El astronauta

Soy todo hormonas. Los efectos de la testosterona aún no son visibles pero los cambios de sensibilidad son estratosféricos. Llevo una erupción en mi interior. Silencié el Diablo cortándole todos los canales. Me sentí como un astronauta armado de espada y estrellas, cortándole cabezas a una hidra. Y después de la tormenta, luna llena. Luna-marea, fuego-semen: se me remueven los elementos.

Estoy embarazado de algo. Me mareo. Esta vez es un embarazo testosterónico; faraónico, diría. No de delirio de grandeza, sino un no-caber-en-mí de placer. Me masturbo al despertarme, antes del primer café. La molienda del inconsciente mezcla pulsiones con sueños, hace mella en mis corrientes internas. Me desperezo con gusto, me subo por las paredes pero son solo mis manos recorriendo mis ingles. Siento la alteración fisiológica, la estimulación de un pequeño centro en el bajo vientre. No es solamente la vejiga llena empujando la próstata por un lado y, por otro, la vesícula seminal; es esa punta de mi cuerpo, un bello genital que ostento con cierto orgullo estético, antes que fálico. Sé que, después de todo, ser hombre es una circunstancia simbólica: un apaño lingüístico heredado, sin criterio, del reino animal. Por suerte, el acaecer del tiempo le va haciendo hueco a otra consciencia menos limitada, donde lo vegetal, y lo mineral sobre todo, alcanzan a inspirar nuestros movimientos vitales.

Bajo a la calle, a la joyería. Llevo el Sandoz para que le cambien la pila y la correa de cuero. No quiero llevar restos de antiguos sudores. Me lo dejan como nuevo. Se ve perfecto en mi pulso, su caja negra con índices acobreados, rematada con un bisel del mismo color cobre, abrazada por la correa de cuero. Ahora puedo ver la hora sin tener que mirar el móvil.

Vuelvo a empezar el hebreo. Dibujo el alefato varias veces con mi pincel-pluma Kuretake Fudegokochi. Quiero poder hablar el hebreo moderno y entender lo que escucho. Busco una biblia hebrea, encuentro un tanaj en segunda mano. Está como nuevo. Me lo compro. También encuentro una navaja de afeitar de Mann & Federlein aún con la marca que llevaban antes de la Guerra, las dos iniciales apareadas al centro de una estrella de David, por lo que deduzco que tendrá casi cien años. Me la compro. Con ella me animo a recuperar la firmeza de mi diestra. Un tanaj y una navaja: no me temblará el pulso.

Me rearmo progresivamente para una lucha distinta a todas las anteriores, pero donde concurren muchas de ellas. No tengo claro cuáles serán las batallas, ni las que tendré que dirimir sin opción ni las que me serán asignadas. Pero esto lo tengo claro: algunas batallas me serán asignadas como prueba, y algunas pruebas me resultarán ajenas: habrá que combatirlas como si fueran mías. Es así como los demás llegan a juzgarnos por lo que ven como incoherencias; y no lo ven mal, pero ven poco. Lo que a superficie es incoherente, es necesario en lo más profundo. Saberlo me ha ahorrado cuestionar decisiones jerárquicas cuyo sentido comprendería tarde o temprano. Eso me valió el reconocimiento de quienes habían confiado en mí, e incluso a veces de quienes no podían confiar. También es por eso que, algunas veces, hay que confiar a ciegas, aparentemente. Es la única forma de decirle a alguien que no aspira a tener poder sobre nosotros que hemos comprendido el complejo diseño de la igualdad.

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La paz nunca le contesta

Las convicciones yertas me desmotivan. Son como uniformes.

Eso explica mi tendencia a aislarme: ya de pequeño, en las raras comidas familiares, veía cómo los vínculos se estrechaban a golpe de convergencias políticas, afinidades futbolísticas, o la “saudade” del terruño. A todas ellas presidían, como fantasmas tan familiares como nosotros, los símbolos y oráculos de la fe católica. Con sus fiestas y días santos de guardia que el Estado no dudaba en trasladar al calendario civil, la Iglesia, con i latina y mayúscula, apenas disfrazaba su hegemonía en aquél fin de Europa donde aparecimos la virgen de Fátima y, menos aparatoso, yo.

Si el dogma es la perversión de la fe, la ciencia es la perversión de la verdad. Ante todo, porque desaloja la experiencia. ¿Por qué deberíamos tener más en cuenta lo que dicen los “estudios científicos” que aquello que nosotros mismos hemos vivido y probado? La convicción yerta de la ciencia es la de que el sujeto es una excentricidad que se curó con el modernismo.

Lo mismo vale para la universidad: institución casi siempre apologética y uniformizadora, la subjetividad no es allí bienvenida. Desengañémonos pues de todo lo que a consciencia social se refiere: la “lucha” está para la universidad como la “responsabilidad social” para un banco. ¿Invitar a sus escribas a decirnos qué es el género o darles las gracias por haber apadrinado… ¿qué revolución sexual? Más bien habría que pedirles, quizás, una indemnización por apropiarse de subjetividades que no les pertenecen…

…a la vez que se endulcora o arrincona a las verdaderas disidentes: Shulamith Firestone, Marsha P. Johnson, Jack Kerouac, Wilhelm Reich, Marina Abramovic, Michel Foucault, Kurt Cobain. ¿Qué tienen ellas en común? No el hecho de que sean mujeres u hombres, no el que hayan sido científicos o artistas, ni tampoco el éxito o la tragedia. Si no me equivoco, no tenían convicciones yertas, por lo menos respecto a cosas esenciales, lo que les permitió renunciar a las señales de tráfico del conocimiento: la obligación, la prohibición, y el peligro.

Este último, en particular, habrá que reaprenderlo: el peligro no debe ser mucho más que un indicador de límite, jamás un impedimento. Sin peligro no hay verdadero error pero tampoco errancia, ni camino: uno se convierte en mero seguidor. ¿No será por eso que se ha puesto de moda el número de seguidores como indicador de influencia? Sí, y es por eso que la seguridad es lo opuesto de la felicidad: uno se siente seguro cuando va por un camino que cree libre de peligro porque otros lo han trazado y se lo han propuesto; pero ser feliz es estar haciendo el camino propio, singular; porque renunciar a hacerlo es perderse uno mismo.

No pretendo desanimar a nadie, pero hay que decirlo: adosar nuestra identidad a muros de contención, acondicionarla a moldes prefabricados no es delito; es, tan solo, una pena. Cada uno es responsable de las experiencias que da a conocer, y si no las vivimos, y si no permitimos que la realidad se vea ampliada por nuestros anhelos y “desvíos”, no habremos encontrado más sentido en todo esto que el que nos indican las flechas que otros colocaron arbitrariamente. No se puede ser feliz así.

A quienes consideran que mi experiencia es extrema les digo: no hace falta hormonarse ni cambiarse el nombre; y a quienes creen que esta misma experiencia no es suficiente para ser considerada un tránsito de género, les recuerdo: el género no es propiedad de nadie; ni una cirugía u otro proceso de reasignación, ni la discriminación o el rechazo son, de por sí, argumentos de autoridad.

Algo se me está repitiendo estos días en que la mano derecha me falla, los amantes me decepcionan, y la fuerza, por momentos, se tambalea: es el hecho de que, incluso en aquello que tuve que rechazar, hay algo que sigo reconociendo; y no solo como pasado, sino como experiencia. No es lo mismo decirlo que deducirlo de una relación que me dejó por los suelos. No es lo mismo apostatar de una religión y sus dogmas que renunciar a la fe y a los vínculos irracionales que ella crea, y hacerlo sin resentimiento.

En efecto, no hay mayor perversión de la fe que el dogma: no creo porque deba ni porque me salve; yo, si creo, es porque sí.

El Diablo lleva dos días enviándome escritos llenos de un odio que no puede sino alejarme más todavía, y de una ira que crece sola y temeraria como un incendio. La paz nunca le contesta a la ira porque la ira nunca es una pregunta. Y heme aquí, mi mano derecha sobre la izquierda, observando un duelo de fantasmas, mortal: el Diablo desplegando su oscuridad hasta desaparecer completamente y, con él, la luz falsa de lo que creí. Lo observo sin juicio, ni perdón, ni prisa por llegar a ningún sitio.

No vale la pena seguir con esta mentira

Diablo: Quiero desaparecer. Me tomaré clorazepato y hasta la próxima.

Hannah: ¿Puedo hacerte compañía?

D: Tú mismo.

H: No, así no. Te pido un sí.

D: Sí.

H: Gracias. Tardaré un poco porque ya estaba cerca de casa. [vuelvo del segundo viaje sin éxito a casa del Diablo; sin éxito porque no me abrió la puerta]

(…)

H: Voy por Paseo de Gracia.

D: Noooo

H: Me has dicho que podía hacerte compañía…

D: Oh noooo. Soy una mierda.

H: Será un momento. Te dejaré comida, cogeré mis cosas y prometo que ya no te vuelvo a molestar.

D: Soy como aquellas patatas…

H: …que están muy buenas. Estoy aquí al lado.

D: Oh no, dios me libre. Me traerás unas patatas de esas? Con mayonesa y picante.

H: Claro.

(…)

D: No has venido.

H: Claro que he venido. Te he traído las patatas, te las has comido. Te has quedado dormido y me he quedado a tu lado hasta hace unos quince minutos.

D: No te he visto.

H: Te he dado un beso antes de salir, porque era tarde y ya tenía que irme. ¿Has podido descansar?

D: Sí.

H: Qué bien. Si necesitas algo, me dices.

D: No lo recuerdo. No me acuerdo de nada.

H: A veces las pastillas para dormir nos dejan un poco atontados. Lo importante es que te encuentres mejor. Si necesitas algo, me lo dices.

(…)

H: Hola, ¿cómo estás?

(…)

D: Buenos días.

H: Buenos días.

D: Chocolate pizza chocolate.

H: No te entiendo, cariño.

D: Chocolate pizza chocolate. Uaaaaaa

H: ¿Necesitas que te traiga algo? ¿Te llamo?

D: Chocolate pizza chocolate. No Chocolate pizza chocolate. Adiós.

(…)

D: ¿Estás escuchando el juicio?

H: No.

(…)

H: Mañana tengo visita en el médico. Será más temprano de lo que creía, y necesito descansar. Espero que estés bien y que puedas descansar tú también. Por la tarde me iré por dos días.

D: Hasta luego.

(…)

D: ¿A qué hora dijiste que te ibas? ¿Podré ir a despedirte?

H: Buenos días. Sí, claro. Podemos quedar en la estación un rato antes.

D: ¿Cómo está tu brazo? ¿Estás en el médico todavía?

H: He perdido fuerza. Estoy haciendo exámenes.

D: Te llamo más tarde. Suerte.

H: Te escribiré cuando salga, no creo que tarde. Besos.

(…)

D: Gracias, no creo que pueda ir a despedirte. Estoy muy ocupado. Que te lo pases bien.

H: Me gustaría poder contar más contigo, no es fácil.

D: No hace falta que cuentes conmigo. Adiós. Por el interés te quiero Andrés… No te molestes. Adiós.

H: Vine expresamente a tu casa, tres veces, para cuidarte. Me abriste a la tercera, para que te subiera unas patatas… y ni te acordabas ya cuando te despertaste. Lo que dices no va por mí.

D: Va por tí. Si no te identificas, es porque tú no eres tú. Entonces no vale la pena seguir con esta mentira.

Gracias, Abulafia

¿Y si, después de todo, el amor carnal fuera una vía mística? No estoy pensando en Antonin Artaud ni en san Agustín, ni mucho menos en Julius Evola o Aleister Crowley. Ni martirizados ni mistificadores. Podría hablar de mujeres como Teresa de Ávila o Angela di Foligno, cuyos éxtasis, verdaderos orgasmos del alma, aún reverberan en los confines del imaginario de muchos. Será gracias al arte y a los testigos que él suscita. Y al ímpetu que reconduce la experiencia desde el ámbito estrictamente personal a la necesidad de dejar constancia de un deseo que se revela extraordinario.

Mi cuerpo y mi espíritu no están separados como quisiera Platón y tantos de sus seguidores, pero hablar de realidades espirituales o de amor carnal son formas que, pareciendo paradójicas, ayudan a comprender ciertos fenómenos al poner un acento sutil en un aspecto más o menos tangible, más o menos apto a ser conceptualizado y expresado en palabras u otros lenguajes.

Pienso, y quiero creer, que cuando hablo de femenino y de masculino algo parecido ocurre. No estamos todavía en condiciones de abandonar esos ejes de comprensión de lo humano, pero somos muchos los que ya nos vamos dando cuenta del artificio cruel que es el género, y de las violencias que se ejercen en su nombre. Nada más lejos de lo que propuso en su día esa auténtica madre y padre de la cábala profética que fue Abraham Abulafia, uno de los luceros más perennes que aparecieron jamás en tierras sefardíes, concretamente en la Zaragoza del siglo XIII.

Quiero empezar por el final: Abulafia fue excomulgado por las autoridades judías. La exclusión es a menudo el estigma de los excepcionales. Solo hay que ver la cantidad de talento que muchas familias y escuelas no saben reconocer y menos potenciar, segregando a personas brillantes y hasta visionarias en escuelas que tratan de volverlas productivas, o “integrándolas” con drogas legales para aumentar la concentración, es decir, para limitar su potencial expansivo bajo la terrible acusación de ser “dispersos”, “raros”, “impredecibles”, “indomables” o, más comúnmente, “asociales”. Para los guardianes del moho, que siguen abundando en el judaísmo religioso y en toda teología que se precie, alguien que aparece como un torbellino, o quizás tan solo como una brisa que hace levantar el polvo de la ley, es inevitablemente un peligro.

Gracias a Abulafia, la cábala dejó de ser un trastero donde solo los más eruditos podían penetrar para llenar toda la casa y sus habitantes, inspirando e iluminando la acción desde una meditación basada en ejercicios tan pragmáticos como mirar fijamente o alternar mentalmente letras de los nombres de D-os. Estoy convencido que estos ejercicios de concentración tienen mucho menos efectos secundarios que las drogas con las que se está regulando el alma de millones de niños para evitar que sueñen un futuro muy distinto. Evidentemente, llevar la cábala al escritorio y también a la cocina, al lecho y al aseo no pudo agradar a los señores del moho, quienes se apresuraron a expulsar a esa estrella nómada, libre de familia y de lazos comunitarios, cual levadura en pascua.

Pero el rasgo aperturista, si se quiere, del estilo de Abulafia, se entiende quizás mejor por el hecho extraordinario de que este gran cabalista español no hacía distinción de género, edad u orientación sexual. Ni siquiera distinguía entre judíos y gentiles: todo el mundo podía transformar su vida adquiriendo una consciencia ampliada, buscando la unión mística en las acciones más cotidianas. ¿Hace falta deciros mucho más para que entendáis por qué veo en Abraham Abulafia un precursor de la vida sin género, con todo lo que ella puede representar? Su comprensión cabalística le permite reconocer en el Árbol de las Sefirot una imagen, que no una realidad, donde lo masculino y lo femenino son dos caras de un mismo D-os, y si lo humano es a semejanza de D-os, entonces no hay verdaderamente hombre ni mujer, sino una androginia liberadora desde la que podemos empezar a educar a la generación venidera en el valor de inventarse uno mismo no desde la doctrina, no desde la ley de los estamentos, sino en el encuentro siempre inesperado del conocimiento.

Esto es lo que descubrí haciendo el amor con el Diablo.
Sobredosis de testosterona, ya has valido la pena.

Treinta orgasmos en veinticuatro horas

Al grano: voy de follar hasta las cejas. ¿Que si la culpa la tiene el Testogel, como el Androcur era “culpable” de mis llantos de tres horas cuando fui más Hannah que nunca? Puede ser; pero no como causa directa, al modo de un Viagra que soliviaría al pene alicaído, sino en forma de agente provocador. La testosterona tiene que estar volando enloquecida por mi cuerpo tan frágil en apariencia. ¿Cuándo empecé con el gel? ¿Hace dos semanas? El caso es que de momento no me ha salido más vello en el pecho ni en la espalda, ni en otros parajes. Creo notar algo en mi voz, pero me grabé con un micrófono profesional y me parece que puede ser un hecho de entonación y no un cambio en las cuerdas vocales. Me sorprendo hablando más bruto. También salgo de casa más confiado, más este-soy-yo, sacando pecho cuando menos me doy cuenta. Todo esto proyecta, seguramente, una imagen de mí menos afín a quién he sido hasta ahora, pero mucho más conforme a ciertas ideas acerca de la masculinidad (a la masculinidad cis me refiero, por supuesto, ya que las masculinidades trans, lástima, aún están lejos de ser un referente extendido). Y entre los tópicos más típicos en relación a la machiduría, salta como un muelle tonto la libido. Ya sabemos, o quizás no, que hay hombres que tienen más libido que las mujeres, hecho que se generaliza frecuentemente para despenalizar, al menos entre la opinión pública, la infidelidad en el matrimonio, la poligamia y hasta la violación si las comete un varón. Ya sabemos, o quizás no, que esto es realmente anticuado; no solamente anticuado en el sentido blasé con que despedimos una moda que ya pasó, sino obsoleto en el sentido en que, como he repetido tantas y tantas veces, la raza es una categoría obsoleta y lo es también el género. La genética no les sirve a los racistas para iluminar diferencias físicas y psíquicas entre personas de distinta etnia, siendo que etnia no es una palabra mucho más afortunada que raza. La cuestión es pensar en términos de derechos y de posición social; por eso, entre una igualdad mal entendida y el desuso forzado de la clase social como categoría analítica (esta sí, absolutamente vigente), seguimos y seguiremos lejos, por un tiempo, de vivir libres de género. Pero es en el marco actual, el de los chistes misóginos y las desigualdades salariales y tantas otras delincuencias, que se inscribe mi segunda y quizás última fase de la performance que motiva estos diarios. Y la verdad es que la hormonación masculina en un cuerpo machil (la expresión es de Preciado), fuera del ámbito de los tratamientos para la infertilidad o de “corrección” de la feminización en hombres (como si ser mujer, o incluso no-tan-macho, fuera incorrecto y hasta patológico), esta hormonación que estoy haciendo yo por mis cojones, digo, es algo nunca visto, con lo que me tomaré ciertas libertades textuales en este mundo que ama la censura.

Al grano, he dicho! El día después de la cólera del Diablo me fui a visitar a un amigo con derecho a roce con el que llegamos a salir durante un mes como si fuéramos pareja. En realidad, yo estaba todavía en medio de una relación abierta y mi pareja de entonces conoció incluso a este amigo al que, por ser un hombre de recursos, le llamaremos Morgan Stanley.

De buenas a primeras, Morgan es un galán que se sabe muy inteligente y se define como pasivo-agresivo. Tiene un cuerpo muy apetecible que hace girar cabezas sobre todo cuando va a tu lado por la calle, aunque él no presuma de ello, sino más bien lo contrario. Es extremadamente humilde. Es extremadamente avieso a los brotes misóginos que abundan entre las maricas. Morgan y yo no pudimos ser pareja en aquél entonces (os hablo de hace unos ocho años ya, me parece) porque yo todavía no había aprendido a recibir regalos espontáneos, a dejarme invitar a ropa y cenas que, si por mi sueldo fuera, no me las pagaría. Pero Morgan es un comunista que triunfó en el mundo del capital salvaje. Le gusta disfrutar de lo bueno y además disfruta sinceramente de compartirlo. La química entre los dos es infalible, pero en nuestros últimos encuentros, siempre furtivos, en un día de semana y hora muy concretos debido a su indomable agenda, no follamos. La razón es una: Morgan tiene pareja y es un hombre más serio de lo que él mismo se cree, y acordamos, Morgan y yo, no mojar pan mientras la pareja siga allí, no porque su relación no admita abiertamente relaciones extraconyugales, que las admite, sino porque entre Morgan y yo hay aquél algo-más-que-sexo que implicaría una ruptura de facto de las normas de su relación.

Con la testosterona por las nubes, compartir sofá con Morgan Stanley y no poder follar es un suplicio. Pero el destino provee.

El Sábado decidí irme a casa del Diablo tras un intercambio de mensajes que aclaraban la voluntad de reacercamiento, quizás porque el Diablo sin mí no es la misma cosa, y yo sin él, pues tampoco. Hay una promesa latente de unión estratégica que va mucho más allá de desacuerdos puntuales e incluso de enfados gordos como el del último día en su casa. Así que, tras un par de días de reflexión, le mandé la pipa de la paz, la cual él aceptó fumar, no sin algún malentendido menor que no os importará lo más mínimo. ¿Me creéis si os digo que a cinco pasos de llegar a casa del Diablo me encontré al mismísmo Morgan Stanley? Os lo juro. Como en una novela mexicana. Cinco pasos, quizás cuatro, que no nos alejaban acústicamente de la puerta, con lo que el Diablo, si saliera, podría enterarse de algo más de la cuenta, en un momento tan delicado. Es así como aún siendo gays y librepensadores y libremercaderes nos liamos lo injusto e innecesario en lo que a pollas se refiere. Y no, no me refiero solo a lo que nos cuelga de la entrepierna a unos cuantos sino al falo que no es posesión asegurada ni exclusiva de los cuerpos machiles. Por suerte, el Diablo no apareció. Fui yo quién despedí a Morgan con un “hasta la semana que viene” y llamé al timbre del Diablo.

Desde entonces, con breves pausas para posibles malentendidos que no llegaron a serlo, fue una orgía de dos, pero dos desatados por la sensación de amar, esa cosa tan igualmente anticuada que ya solo frecuenta la música pop y series para adolescentes de todas las edades. Hay detalles que no daré porque estoy exhausto, de hecho vengo de allí, de follar como un condenado (condenado por mí mismo, eso sí), pero quiero decir que tuve al menos treinta orgasmos en menos de veinticuatro horas. Se dice rápido, ¿verdad? Más de treinta orgasmos yo solito, con el inestimable patrocinio diabólico, por supuesto, sin contar los que tuvo él. Orgasmos de distinta localización, dos de ellas muy inusuales, pero orgasmos sin lugar a dudas. Hubo tiempo de sobras para dejarme poseer, hacerme exorcizar, y volver a caer en las obras del goce sexual más extremo. Pero no ha sido suficiente, y la prueba es que me he echado el Testogel, huelo con avidez mi propio sudor, me da pena ducharme por no quitarme feromonas, y aquí estoy, abreviando informe para volver con el Diablo y seguir destruyendo la moral y las buenas costumbres hasta bien entrada la noche.

La visión-pelicano

No hay mal que por bien no convenga. El atropello del Diablo fue, cómo no, un accidente en falso: el día siguiente me fui a la oficina porque no se me ocurrió, ni nadie me dijo, que tenía que pedir yo la baja laboral. Trabajé con la mano izquierda siendo diestro porque la derecha seguía, y sigue, sin responder convenientemente.

El Diablo ve revertido su atropello, como en un efecto especial barato. Lo celebro con enorme prudencia. Me sorprende mi falta de empatía hacia él. Quizás intuyo el desastre que vendrá. Yo pensaba irme a mi casa y descansar pero el destino, por llamarle de alguna manera, me puso en ruta automática hacia la casa del Diablo. Llamo a la puerta. Nadie contesta. Tengo hambre. Bajo a una tienda de comida árabe que siempre está abierta hasta tarde y me compro una hamburguesa kefta y un brioche relleno de carne al curry. Vuelvo a llamar a la puerta. No está. Llamo a su teléfono. No contesta. Empiezo a comer. Tampoco puedo agarrar bien el brioche, así que con la mano derecha sujeto la bolsa de papel contra mi pecho y, con la izquierda, lo rompo a trocitos que me voy metiendo en la boca mientras pasan hordas de turistas borrachos y gritones. El Diablo me llama de vuelta. Regresa con una amiga. Entramos. Hablan con ligereza de cuestiones profundas. Los escucho con atención y ganas de dormir. Cada vez que la amiga del Diablo se mete una raya, pisa la cama con el calzado de calle para acceder al altar. Esto es poco menos que haram, pienso. Curiosamente, cuando estoy entre árabes, pienso por simpatía y me vuelvo yo mismo una parte de sus pensamientos y preceptos. Me invade una pena inmensa por no poder hacer vida judía en Barcelona. No una vida judía normal porque ser judío, evidentemente, no es normal. Ni aquí ni, quizás, en ningún sitio. Me piden opinión. No ha sido un día fácil. Estoy cansado y me siento humillado por haber trabajado con la mano izquierda, como cuando los profesores, durante la dictadura, forzaban los alumnos zurdos a escribir también con la derecha. Empecé a hablar después del Diablo, que me cortó la palabra con una determinación inaudita. Pese a ello, me dijo que solo puntualizaba. Pero esa puntualización, cortando repetidamente mi discurso como una tijera de entresacar, se convirtió en una censura de hecho.

En ese momento se me reveló que, en casa del Diablo, solo se puede decir aquello que el Diablo ya ha pensado antes. Y entendí por qué el D-os de Abraham es tan esquivo: porque un dios de libertad es uno que te deja.

Yo también quise puntualizar, contaminado por esta revelación, y le advertí al Diablo que, si me siguiera interrumpiendo, yo me iría. Este espejo le hizo entrar en cólera, y un Diablo en cólera es una de las manifestaciones más típicas de lo maligno, tan típicas que hasta un inexperto en teología puede reconocerlas. El Diablo se retiró a una mesa lateral, donde hizo ruidos varios para anular mis palabras, hasta que su amiga decidió irse. Tras haberla acompañado, el Diablo regresó con modales que más parecían los de un humano sacado de sus casillas. El contrario de la Luz no es la oscuridad, sino la ceguera: porque la Luz no es solo aquello que permite ver, sino la visión misma. Es por eso que, en la parte superior de la pirámide, se encuentra una última pirámide: elevada hacia el Cielo, destacada de las demás piedras por un espacio, como si la Tierra no le perteneciera, esa última pirámide es en verdad la primera, y la medida de todas las aspiraciones. Ella luce el ojo que todo lo ve, símbolo de la Visión del Gran Arquitecto, también llamada Teoría. Cuando un aprendiz de pedrero se apropia de un conocimiento muy parcial y no iniciado, tiende a exponerse a la desaprovación de otros aunque sus intenciones fueran buenas. Tal vez ninguno se lo riña, pero ya ha demostrado su inaptitud y falta de visión-pelicano, que es la visión de un cierto amor.

Comprendí que estos misterios no habitan la casa del Diablo, y que él, como un nuevo rico que acumula reproducciones de cuadros conocidos, exhibe señales de un conocimiento superior que no posee. Al sentirse desenmascarado y desnudo, cual Adán en el paraíso tras comer del fruto del árbol-que-no, el Diablo utilizó un subterfugio para acompañarme cuando le dije que dejaría su casa en aquél mismo instante. Un novicio no puede ser humillado, y menos por un laico, así que yo no tenía nada más que hacer en aquél lugar de profanación. Persistió aún en sus injurias, manteniendo siempre su característica voz de terciopelo que dulcifican hasta las peores acusaciones.

Por supuesto me animó el hecho de que me acusara de traición: aquél que traiciona al traidor por antonomasia, ¿no será por eso mismo una piedra de lealtad? Caminé hasta los dominios de Elohim, donde llegué exhausto y con la derecha temblando. Al día siguiente, el mismo D-os envió sobre mi frente un rayo de sol de un perfecto color ámbar, diamantino, en un ángulo que la Tierra sola no puede proveer. Abandoné mi lecho, ligero como una gacela, lavé mi rostro y mis manos, y estiré los brazos para recibir el día nuevo.

Repita conmigo estas palabras

Tuve un accidente. Ya lo sé, el día después del paraíso puede que sea un infierno. Sin bajón, sin efectos secundarios. Quizás, simplemente, el reencuentro con las personas normales. Llevaba hora y media trabajando. De golpe, un tic. Los dedos de la mano que escribe se atropellan. Siento un fuerte hormigueo. La mano no responde.

Me levanto de la silla. Miro alrededor. Hay demasiado movimiento en la oficina. Sonrisas falsas, miradas altivas, inercias tóxicas. Y quejas, muchas quejas, por todo y por nada. Estoy en pánico. Me dirijo a un jefe.

“No puedo clicar.”

Tengo la mano helada. La mano no me responde. Se la enseño. Él no la coge. Buena señal: al menos me cree. Estoy decidido a irme al médico. No sé qué ocurre pero estoy cagado. No me despido de nadie. Me voy al médico caminando a pesar del mareo. No está lejos. El enfermero no tarda en atenderme. Me pasa al médico. Me hace varias preguntas.

“Qué día es hoy? Dónde estamos? Dígame el nombre de cuatro frutas. Cinco colores. Repita estas palabras. Carretera. Isotupo. Blefaróptico.”

No, creo que no era blefaróptico. Llama por teléfono. Pide una ambulancia. No me dice nada.

“Sí, una ambulancia. No, silla. Puede caminar. Código ictus.”

Ictus. Eso que les diagnostican a los señores de ochenta años que entran en el hospital sin sostenerse de pie y con la piel amarilla. ¿Estamos hablando de la misma cosa? Llega la ambulancia. Médico repite diagnóstico. Aquí soy del género masculino, sin lugar a dudas, mi edad se mide en años y todos los síntomas tienen un sentido. La medicina es esto: una ilusión segura de que todo tiene sentido y explicación, hasta lo inexplicable. Me llevan al hospital del Mar, ese que Pedro Almodóvar inmortalizó en Todo Sobre Mi Madre. Están hablando de las elecciones, que fueron ayer. ¿O antes de ayer? (por cierto, ¿Qué día es hoy?) Las mismas preguntas. Nadie me ha pedido permiso para llevarme al hospital, ni lo necesitan. La medicina también es esto: no escuchar, sino empujar el paciente hacia la impotencia y el sometimiento a una ciencia que no lo es y a un aparato de poder que apesta a paternalismo. Llega la neuróloga. Las mismas preguntas por tercera vez. No lo tiene claro. Me gusta. Es la primera vez que la duda ocupa un lugar en todo este ciclón. Pero ella no quiere tener dudas. Me dejan en la silla, me empujan por los pasillos. Cierro los ojos para no marearme. Me echan a una camilla, me desnudan. La medicina también es esto: violación. Ahora soy la que no quiere saber qué le pasa, la que no quiere estar aquí. Que me hablen en mi idioma y me pregunten por mi nombre, no que se fíen del documento de identificación. Me cubren como si fuera un cadáver, me ponen vías, me quitan sangre. Me llevan a otra sala, más oscura, en cuyo techo alguien tuvo la inspiración de colocar imágenes de árboles secos. Muertos. Me hacen una tomografía con contraste.

“No tengo ninguna alergia. No, no soy alérgico a ningún medicamento. Sí, ya me hicieron una tomografía contrastada. Sí, resonancia también. Sí, conozco la sensación.”

Se van, me dejan a solas con mis miedos. Una via se engancha no sé donde. Grito de dolor. Nadie me oye. Pierdo la mano. No tengo mano, no siento nada, solo un cosquilleo. Mierda de cuerpo. Mierda de trabajo. Vaya mierda de todo. Me sacan y me hablan como a un niño de seis años. Lloro. Nadie me ve. Yo no les importo una mierda. Lo importante es darle sentido y nombre a mis síntomas, y para eso no hay que hacerme preguntas que se saldrían del guión. La verdad no está en ese guión, pero ¿qué más da? La medicina se podría definir por su pasión por los efectos, no por su interés por las causas. Por eso se parece tanto a las demás ciencias que avanzan hacia el mismo sinsentido: una existencia indolor. O mejor dicho: la vida como anestesia continua de la muerte.

Shock térmico. Tiemblo, no paro de temblar, mis dientes se muerden como castañuelas poseídas. Me miran, me giran, me dan instrucciones que a duras penas puedo reconocer. Mi mano está perdida, pienso. Estoy delirando pero eso no le parece importar a nadie. Están haciendo su trabajo, ni más ni menos.

“Treinta y cinco no es fiebre”, dice alguien, termómetro en mano.

Treinta y cinco es fiebre negativa, es un cuerpo que despide su calor. Tiemblo, no me dan más que una sábana para cubrirme, y se van. Me quedo solo mirando, a través del gran ventanal, la torre Mapfre, el hotel de les Arts, las discotecas de la Vila Olímpica, líneas de luces coloridas, y el mar, el Mediterráneo que un día antes se me apareciera como un cuadro hiperrealista pero que, en la hora aciaga del dolor más extremo e yermo, era tan solo el espejismo de mi propia soledad.

“Quiero llamar a mi pareja”, exigí, inventándome una relación que no lo es. Pero es más fácil, y socialmente más factible, llamar por teléfono a la pareja que invocar al Diablo. Así que opté por lo socialmente factible. Y el Diablo vino en bicicleta. No acepté sus talismanes ni su ejemplar del tarot, ni un colutorio de menta fresca, pero sí el cepillo de dientes de Colgate, el dentífrico de clavo, las baklavas de coco y almendra, y la tesis doctoral de Yago Conde, Arquitectura de la indeterminación.

Cené solo. Era tarde, el Diablo no puede vivir demasiado tiempo fuera de su castillo, y la hora apremiaba. Patata hervida con judías verdes y pescado con salsa de guisantes. No podía dormir. Me quedé mirando las manchas de agua en la parte exterior del cristal de la ventana y entreví la figura de un hombre con cabeza de pájaro, figura que desde luego llamó mi atención puesto que el Diablo, hace pocos días, me habló precisamente de esas figuras como parte de un plan que llevamos un par de semanas diseñando.

Llegó otro paciente. Escucho su nombre, llamémosle Ahmed, pero no veo su rostro. Las enfermeras hablan demasiado. Sigo sin poder dormir. Ahmed recibe la visita de sus hijos, que sacan fotografías con flash. Ahora me siento febril. Pienso en campanillas eólicas, de esas que son como cazasueños pero hechas con tubos metálicos o de madera que se entrechocan cuando hay corrientes de aire o les impacta alguna puerta o ventana. Con el sonido alucinado de las campanillas eólicas me duermo, y me despierto con la salida del sol justo delante mío, sobre el mar plácido de Barcelona. Ahmed está roncando. Las enfermeras siguen hablando. Alguien abre la puerta. Compruebo con una mezcla de asco que nuestra habitación de llama “Ictus”, como si fuéramos dos leprosos. O dos judíos en un mismo ghetto. Entra una comitiva de estudiantes de medicina presididos por una médica. “Son finalistas de curso”, puntualiza, como si me importara un rábano. Me observan como a un mono de feria. Estarán haciendo pruebas de fin de curso.

“Qué día es hoy? Dónde estamos? Dígame el nombre de cuatro frutas. Cinco colores. Repita estas palabras. Carretera. Isotupo. Blefaróptico.”

No, no es blefaróptico. Pero mi mano ya se mueve. Responde. Me traen la comida. Arroz con trocitos de carne impura y estofado de ternera. Me dan el alta.

Al salir, me entero que el Diablo, que como sabéis es una carta del tarot encarnada en un cuerpo solar, acaba de ser atropellado por la carta del Carro. Es un atropello simbólico, cosa que no mejora en nada la situación porque todo es simbólico. Me dice que no quiere levantarse.

Ahora entiendo la visión de la figura con cabeza de pájaro, que aparece en el manuscrito de la hagadá [relato de pésaj] de las Cabezas de Pájaro. es una rememoración de la pascua, la liberación del pueblo, pero esa imagen reaparece en la Venecia de los ghettos, cuando los judíos, acusados de transmitir enfermedades, son marcados con máscaras con forma de cabeza de pájaro. El pájaro deja entonces de ser símbolo de liberación, y una estrategia para evitar representar la figura humana, para convertirse en marca de pestilencia, o sea, una forma de señalar a los judíos. Por supuesto, el atropello del Diablo y mi diagnóstico de ictus no son para nada un mal agüero porque sabemos que no existen el bien ni el mal absolutos; los accidentes tan solo nos avisan que no somos inmunes. Pero, viendo cómo nos acercamos al derrumbe, ¿de qué nos sirve la inmunidad? Hasta D-os necesita sus anticuerpos.