiosamente a diario, me pasé a la testosterona inyectable, el Testex, pero cumplido un año de estas andanzas, que si F que si Hannah hasta ser Sion de pleno derecho, dejé de presentarme en el centro de salud para que me pincharan la nalga. De eso hace ya dos meses. No tenía sentido seguir: mis testículos se estaban volviendo vagos y la testo en vena no me aportaba probablemente nada más allá del ritual, vuelto rutina, de hacerme pinchar.

Pero Hannah, que pocas almas entendieron como una performance, sigue viva como tal. Hannah nunca existió como cuerpo pero sí como concepto; y ese concepto encontró en mí un cuerpo disponible.

A semejanza de mis anteriores performances, o acciones artísticas como algunos prefieren decir, Hannah se desplegó y reveló ante quienes fueron testigos de mi cuerpo modificado, ante los lectores del diario que dicha revelación motivó. Como si de una experiencia mística se tratara, el cuerpo permaneció intocable e intratable, resistente a cualquier intento de clasificación, reacio a ser contado por alguien que no fuera yo misma: porque Hannah, por voluntad de ambas, se adueñó de mí.

Cabe decir que mi encuentro con la mística fue propiciado por quienes me impidieron hacer el doctorado sobre lo obsceno en pornografía, idea que escandalizó a más de uno en aquél dos mil cuatro marcado por un logro y una encrucijada. Terminado el máster, tuve la debilidad de apostar por lo seguro y proponer una investigación sobre lo obsceno en la mística. Entre mística y porno, qué diferencia hay? El tipo de ay. Y poco más, la verdad. Aún así, la falta generada por un deseo no cumplido, el de hacer del porno algo mucho más interesante para mí que el objeto de excitaciones solitarias, o el sustituto de amantes que no busqué ni me encontraron, hizo que me entregara a la posibilidad de volverme yo mismo objeto pornográfico (porque sujeto obsceno ya lo soy).

Así nació una performance que, si llega a ver la luz, lo hará en forma de vídeo hacia finales de año, pese a que llevo meses preparándola y preparándome para los fracasos que la persiguen. Para llevarla a cabo, en su cuarto intento, me armé de Viagra solo para descubrir que el problema no era no lograr una erección o mantenerla, sino algo de otra orden que no cabe aquí desgranar. Sin embargo, cuando me fui del lugar del rodaje, sentí la urgencia de convertir esa Viagra en dispendio sexual, y así conocí al muchacho que se quedó prendado de mi nombre. La intensa actividad sexual suscitada por ese cuarto fracaso, y amparada por la pastilla que lo remató, sirvió para devolverme la soledad de un tránsito de género tan performático como incomprendido. La soledad, en sí misma, no es ningún fracaso, pero sí el signo de algo incompleto; y como todo lo incompleto, es a la performance que atribuyo el poder de completarlo.

Me ha faltado que la experiencia de transitar Hannah, o de ser atravesado por ella, fuera traducida a un conocimiento que yo pudiera compartir. Ahora creo haberlo encontrado.