No hay límites ni enfermos

Mañana hará un año que empecé un tratamiento hormonal pionero: en primer lugar, porque apoya un tránsito de género múltiple y sin finalidad desde el primer planteamiento, y lo desplaza de la clínica al arte, donde no hay límites ni enfermos. No he querido ser hombre ni mujer, no estaba diagnosticado ni patologizado de ninguna manera. No sufría ni sufro ningún tipo de disforia en ese sentido. La disforia de género no existe: el género es la disforia; concretamente, es la disforia, la frustración y la violencia de quienes creen que existe. Pero el género no existe como realidad; es una invención y como tal he querido ponerla a prueba.

Un año más tarde, me doy cuenta de que, efectivamente, es un gran invento: ha permitido organizar la sociedad, clasificar la especie humana en dos grandes grupos, idealizar un tipo de relación entre estos y someterlos a un sistema de producción que, a su vez, se alimenta de la mano de obra que producen y, retroactivamente, lo justifica. Tranquilos, tranquilas: es mucho más complicado que el día de san Valentín.

Por supuesto, el género produce monstruos: al organizar la sociedad de una manera impide soñarla y materializarla de otras que podrían haber sido mucho más interesantes; al clasificar la especie humana, ha creado discriminaciones favorables a uno de los grupos y desfavorables al otro. Por otras palabras, ha instituído una jerarquía aparentemente natural con cuerpos más fuertes que otros, cuerpos más dóciles que otros, imponiendo cuerpos modélicos que permitirían gobernar la imagen que tenemos de nosotros mismos y determinar quienes son más deseables y para qué. Se fijaron roles en función de ese sistema, para hacerlo duradero e incuestionable, y se les asignaron funciones para lograr determinados objetivos. El género es una idea tan inmaterial y poco racional como la raza, di-s, o la nacionalidad. Estas ideas hay que protegerlas porque, muy probablemente, quienes gobiernan han llegado al poder sin otra preparación que la que implica continuar un sistema ya conocido. Por eso las novedades teconológicas son una anécdota en la historia de la humanidad (que no del mundo, que a menudo están destruyendo).

No soy un teórico de la revolución ni pienso hacer ninguna. Solo creo en la revolución como creo en la cura de un corazón: los efectos terapéuticos son efectos secundarios. Es decir: si mis acciones desencadenan cambios sustanciales, es cosa de ellas. Yo solo puedo controlar, como en cada performance, ciertas condiciones de producción. Puedo intentar delimitar el cuándo, el dónde, el cómo, y por supuesto quién. No puedo determinar con quién. Puedo explicar el porqué consciente, pero ni puedo hablar de aquello que le subyace (el porqué inconsciente) ni puedo anticipar el para qué. Y el para qué o hacia dónde son los futuribles que describe la revolución en su órbita indomable.

Creo que ha sido un acierto darle un nombre humano a mi acción, pero Hannah nunca se ha dejado encerrar por un género aunque le haya dado voz casi siempre en femenino. Pero también el género gramatical es un marcador histórico. La duplicación del género en ciertos discursos oficiales es una operación de maquillaje tan naïf como la feminización obsesiva del lenguaje como quien pretendiera reparar el mal hecho, como si la abolición del género gramatical masculino fuera una liberación de hecho, como si modificando el lenguaje modificáramos la realidad, como se creyó el siglo pasado y aún se sigue creyendo. No, no, no. Abolir el género es tan urgente y tan importante como abolir la esclavitud porque el género mismo genera esclavitud, perpetúa la desigualdad, naturaliza un delirio biologista que nos hace rehenes de nuestros cuerpos, productos de un lenguaje caduco, en vez de abrirnos la gran ventana del misterio, del ¿qué será?, del ¡voy a ver!

Sin psicosis no hay salvación. Sin unos cuantos años de locura, de prueba y error, de hallazgo y terror, de deshacerse de esta normalidad de mierda, no cruzaremos el paradigma.

Dejemos que la historia sea trans; de pasarnos más tiempo midiendo y programando, sospesando y evaluando, que haciendo. Nunca he dicho que se tratara de no pensar, sino todo lo contrario: se trata de pensar con todo el cuerpo, pensar haciendo, y que el único fin sea encontrarnos por primera vez. Una vez y otra. Porque Hannah es eso: un juego. Yo lo he ganado porque me aposté en ello pero estoy deseando que tú, tengas la edad que tengas y vengas de donde vengas, puedas ganarlo también.

Qué perdí, dónde he llegado, qué no quiero

Os quiero hablar de la detención. Los ejemplos que pondré están vivos, hacen mella en el estado actual desde el que os escribo. Podéis substituirlos por los vuestros: ejemplos de aquellos que os está empujando y empujando, no sabéis hacia dónde. Aunque tengáis planes para la semana o lo que queda de ella, o del año en que estamos, algo os empuja y quizás no sea en la dirección deseada. O aunque tengáis deudas, deudas que tardarán años en pagarse, relaciones que tardarán años en saldarse porque también han tomado la forma de deuda, una deuda existencial perpetua, corrosiva, no temáis: puede que algo os esté empujando y eso sea mejor que cualquiera de vuestros planes.

Tuvimos la costumbre de creer que di-s, si existiera, sería bueno y nos consolaría y proveería; o malo, porque permitiría la hambruna, las clases sociales, la creencia en la raza, el género, las naciones, el dinero y todo tipo de fantasías dañinas que se hicieron llamar dogma, ciencia o simplemente verdad para mantenernos a flote bajo esa especie de colocón racionalista. Hemos perdido mucho creyéndonos toda esa fantochada y podríamos perder más, todavía más, gracias a la gran miseria del divertimento. Divertirse, por encima de todo, es no pensar. Es dimitir de la confrontación. No se trata de pasarse la vida pidiéndoles cuentas a los demás, ni de amargarse discutiendo. Hablo de la confrontación con la realidad que, por norma, nos lleva la contraria. Olvidémonos de esos charlatanes del neoliberalismo que nos quieren vender la docilidad y el autoengaño disfrazados de mindfulness y PNL (piensa dos veces antes de decirme que la PNL blá blá blá), de los Deepak Chopras y los Eckhart Tolles, sacerdotes que nunca hemos pedido ni realmente hemos necesitado. Fue el mismo sistema de generación de miseria intelectual, de nivelamiento por abajo de todo el sistema educativo y de la educación a secas, de la sanidad y de la calidad alimentaria, fue el mismo sistema exterminador de ecosistemas el que nos propuso esos y otros oportunistas de la gran miseria.

Veamos: la idea de que las personas más conscientes son más infelices, y que por ello más vale quedarse estúpido es muy perversa pero más fácil de desmontar que cualquier mueble de Ikea. Parte de una concepción muy moderna de felicidad que nada tiene que ver con su raíz, que apunta a un camino incierto más que a un punto de llegada o a un estado de ánimo; y es necesariamente signular, puesto que no hay ninguna receta real para ser feliz. La felicidad como algo ideal y abstracto, envuelto en nubes de azúcar y constelaciones más o menos familiares, es algo que simplemente no existe. Leer libros de autoayuda donde el único que se está ayudando es el que se forra con su venta es, desde luego, un terrible sinsentido. Para ser feliz hay que empezar olvidando lo que nos han dicho al respecto (incluyendo lo que os diga yo, por supuesto), observando lo que tenemos de estable y concreto, alejándonos de lo que nos quita tiempo y dinero en vano, acercándonos y cuidando lo que es fiable y nos hace mirar hacia atrás con reconocimiento, alrededor con realismo y hacia adelante con propiedad. Esto es: reconocer qué perdí, dónde he llegado y qué no quiero. ¿Que si soy pesimista? Os contestaré con otra pregunta: ¿así es cómo sois felices?

Sufian se quiere ir a la cama con una chica a la que gusto. Él no está seguro de que, si lo hiciera, fuera más allá de dos polvos. Son palabras suyas. Pero ante la posibilidad de que yo me acostara con ella en su lugar, cosa que no ocurrirá por voluntad de nadie, sus celos dictaron la peor de las interpretaciones: que le miento. Sufian y yo podríamos haber sido buenos amigos, o eso creo. Ahora no lo veo tan claro; no porque no le pueda perdonar unos celos, sino porque el desarrollo paranoico de su deseo me hace temer que la estructura se repita otras veces, y yo ya no quiero jugar a esto. No a mi edad.

Cada día llego a casa agotado. Las aplicaciones móviles no me parecen el mejor habitat para los afectos. No tengo fuerzas para ir a ningún lado a conocer gente. Me siento atraido por varios compañeros de trabajo, pero quiso la separación de poderes que antes mezclaremos el poder judicial con ciertos partidos que el trabajo con la vida personal, o incluso afectiva. Entonces busco réplicas de mis fantasmas en el mercado aséptico del porno como quién intercambia tiempo o dinero por sucedáneos cada vez más pobres del amor.

Me levanto tarde por el doble trabajo de la oficina y de ir en búsqueda de amor donde no hay. Así que no vengo a daros lecciones. Os he avisado: para ser feliz, primero hay que olvidar todo lo que nos han dicho al respecto. Pero una cosa sí que os voy a decir: aún cuando todo se ve feo, incluso un día de sol en una ciudad bonita, con salud y trabajo y todas esas cosas que nos hacen creer que son buenas, porque hay días, hay momentos en que todo se ve feo y finito, listo para irnos, y no sabemos dónde, un poco de fruta fresca, un café recién hecho con unas tostadas, llorar si hay ganas, pero sin pasarse de pozo, y una siesta de media hora, o diez minutos, a la hora que sea, pueden ser el primer paso para desocupar nuestro cuerpo de niebla y hacerle hueco a una inspiración limpia. Esta mañana lo he hecho mientras escuchaba Desmond Dekker con el móvil apagado.

“Get up in the morning, slaving for bread, sir
So that every mouth can be fed
Poor me Israelite”

Esto es detención: me he secuestrado a mí mismo para devolverme un sentido de libertad. El que sea. Y no, no hay receta para ser feliz. Pero algo nos empuja y creo que es hacia algo bueno.

Vivir de amor es morir así

Hace unos días se murió Camilo Sesto, uno de esos personajes que me dicen muy poco porque España, culturalmente, solo empezó a existir a mis veinticinco años. Los grandes éxitos de mi infancia fueron en portugués, inglés, o incluso francés, el idioma culto durante la dictadura de Salazar. La inmigración en el Portugal democrático fue sobre todo africana, no sudamericana: este hecho fue decisivo en la diferenciación de la cultura portuguesa con respecto a España y, anecdóticamente, en mi forma de bailar. Hoy todavía disfruto de un buen kuduro (de los de antes), kizomba, de la soca, y todos esos sonidos de tierras que Portugal invadió en su día, ese es mi afro culpable, sin esencialismo, libre de cualquier purismo, con influencias caribeñas, cajas de ritmos japonesas, melancolías lusocoloniales y no solo fadistas, arabescos berberescos, perfumes insondables de Malawi y Madagascar. Todo muy lejos de Camilo Sesto.

Pero el hombre cantó todavía en mis primeros años en Barcelona, nunca en directo, siempre en diferido en discotecas de dudosa reputación como la Arena y la sala pachanguera de la desaparecida Salvation, lugares de mariconeo más o menos remezclado con gente de distinta orientación.

“Vivir así es morir de amor
Por amor tengo el alma herida
Por amor no quiero más vida que su vida
Melancolía”

Él dice más cosas pero esto es lo que la gente canta cuanto va borracha, y es suficiente para darme cuenta que, si fuera en portugués, podría ser la letra de un fado o de uno de estos mojigatos de nueva generación que hacen unas canciones de amor malísimas. Al parecer, la diferencia está en el ritmo, en la música, pero el mensaje, el lenguaje verbal, el tema propiamente dicho es el mismo. El amor, la melancolía, la supervivencia, la superación, aquí y allá, siempre.

Tengo una sensación muy parecida en cuanto al género: seamos del género que seamos, los temas se repiten con casi infinitas variaciones. Y es que el género se parece más a una radio de las antiguas, valvulares, con el botón de rueda para sintonizar, con la diferencia que no hay extremos, o sí, pero como intentes forzar el botón por abajo del 87 o por encima del 108 seguro que lo jodes y adiós programita.

Camilo Sesto no suena en todas las estaciones, gracias a d-os. Sería un tormento. Todo el mundo sabe que “no quiero más vida que su vida” no es melancolía; es histeria, aunque se le llame amor o devoción. Pero el afecto está hecho de estos y otros malentendidos, y la identidad de género también. Quizás debo resignarme a que siempre quedarán residuos de ese fracaso que es decir lo que no tocaba o callar lo que no debía. Y el cambio de nombre no es más que eso mismo: gente que no me conoce se me dirige por escrito en femenino, gente que me conoce ha aprovechado mi cambio de nombre para no dirigirme más la palabra, artistas con quienes colaboré bajo el nombre de Francesc Oui ya no me identifican en esos trabajos (quizás crean que me fui con Camilo), otros me bloquearon en las redes sociales (quizás temen que sus muertos escriban).

El caso es que gracias a Francesc Oui y a Hannah Games ha quedado mucho más claro que la performance no es un juego, o que jugar a las identidades es jugar con la propia vida. También ha quedado claro que con el arte de la performance podemos hacer dos cosas: acciones efímeras que se extinguen, casi todas, y caen en el olvido, o acciones indelebles que se hacen cuerpo, que toman un espacio y un tiempo, quizás por asalto, quizás de forma ilegítima, pero que están destinadas a modificar lo real, empezando por el mundo inmediato. Por eso Sion es tan impertinente: no solo porque recuerda una realidad incómoda sino porque hace presente este hecho inevitable: que nuestro cuerpo siempre, siempre, siempre es un lugar político. Y el amor, por supuesto, también es un acto político, tan político que uno llega a dar la vida por él, y eso lo cambia todo. Vivir de amor… es morir así.

La vida sensible

Todavía me pregunto qué es la sensibilidad. ¿Alguien sabría decírmelo? De pequeño era el eufemismo con que ciertos familiares se referían a mi indeseable desvío: “es un chico muy sensible” …por no decir maricón. En el instituto, profesoras de literatura bien intencionadas llamaban sensibilidad al alma o, peor todavía, a la inspiración del poeta: el poeta, ese ser romántico y solitario que bajo ningún concepto sería un fumador de hierba o hachís, y mucho menos un violador o pederasta, cosas todas ellas confundidas bajo el manto plácido de la moralidad.

Sensible.

Incluso podríamos jugar un juego: identificar qué quiere decir uno, realmente, cuando dice: sensible. Soy tan sensible que me dejaría violarme. Por eso, quizás, el otro día soñé que el Mossad me encargaba la arriesgada misión de someterme a una cirugía de reasignación, y hacerme pasar por una prostituta de lujo para asesinar a un terrorista momentos antes de penetrarme. La historia de Judith y Holofernes siempre me ha impactado. Las pelis de espionaje, también. Y las tetas, aunque yo sea sensible. Entre los catorce y los diecisiete fui tan sensible a los insultos que recibía y a las amenazas físicas que, pasados casi diez años de escasa felicidad y demasiado daño, me fui del país donde nací a otro donde me reparí. Cuando uno se repare (y se repara) no lo hace para ser menos sensible sino para regresar más fuerte a un mundo lleno de modelos y recetas. Hombres sensibles que cambian la poesía por la creatina, el teatro por el fitness y las tertulias entre amigos por citas a ciegas donde se distribuyen los roles en función de factores cuantificables: peso, altura, edad, cuánto te mide, activo o pasivo, ¿fiesta blanca? Escuelas de hombría donde el género se te repite como el curry, parecer lo que no existe, ser esto y no ser aquello, y las mujeres, ah! las mujeres deben participar activamente en la masculinización del mundo, que exige, justamente, el abandono de la sensibilidad. Para eso hay que hacer creer que las mujeres, que serían teoricamente más vulnerables por su sensibilidad (no por la desigualdad de poder) y por su biología (ya que estarían hechas principalmente para ser madres), deben ahora acumular las funciones de objeto de deseo y simulacro del liberalismo. Esas mujeres líderes que nos presentan como modelos de éxito representan el último triunfo de un añejo patriarcado, no de la feminización del mundo. No queremos un planeta que respire y dé fruto sino una tierra obligada a fecundar una y otra vez, es decir, violada. No queremos aplacar nuestro afán carnívoro, nuestro colonialismo de crucero y avión, no queremos ser menos ni crecer menos que los demás, no queremos oír hablar de compasión a menos que sea en un libro de autoayuda de esos que valen nueve con noventa en una gasolinera triste como el destino mismo.

(Tercera dosis de testosterona inyectable, un malentendido que me cuesta una amistad, tres semanas sin follar, cambio de nombre, estreno pasaporte. No quiero hombres que comen demasiada carne, que votan a partidos que odian cómo soy, no quiero mujeres que quieren ser hombres ni personas menos sensibles que yo, no quiero vivir para tener músculos ni tampoco para tener hijos, no quiero engañarme, no quiero perderme, no hay nada qué perder. Solo quiero el amor renovable, como la energía del viento. Y brindar por la vida sensible.)

Resuelve esta ecuación y darás mucho fruto

Cada día se nos pide estar afeitadas, informadas, depilados, aseados, felices, contentas, impolutas, cachas, arregladas, a la moda, a la última, al acecho, a por ellos, a por ellas, ir aquí, ir allá, contestar al menos treinta correos de los trescientos que te envían, y cuando te das cuenta has enviado un promedio de sesenta mensajes diarios, contestado diez llamadas antes de las doce, te has tomado tres cafés antes de las cuatro pero a las siete aún te faltan dos de las cinco frutas diarias, dos llamadas importantes, una de ellas larga, sacar el perro si lo tienes, recoger a los niños si los tienes, ligar si puedes, cocinar si debes, escribir si quieres.

Nunca lo has hecho todo. No hay un solo día que puedas dedicarte a tomar distancia de todas tus obligaciones, a observar un poco más de lejos qué estás haciendo con tus días, que son, todos sumados, toda tu vida. Es como si la reflexión le quitara tiempo a tus quehaceres, como si el pensamiento les robara espacio a tus acciones. Así lo dicta el pensamiento (otro, no el tuyo) que dirige tu vida, la mía, la de medio mundo. Estar vivo es consumir y nada es gratis, debes estar bien para ser útil, rentable, no debes fijarte en lo que te quitan sino en lo que tienen los demás, ver cómo son y no quién tú eres, vivir bajo comparación, competencia y depredación, querer ser como ellos, lo más parecido que puedas, que nuestra vida esté para la suya como las imitaciones están para el original.

Pero no hay original. Va cambiando como las colecciones de moda, como el Pantone del año o las portadas de Esquire y la Vogue, como el patrocinador de la Liga o el Coche del Año, como el sistema operativo o el tamaño de tu móvil, como tu serie preferida, como el gobierno de España. El ganador pierde. Te ríes de su desgracia. Deseas su descenso. Descubres tu sadismo interior. Flirteas con el poder. Renuncias a descubrirte. Leonardo Da Vinci hacía diez cosas bien. Tú no eres Leonardo. Ya no quedan Leonardos. Renuevas tus contratos. La vida se te va en ello.

No estuve bien, no me sentía bien, no quise escribir, no he querido hablar, no pude llamar a casi nadie, no había palabras de consuelo, no se lo reprocho a nadie, busco lo que no hay, me pillo un pareo, me voy a la playa de noche, me pillo un tren y me bajo en un pueblo sin nombre, el móvil en modo avión, me veo al espejo, me asusta lo feo que soy, lo viejo que estoy, me toco un pezón por debajo de la camisa, entre botón y botón, sin prisa, nunca los he tenido muy sensibles, mi zona erógena es la mente, siempre lo ha sido, vuelvo a casa no sin pasar por el Bracafé de Ronda Universitat donde siempre me sirven el café como me gusta, y no, este no es un espacio publicitario, pero llevo años yendo allí y siempre, siempre me lo sirven bien, por qué no decirlo aunque sea una franquicia, aunque esté lleno de conductores y policías, o también por eso mismo, yo también soy un viajero y un civil desprotegido, sé lo que es salir de un bar de ambiente y ser insultado al minuto siguiente, irme de la sinagoga sin haberme quitado la kipá y que me sigan unos pasos, solo unos pasos porque ahí está la policía, afortunadamente está y ellos son parte de este sinsentido que parece regular a todos nuestros deseos, el mismo sinsentido que nos explota y nos permite el lujo de un café con leche en Barcelona a las dos de la mañana bajo la luz cálida y tamizada de la barra, una lechera con leche caliente, otra lechera con leche fría, claro que sí, es como lo hago yo en mi casa, sonrisa incluída, hospitalarios como nos enseñaron a ser, solitarios y noctámbulos como en un cuadro de Hopper pero acogedores como el abrazo que a estas horas de la vida ya no encuentras en ningún bar, en ninguna aplicación, en ninguna huida.

Me doy cuenta al llegar a casa, sobre esta cama donde sobra espacio, sin nadie que me abrace como cuando Hannah, cuando fui Hannah, que solo me queda ser esta montaña bajo un extraño creciente, estas manos al aire, medio a la espera, medio provocándolo, buscando tiempo donde no sobra, entre cansancio y cansancio, para conservar el tesoro que me entregaron con el sobre de los días, algo no acumulable, algo intransferible, amargo y valioso como una joya que no os puedo mostrar.

No naciste para ser un rompecorazones sino un curacorazones. Has conocido el poder para desmontarlo a tu favor. Resuelve esta ecuación y darás mucho fruto.

El demonio de Balmain y otras excusas

No estaban invitados pero quisieron venir. Los demonios aparecen de forma intermitente pero dañina. Quizás una cosa no pueda ser sin la otra. Es por causa de su sibilino aparecer desaparecer que se cubre de angustia la existencia de aquellos que sentimos su presencia. No me valen explicaciones espiritistas, llenas de fantasía popular, o cosidas con el hilo new age de la reencarnación oportunista, de registros akáshicos y cuerpos astrales, en fin, todo ese menú come-lo-que-quieras hecho de budismo tres delicias con salsa hindú y tropezones chinos. Tampoco me vale ese materialismo duro que solo se cree lo que ve. La verdad también se escucha a frecuencias bajas, se siente a golpe de escalofrío, se huele en notas de narguilé que nadiem aparentemente, está fumando.

Hay rosas demasiado altas en floreros espejados, tapices metálicos que devuelven a nuestros ojos la luz tamizada del recibidor.

“Buenas noches, ¿aún podemos entrar a tomar algo?”

“Sí, señor. Todavía les quedan dos horas hasta que cerremos.”

Dudamos.

“Pueden entrar mientras deciden”, añade con una sonrisa experta. Sus palabras son medidas con precisión. Su función es evitar que nuestro arrepentimiento se active antes de apertura de puertas: una vez dentro, salir no será tan fácil. El sentido de la oportunidad es enemigo de la prudencia; por eso siempre sopla a favor de la seducción.

Caemos.

La trampa es amable. No se trata de salir descontentos, sino de haber estado allí. Hay cámaras por todas partes; podríamos decir que ya no necesitamos a la consciencia para nada. Desde que Google nos escucha, ni hace falta dios.

Los ángulos que dibuja, rápido, el habitáculo en su ascensión hasta la última planta muestran a los floreros en extraños planos perpendiculares, como si fueran ataúdes cristalinos. Pero la velocidad nos aleja ya vertiginosamente de aquellas rosas, que una extraña ilusión óptica ha convertido en escuálidos difuntos.

Pienso en la fugacidad de la vida. Casi en el mismo instante, la banalidad misma de esa idea me invita a abandonarla. “Hemos venido a disfrutar”, pienso de mí para mí. Pero al salir del ascensor no encuentro a nadie. No reconozco ninguno de los rostros que me rodean. No es la primera vez que me ocurre en estos últimos meses. De súbito, me encuentro solo. Siento que nadie ha esperado por mí y eso lubrica mi flirteo con la idea de muerte, que pretendo siempre discreta, indolor y hasta placentera para mí, y horrible para los demás. Es el único brindis posible a un mundo que condenó mis goces.

Me pido un americano porque el Campari me recuerda a tiempos mejores y porque sé que no me pondrán vermut nacional ni soda barata. En los tiempos que corren, la mejor forma de vivir en España, aunque sea Cataluña, es hacer como si estuviera en el downtown de cualquier metrópolis norteamericana. Cualquiera. Y aunque gobierne Trump.

La torre inconclusa de la Sagrada Familia me devuelve a la realidad intratable de Barcelona. Es cierto que hasta esa torre hace referencia a un fraude pero por lo menos Jesucristo es completamente inocuo, al menos para otro judío.

Es durante este pensamiento, ciertamente sacrílego para millones de almas espantadizas y devotas, que se me aparecen.

El primero, afrancesado, parece tener rasgos marroquíes y es el único que me mira. Lo hace de forma informativa, como quien me avisa de que mi presencia ha sido notificada. Acompaña a una mujer muy rubia y discreta, con una sonrisa que parece natural y ajena a cualquier peligro. Luce unos pendientes geométricos que recuerdan a formas de Vasarely pero no creo que sean de material noble. La otra mujer está cabizbaja. Es muy delgada y viste con una elegancia discreta, sin el lujo hortera de los largos abrigos blancos y kilos de joyas que se suelen poner las otras turistas chinas. Muy probablemente, no es turista. Acompaña al demonio mayor, un joven no tan joven, pelirrojo con rasgos de simio y una camiseta negra de Balmain. Mientras el primer demonio sacude el brazo antes de leer un mensaje en el reloj, el demonio mayor se gira hacia a la joven china que, atrapada en un designio no muy distinto del mío, espera un final mucho más inminente. En ese momento me doy cuenta que no queda nadie más en la última planta, es decir, nadie real. Son cuerpos holográficos que componen una especie de alucinación programada. Los demonios devoran ávidamente las mujeres que les acompañaban y escupen sus joyas, que guardan en los bolsillos de sus pantalones. Pero el demonio mayor coge al menor por el cuello, que gangrena casi al instante, se lo come a la vez que lo vomita casi todo, recoge las joyas que se le caen de los bolsillos y las une en una cadena de oro, sangre y piedras preciosas. Siento que voy a vomitar cuando una camarera imposible me avisa que van a cerrar. Me giro. Estoy solo. Siento un sabor amargo. Llevo la mano derecha a mi boca. Me he tomado nube y pólen y no me acuerdo siquiera dónde ni cómo.

Puta de corazones

Pocas personas tienen la suerte de aprender la desconfianza positiva. La desconfianza siempre ha sido denostada y asociada a gente demasiado temerosa o reticente, conservadora y reacia, incluso poco fiable. De hecho, esa especie de prudencia extrema acarrea un cierto aislamiento, tanto social como histórico, porque la actitud de sospecha, ya sea hacia lo que vemos o hacia lo que nos cuentan, acaba segregándonos, haciéndonos especiales (por no decir raros), y nos hace preferir el presente y el pasado conocidos a promesas, futuros y realidades que no se pueden tocar.

Si no queréis saber cómo un joven católico con tendencias masoquistas acaba haciendo de cura-corazones a través del porno y las drogas, el diario de hoy no es para vosotros.

Pero si queréis saber qué pasó entre una cosa y otra, y en especial en las últimas semanas para que eso llegara a ocurrir, seguid leyendo; pero sabed que os cogeré de la mano desnudo, sin circuncidar, con la piel sudando anfetaminas, y recién masturbado.

La suciedad y la sospecha me resultan tan inseparables como lo son la higiene y la fe. Hablo de una higiene moral porque, como sabemos, las religiones y en particular el cristianismo se opusieron hasta hace poco más de un siglo al lavado de la piel y las mucosas. De hecho, se entendía la sensación del cuerpo desnudo como una oportunidad para la lujuria. En el caso del judaísmo y del islam, está claro que no es solo por una cuestión de marcaje que se circuncidan los penes, sino porque ese órgano tan sobrevalorado y excluyente concentra los olores del placer y de la excreción, además de sus propiedades reproductivas y legitimadoras. Tener pene es tener poder, tenerlo grande y funcional es tener más poder, y expandirlo simbólicamente a la propiedad y al mando amplía aún más su extensión. Entonces hablamos de falo, de sociedades patriarcales, tomamos consciencia de la importancia de la reproducción para la conservación de la especie y de su tragedia, que solo acabará con la liquidación de todo el escenario natural que es la Tierra, y el poder fálico se muestra en su sospechoso esplendor: jerárquico, autoritario, letal.

El falo jamás ha dado la vida: solo repite el gesto traumático de engendrar nuevos mortales. Por eso vivimos divididos entre la confianza a ciegas en un sentido último que se nos escapa pero que justifica nuestros esfuerzos y renuncias, nuestras ataduras y secretos, y la sospecha, esa desconfianza ilustrada que nos va enseñando que la verdad es un efecto especial, la belleza un barniz, la salud una creencia, y el éxito una mentira. La sospecha nos dice que la política ya no existe, que el bienestar… que la idea misma de “estar bien” en un mundo tan terrible es un autoengaño con múltiples apariencias entre las que nos toca (maldita herencia!) elegir aquella que menos conflicto nos suponga.

Solo así podréis comprender por qué prefiero desanclarme de una identidad masculina al uso a tener que repetir cada día la impostura de ser hombre. Solo así podréis entender cómo es que, aún hablando de mí en masculino (gramatical, por supuesto), y utilizando el mismo género para hablar de mis amantes no puedo sentirme homosexual porque en pocas ocasiones he visto que esa palabra causara algo mejor que malestar o gregarismo. Así comprenderéis también mi deseo de desarraigarme de un país donde no me sentí querido, de una religión impuesta por la extorsión y la tortura, hasta llegar al genocidio y a la denegación del derecho a tener un hogar. Y espero que entendáis por qué renuncio a un nombre que no era el mío. Mío no es lo que tengo; es lo que libre y consicentemente he podido elegir.

Por eso he querido deshacerme de cosas insostenibles: la supuesta pertenencia a la iglesia, por ejemplo, pero también el título de doctor, sobre todo cuando el conocimiento que desarrollé sigue sin apenas beneficiar a nadie. Ahora os contaré una anécdota nada anecdótica: justamente cuando preparaba el proyecto de investigación que me llevaría a Barcelona durante cuatro años (que ya van siendo quince), descubrí que el concepto de obscenum, oriundo de la tragedia clásica, me permitiría articular una hermenéutica de la sospecha, es decir, una teoría acerca de la interpretación que devolviera a la experiencia su carácter irreductible de misterio. Esto tenía que ver con los callejones sin salida de la teoría deconstructivista, que entonces se nos transmitía como el santo grial del escepticismo posmoderno y del cinismo poscolonial. No quiero aburriros mucho con esto: solo poner un poco en contexto el hallazgo de que era justamente en lo que los textos no decían, en lo que las palabras no nos cuentan, donde ubicamos lo esencial de nuestro sentido, ese que tanto anhelamos y que tanto nos gusta delegar en un dios o en una ideología o en un club de fútbol.

Y lo inefable, descubrí entonces, no era solo el dios de los místicos ni los fenómenos saturados de Marion (el sabor del vino, un perfume o un cuadro de Rothko, todos ellos sobrecargados de intuición), sino los mocos y el quitarse los mocos, la mierda y el tirarse pedos y cagar, eruptar y mearse encima, sentirse atraído por personas, objetos o acciones que la moral quisiera secuestrar a nuestra libido, pero también sentir rechazo y aversión hacia entes a los que sería supuesto querer… Lo inefable no es lo que le contaba a mi confesor cuando yo creía creer en aquél dios, ni aquello que le dije durante años a mi psicoanalista, sino lo que quedó por decir porque no había manera, porque no había palabra ni hay, de momento.

Pero un día llegó la intuición: ante un corazón (prefiero llamarles corazones a los pacientes-clientes porque el corazón nombra lo físico y lo emocional, y es una palabra tan mona y tan cursi como omnipresente)… ante un corazón al que no le salían las palabras desde hacía un par de sesiones, me salió desapegarme de mi sillón de doctor-psicoanalista, reunir una buena cantidad de saliva en mi boca y dejarla caer, ante una mirada perpleja, lentamente, un grueso hilo de baba que besó el parquet impoluto. Los efectos de esa acción sobre ese corazón y sobre mí mismo aún se hacen sentir, al igual que la excomunión por parte de cierta comunidad psicoanalítica a raíz de mi psicosado, como le llamó otro corazón a la técnica de superponer la sesión de BDSM y la de psicoterapia.

La creciente exposición de mi cuerpo en galerías, salas privadas y espacios públicos con fines artísticos, o al menos bajo el pretexto de la “performance art” para hacer otro nivel de performancia u operación mucho más sutil, casi siempre rozando lo obsceno, me permitió desacomplejarme, es decir, en definitiva, simplificar mi mirada sobre mí mismo. Es en buena parte gracias a esa exposición, a esa prostitución que nada tiene de opresor o vergonzoso, que la mirada sobre uno mismo se vuelve más abierta y permeable, aunque siempre quedará mucho por abrir. Esto mismo me quedó muy claro en las dos últimas semanas, en las que he estado grabando una videoperformance que se convirtió en un cortometraje porno. Detrás del motivo que me lleva a empalmarme y masturbarme delante de la cámara y del director, pero me impide correrme a gusto como quisiera, sé que encontraré argumentos e inspiración para seguir curando corazones, empezando por el mío.