Sin lucidez o con éxtasis

Hannah me preparó para ocupar posiciones dispares, para disfrutar donde otros no sienten. Ahora es demasiado tarde. El goce se ha convertido en un muelle mortal.

Sábado no podía hablar. Una encía inflamada. Depresión. Le pido auxilio a la Musa, con quién hablo largo y tendido. Finalmente me decido a acudir a un Hermano. Me abraza tiernamente. Cenamos comida basura. Nos vamos a una plaza llena de terrazas. Nos sentamos, nos tomamos un poco de nube entre tragos de un vino malo. Intento ligar por defecto. No me llevaré a nadie a mi casa esta noche, pienso.

Cómete tus palabras.

Domingo 8h50. Me despierto. 9h. Mensaje del tiburón: “¿La tienes dura?” Es el primero de varios mientras me hago el café y me como un pretzel del Lidl con mantequilla y cabello de ángel. Le digo que se venga. Aparece colocado y obviamente sin dormir, con una bolsa del super en la mano donde trae una botella de ginebra malísima y vete a saber qué más. Está más moreno y más cachas, cosa que me desagrada porque no sé manejar un cuerpo tan ancho. Sus demandas se repiten. Entro en su territorio psíquico. No pasa mucho tiempo hasta que empiezo a contar los minutos. Le aviso que tendrá que irse. “Préñame”, suplica, como quien pide un premio. Os lo creáis o no, es una de las frases que más escucho últimamente y la verdad es que casi la aborrezco. “Casi” porque dependiendo de la persona se me activa un u otro personaje, y mientras actúo dejo de ser performer. Todo no se puede tener. Mi yo auténtico o como mierda le queráis llamar a cambio de sexo salvaje.

Voy al gimnasio y me salta el contestador interno: eres más listo y vas más buscado que esas pobres bestias de carga que no producen más que un espejismo de seguridad. En cada mancuerna, la promesa de ser más fuerte, más guapo, más sano, de atraer más miradas. Todos, todos sin excepción pasados por el tamiz de la mirada externa. Y yo, cuarenta años, ningún abdominal definido y quizás ningún por definir. Y sin embargo…

16h10. “Hola, ¿qué haces?” Es Siri. Creo que se me ha pasado el dolor en la encía. Le advierto que ya he preñado a uno. Le da igual. “Quiero que me folles y me folles y me folles.” Es literal. Quedamos. Llega con restos de un colocón elegante, más sofisticado y ligero. “¿Qué te has metido?”, le pregunto. “Solo tina. Y mefe.” Es un tipo ejemplar. Nadie lo diría. Pero ya está en mi cama, la misma donde horas antes estuvo el tiburón. Las sensaciones son distintas. Satisfago la demanda, esta vez con más placer para mí. Me percato que el sexo sin lucidez es nefasto. Sin lucidez o con éxtasis.

Por la noche le mando un mensaje a Morgan. No me llegan las manos. Le deseo buena semana.

Me escribe Sufian. O mejor dicho, me contesta a un mensaje que le había enviado por la mañana. Ha estado en el polo opuesto de la diversión: éxtasis, no sexo. Música, no embarazos histéricos. Le quiero mucho a Sufian. Su sentido del humor atraviesa las palabras que nos decimos y me da el conforto de un hogar intelectual, pragmático y esquivo, pero no menos acogedor. Seré su amigo. Ya estoy haciendo por serlo. La testosterona pasa, pero la complicidad se queda. Al día siguiente me toca apoyarlo. Está de resacón. Quisiera ser su madre simbólica, meterlo en una buena cama en una habitación con ventanas al mar y aire acondicionado, y darle infusiones frías, pan de higos y chocolate negro. Pero no nos adelantemos. De momento le interesó saber que me inyectan testosterona en la nalga, que estoy explorando la frontera entre el body art y el porno, y cómo me masturbo.

En el trabajo, todas las máquinas de café están averiadas o fuera de servicio. Otro compañero se va. Hay cierta tristeza acompañada por un día impropio de verano, con nubes que no hacen volar y un sol agazapado bajo el gris celeste. Nada importa mientras yo siga aquí, sorteando la pulsión de muerte, surfeando bajones como quién camina entre cristales oscuros. He vuelto a sobrevivir y estoy escribiendo: eso es casi todo.

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Canto al margen

En varias ocasiones me he preguntado cómo acabará este diario. ¿Con mi muerte? No necesariamente. Este es el diario de Hannah y de lo que quedó tras su paso por mi cuerpo. Hannah sigue viva, sí, pero de aquella manera en qué decimos que alguien que ya ha muerto aún sigue entre nosotros. O dentro.

Y es dentro donde está ni más ni menos que el fin que yo no me esperaba. Los finales interesantes deben ser así: imprevistos aunque ya estuvieran contenidos en la premisa inicial. Todo esto empezó con pastillas, y con pastillas acabará. De las Climen y las Androcur pasé a un periodo de destete y luego a Testogel (un gel de testosterona, como el nombre indica) para, hace poco, pasarme a Testex Prolongatum, testosterona inyectable. Entonces ¿dónde están ahora las pastillas? Desde luego, no las receta ningún psiquiatra, y no porque los principios activos (o algunos de ellos) no estén presentes en algunas formulaciones estandarizadas, registradas y aprovadas para prescripción, sino porque mi discurso no es tenido en cuenta por la psiquiatría oficial. Mi palabra de paciente no cuenta para la aplastante mayoría de los autodenominados profesionales de la salud mental, aquellos que están oficializados, credenciados y secuestrados por colegios oficiales donde se prescribe la oficialidad, la legalidad y la normalidad aunque pocas veces se asuman los riesgos y las responsabilidades ante la exclusión que generan, la patologización que producen y el abandono de la escucha que supone, en la clínica misma, embanderar un discurso que se supone verdadero.

No todo lo que produce la ciencia es verdadero. No todo lo que promulga un Estado lo es, tampoco. Así es cómo lo bueno y justo se ha vuelto, a menudo, ilegal: porque la ley misma adolece de una injusticia profunda. Y la ciencia se vuelve ciega porque no es capaz de ver la subjetividad de su propia mirada. O quizás deberíamos preguntarnos si la ciencia aún tiene mirada, si la ley aún se puede justificar a sí misma.

Entonces ¿por qué ilegalizar personas solo porque son migrantes, o porque tienen determinado color de piel? ¿Por qué tratar como enfermas aquellas personas que se han anticipado justamente al descubrimiento de un mundo sin género?

Y adónde quiero ir hoy: ¿por qué seguir permitiendo que ciertas drogas no estén reguladas de forma positiva y su uso legalizado y despenalizado? ¿Por qué acusar a los inmigrantes de problemas de inseguridad mientras el Estado facilita, mediante un vacío legal, la financiación del crimen organizado por vía del narcotráfico? ¿Por qué se persigue a los autónomos y a los pequeños emprendedores y se premia indirectamente a la economía sumergida que suponen mercados como el comercio sexual y de drogas reguladas? ¿Por qué los Estados democráticos son tan amables hacia el crimen que conlleva el comercio no regulado de tóxicos, por qué son tan conniventes con la insalubridad de una mercancía que debería salir de un laboratorio nacional, ese sí regulado, estandarizado y quizás monopolista, como lo son la policía, el senado, la academia de la lengua o el instituto de estadística?

Hannah nació entre pastillas recetadas por un médico en un entorno un poco especial, donde mi discurso sí fue tenido en cuenta. Esto no es algo habitual, y solo fue posible gracias a la lucha de al menos una generación de personas trans y afines a la lucha por la liberalización del tránsito de género, o por lo menos su desestigmatización basada en una escucha real de las personas directamente visadas. La liberalización del tránsito, la facilitación del acceso a cuidados de salud física y psíquica son necesarias para llegar a comprender que el género nunca existió realmente, pero que acudimos a estructuras de conocimiento y a protocolos de comportamiento para dar forma a nuestras singularidades, a nuestros estilos, y poder seguir entablando la gran conversación vital con el otro, las otras, y todo lo demás que nos queda por descubrir.

Quizás este diario no tenga un final feliz porque simplemente no tendrá un final. Acabará dentro de un mes, por decir algo, cuando se haya cumplido un año desde que empecé a escribirlo. O quizás siga escribiendo. Quisiera estar equivocado y encontrar un editor que tenga el coraje y la libertad de publicar este diario que sé que podrá, a su vez, liberar a otras singularidades porque sois muchas las personas que me habéis leído, escrito, y animado a seguir haciéndolo porque algo os ha servido como señal de apertura.

Cuando, la semana pasada, comuniqué en mi trabajo el cambio de nombre, fueron tres las personas que me preguntaron cómo lo había conseguido porque también quieren hacerlo, cada una por un motivo distinto.

Cuando llevo camisas con los botones del lado izquierdo hay personas que comprenden, a veces tras un corto diálogo, que no hay camisas de mujer ni camisas de hombre, sino textiles para cubrirse y expresarse y un exceso de religión que persiste en la moda, como un mandamás que no se va.

Cuando me tomo pastillas de éxtasis, por ejemplo, normalmente en dosis mínimas para escribir o trabajar o prevenir una depresión, hay personas que me preguntan si estoy loco, pero cuando les explico por qué una farmacia es un poder fáctico acaban entendiendo que la salud es una religión llena de incoherencias y ataduras que no nos quiere dejar ver lo más evidente que es nuestra muerte, la fragilidad de estar vivos y la relatividad absoluta del principio y de la búsqueda del placer.

Excedámonos. Sin tragedia no hay vida posible.

Metiéndome aerolíneas

Me han disparado. Voy alto. No tan rápido como Siri, pero ya estoy en el túnel. Otro disparo. Más alto. (Creo en un solo dios distante e inútil, en la muerte inevitable, en la intocabilidad de la tina…) Cuanto más alta la onda, mayor el disfrute. Hay cielos que no me han alcanzado. Otros sí.

Estamos más arriba de nosotros. Dos inmigrantes nos agreden verbalmente. ¿Por qué enseñarles catalán si no tienen idea de educación sexual? Nos llaman maricones. Siri los ignora completamente mientras yo pienso que con un táser en mano el mundo sería mejor, al menos para mí. Me noto violento y quiero amar. Es tarde. No siempre las cosas funcionan como uno quiere.

Sé que el bajón me acecha así que me programo actividades placenteras para surfearlo. El surfeo de bajones es un arte de por sí. Lo planteo como un subgénero de la performance de tipo “juego social”. La ventaja de practicarlo de forma consciente no es poder transmitir cómo se hace sino más bien, pudiendo transmitirlo, decidir no hacerlo. La razón no es en absoluto la falta de espíritu didáctico ni tampoco la falta de empatía o solidaridad hacia los demás, sino justamente la idea (típicamente masónica) de que ciertos conocimientos son dañinos para quienes no atraviesan algún tipo de iniciación. A aquellos o aquellas que me tachéis de paternalista o incluso de algo peor solo puedo contestaros que es precisamente por gente como vosotros que no merece la pena compartir algo que no tendríais siquiera la amabilidad de reconocer.

Ahora bien, quienes de algún modo estéis verdaderamente iniciados en el arte de surfear bajones, es decir, que seáis capaces de hacerlo sin jactaros como si de algo honroso se tratara, sabréis leer en las entrelíneas invisibles de mi diario.

Por la noche hay fiesta al aire libre. Una amiga me avisa que vendrá Sufian. Es evidente que no me voy a follar a Sufian así que el dique de contención está naturalmente creado y no tendré que preocuparme. Dice la sabiduría popular que donde metes la olla no metas la otra, y tanto es así que la perspectiva de poder seducir a Sufian sabiendo que nada de lo que haga llevará a ese puerto me tranquiliza hasta lo más profundo de mí.

Repito estrategia. Le pregunto a Sufian y a Vilma si quieren volar en sólido. Vilma me dice que es muy generosa mi oferta pero prefiere otro tipo de aerolínea psíquica que en aquél momento no está disponible. Sufian, sin embargo, me contesta que ya está calentando motores, así que nos alzamos a toda pastilla y no tardamos en pisar unas amorosas nubes de plástico, llenas de aire fresco y marisma.

Él se desinhibe considerablemente y cada sonrisa es un destello de sal y amplitud. Yo le hice volar más que yo, como conviene, porque la felicidad del que regala no está en la superioridad de sus pertenencias ni en someter al otro, sino en despertar un sentimiento de libre gratitud. Así fue, y al regresar a casa no pude borrar la memoria de su sonrisa, intermitente y viva como una pulsación. Y tal como deseaba, el pequeño lazo que acordamos esa noche, mientras yo surfeaba un bajón en lo más alto de un cielo escondido, no se rompió el día siguiente, sino que reapareció en su timidez de semilla fértil.

Mi fantasía sexual con Sufian quedó perfectamente definida: trabajar juntos.

Me despierto excitado: hoy toca el primer pinchazo. Voy al centro de salud para que me metan la primera dosis de testosterona inyectable por vía intramuscular. A lo largo del día, esquivo varias oportunidades de tener sexo como si quisiera ahorrar mi energía vital para alguna prueba. Cuando estaba haciendo el doctorado, me quedaba tres o cuatro días sin masturbarme antes de dar una conferencia. Pero en este caso la falta de finalidad me hace extrañar las razones de mi abstinencia.

Termino en casa de unos amigos riéndome, oyendo lo que dicen, comiendo pollo frito, tomándome un caldo de apio, metiéndome aerolíneas, una rayita aquí, puntita allá, ji ji, ja ja, no estoy surfeando, lo que estoy es metiéndome debajo de una ola que a su vez está debajo de otra mucho mayor que no puedo controlar.

Sufian, perdóname. No soy dios. Soy un guía de perplejos como tú.

Siri tiene fuego

A medida que el tiempo pasa y la testosterona aumenta, algo me avisa que el subidón ha llegado a su fin, que los niveles de testosterona ya no pueden ser más altos, que el cuerpo ha llegado a un límite y no puede asimilar más cantidad en el mismo espacio de tiempo. Alcanzados los 80 miligramos diarios, siento que algo ha frenado la línea ascendiente de la gloria fálica, del sentimiento alfa, de mi conversión a macho-gel.

Un poco como los batidos de proteínas que, casi a diario, le ponen la guinda a cada entreno en la sala de fitness, y que el cuerpo no tiene la capacidad de traducir en músculo, o como la droga redundante, esa que te tomas cuando ya estás pisando las nubes y no hay más arriba ni más allá, la testosterona, hormona preciada y sobrevalorada donde las haya, una vez llega a su cénit se detiene: se detiene como a las puertas de un imposible.

Mi necesidad de continuar el relato me empujó hacia un túnel deformado. No me voy a rendir tan pronto, pensé, quizás pueda adoptar efectos digitales e instalarlos y aplicarlos a mi vida analógica. Un slowmo, un efecto cámara lenta, un arrastre solemne y resultón. Pongo mi vida en modo lento, muy lento, cada vez más lento, regida solamente por analíticas de sangre y orina, gramos de esto y de aquello, solo que esto es legal y se vende en farmacias y aquello se consigue por gracia de dios a través de contactos, llamadas a desconocidos (ochenta el gramo pero es tope calidad), llamadas a conocidos (te la dejo por sesenta, y lo otro a veinte, es buena), llamadas a amigos (te sale a poco más de cuatro la unidad, y esto a ocho si me compras al menos cinco), llamadas a amigos de amigos (no hace falta que te la compres entera, con cien pavos de esto vas al cielo).

Pero ¿vuelvo?

“Esta noche nos lo vamos a pasar bien. Vente con nosotros!”

Los demás no entienden muy bien nuestra relación. Él es enorme, cachas, tatuado, cicatrices que cuentan historias en las que no quieres estar. Yo soy flaco, blanco, con una sola escarificación que les dice a los iniciados quién soy, y la marca del segundo nacimiento en el vientre, bajando desde el ombligo. Pero somos uña y carne, somos culo y mierda, nos caemos bien, podemos hablar de todo, quitar el freno, y acelerar. Mi presencia a su lado le permite destacar en tamaño y la suya, al mío, hace que me envidien porque se piensan que follamos, o que me miren con desconfianza porque no entienden qué podría haber en común entre él y yo.

Todo es mucho más sencillo. El saber que la masculinidad no es algo real me hace querer estar envuelto de machos que refuerzan el efecto de extrañeza hasta insinuar la pregunta: pero al fin y al cabo ¿qué coño es un hombre?

“No sé, no sé. Mañana tengo cosas que hacer.”

“Venga, no te cortes. Y si hay mefedrona?”

Pausa.

“Si hay mefedrona, sí.”

Pero no hay. Pero yo voy. Pero él, finalmente, no. Pero en el centro hay un par de amigos, heterosexuales por supuesto, que me llaman. También a ellos les encanta hacerse acompañar de un amigo gay. No es competencia, no es una amenaza, y es un gadget. Con suerte, un talismán.

“He traído algo, chicos. ¿Nos lo partimos?”

Pasa media hora. Que un hombre drogue a una chica por sexo es un preludio de violación. Que un hombre drogue a dos amigos para lubrificar su deseo debería ser una perversión; a menos que no lo haga por sexo. O quizás mi sentido de la perversión sea peor todavía: prefiero asistir al relajamiento de los principios, inducido por una droga feliz, y que ellos busquen en mí una complicidad subida de tono, aliñada con abrazos iusualmente efusivos y besos extrañamente cercanos a mis labios. Viniendo de dos hombres hechos y derechos, como reza la tradición popular.

Por suerte me decido a fumar. Compramos un paquete de tabaco a medias. No compramos mechero. Para ligar, no hay nada como pedir fuego. Nos vamos a bailar. El hervor esté con nosotros (y con nuestro espíritu). Levantemos el corazón (lo tenemos levantado!).

Al igual que la testosterona, pienso, esta mierda que me he tomado no me puede subir más, al menos sin que yo pierda demasiado el control. Decido disfrutar con lo que llevo dentro.

Es entonces cuando veo a Siri.

Siri tiene fuego. Siri enciende mi cigarrillo. Siri se va, Siri vuelve. Siri baila conmigo. Siri dice que se tiene que levantar a las seis y no hay que perder el tiempo. Desde luego, Siri. Me despido de mis hombres que me dicen que no me ven con Siri. Qué más da. Yo sí me veo. Ya estamos pillando un taxi. Resulta que vivimos a cinco minutos uno del otro. Siri, quítate la ropa. Siri, ponte boca abajo. Siri, mírame así. Siri, ponte a cuatro. Siri, ¿quieres ser mi perra?

A Siri le está subiendo todavía. Yo controlo pero cedo. Me doy cuenta que el deseo corrompe el poder. No me interesa el poder. Solo me interesa follar como quien hace el amor. Porque para hacer el amor como quien folla, me hubiera quedado hombre.

Y hombre, Siri, es algo que no soy.

Cómo cambiar de nombre: guía práctica

¿Cómo se cambia de nombre? ¿Qué tengo que hacer para elegir mi nombre? Independientemente o no de que haya “transición de género” o renuncia a la identidad que nos asignaron, o en definitiva un abandono de esa cuestión mal planteada y que tanto nos limita, el derecho a que nos llamen por un nombre de nuestra elección es un derecho fundamental. Y si no lo es, debe serlo y hay que dar pasos legales para hacerlo posible, facilitarlo y normalizarlo.

Por eso esta página del diario va dirigida a quienes quieren cambiar de nombre, o están en el proceso de decidirlo, o incluso ya se hacen llamar por un nombre que no coincide con el de los documentos oficiales, ya sea el pasaporte o la tarjeta sanitaria o la del banco, pero todavía no han logrado esa coincidencia, es decir, el reconocimiento oficial de su nombre propio (“propio” en sentido literal).

En mi caso, estoy llevando a cabo el proceso en el estado español, con lo que los pasos que os voy a comentar se refieren a un proceso de cambio de nombre en España. Esto no impide que las personas que me estáis leyendo en otros países, y sé que sois muchas, no podáis utilizarlo como comparación, inspiración, o referente, ya sea para daros cuenta de las facilidades que tenéis en algunos países con las legislaciones actuales, o de la falta de ellas y por dónde quizás hay que seguir luchando.

Lo primero es el entorno. Yo empecé por pedirles a mis amistades que me llamaran por mi nombre, y casi siempre les tuve que explicar por qué el nombre que yo tenía ya no me servía. El argumento que menos rechazo suele causar es que hablar de nombre propio es un autoengaño: el nombre solo es propio cuando lo hemos elegido. Si no lo ha sido, es solamente el nombre que nos pusieron cuando no teníamos capacidad de hablar, y aún menos de elegir. También dije que ese nombre que me habían puesto no me representaba, que me causaba problemas conmigo mismo al identificarme con personas y hasta con ideologías que no tienen mucho que ver conmigo. Pero lo más importante, quizás, es explicar que todos tenemos derecho a elegir nuestro nombre. Es algo demasiado personal y con demasiadas implicaciones en la forma cómo nos presentamos y relacionamos como para que no tengamos algo qué decir sobre ello. Y una de las cosas que yo quería decir era esta: no, no me llames así porque yo no me llamo así, ese no es mi nombre, ya no.

En algunos casos dejé de responder cuando me llamaban, e incluso les dejé de hablar a las personas que se hacían las graciosas. Algunas lo entienden cuando empiezas a llamarlas por otro nombre y te preguntan “pero qué dices?” y les contestas “te hago lo mismo que tú me estás haciendo mí: pasarte por el forro mi libertad”. Porque la cuestión es esta, y es irrenunciable: nuestra libertad identitaria.

Es importante firmar con nuestro nombre verdadero, el que deseamos. Recordarle a la gente que si lo cambian en sus contactos ya no se equivocarán tanto. Y si te dicen que no se acordarán de quién es, quizás es hora de cambiar de amistades.

A las personas que fui conociendo, me presenté naturalmente con mi nombre propio.Y si alguna se fijó que mis documentos ponían otro nombre les contesté, naturalmente, que estaban equivocados pero que yo ya estaba en proceso de corregirlos y que, de hecho, estaría encantado de contar con su testimonio ante el registro civil para apoyar mi proceso de cambio de nombre o, mejor dicho, de apropiación de nombre.

En el registro civil, la apropiación de nombre aún se sigue llamando cambio de nombre, y la transición de género se sigue llamando rectificación registral. Pero como se dice en estas tierras, las cosas de palacio van despacio. Eso no debe detenernos.

Por otro lado, casi todos los nombres son aceptados siempre que no tengamos un hermano o hermana en vida con ese mismo nombre, y siempre que no consideren el nombre deshonroso para nosotros. Aquí se aprecia el legado biologista y moralista en todo su esplendor, pero al tiempo… un día perra de nadie y Chocho Fuentes tendrán los mismos derechos onomásticos que Jesús Conejo o María de la Circuncisión Sáez.

Pedí cita en el registro civil, donde me recibieron muy bien. Hay personas funcionarias que ya están bien informadas de este proceso, tanto si va asociado a editar nuestro género como si no. Llevé facturas a mi nombre, correspondencia, paquetes de Amazon y otras empresas, la tarjeta del gimnasio, cartas y postales de amigos, todo ello con mi nombre completo, para que vean que el que tienen en el registro ya no se corresponde con la realidad.

Me citaron para otro día más adelante, para que llevara al menos dos testigos que me llaman siempre por mi nombre. En el caso de España no hace falta que sean de nacionalidad española pero sí que me conozcan desde hace por lo menos dos años, que es la antigüedad de nombre que hay que acreditar. Además de los testigos presenciales llevé cartas de otros testigos, en total ocho, y más recibos, tarjetas, facturas, comprobantes de asistencia, certificados de cursos… todo con mi nombre completo. Los testigos dijeron, naturalmente, que mi nombre es el que es y no hay otro, y que no comprendían por qué nis documentos no estaban bien. De hecho, uno de ellos nunca me había conocido por el nombre que me dieron mis padres…

Entonces hicieron una carpeta con la partida de nacimiento, que en mi caso está en portugués pero en traducción jurada, y unas semanas más tarde me llamaron confirmando que el juez había aceptado las alegaciones escritas.

Ese día me sentí como si me casara conmigo mismo o, como dice Anohni (ex Anthony and the Johnsons) en Future Feminism, como una bruja que se bautiza a sí misma. Quedaba legitimada y oficializada mi demanda, algo que, como sabéis, es extremadamente importante para facilitar nuestro día a día y no tener que darles explicaciones a la gente, a menudo innecesarias e incluso humillantes.

Lo curioso es que, en el país donde nací, me seguiré llamando oficialmente según la partida de nacimiento original, por lo que ahora tengo un nombre oficial distinto en cada país. Esto significa que allí tendré que iniciar un proceso semejante o intentar convencer a la administración de que deben unificar su registro con el del país donde vivo desde hace quince años.

Dicho esto, en el banco me encontré la máxima rigidez: en la partida de nacimiento aparece el nombre registrado por los padres con un añadido precisando que, a partir de tal día, la persona se llama tal. No reconocen la validez de la partida de nacimiento y reclaman el documento nacional de identidad para cambiarte el nombre. Lástima que no tengan el mismo reparo a la hora de cobrarte comisiones e intereses. Para que conste, el banco al que me dirigí fue CaixaBank, pero supongo que los otros bancos no serán muy distintos.

Pedí cita en la policía nacional para cambiar el documento de identidad. En mi caso tarda un mes.

Pedí cita en la seguridad social para cambiar mi registro. Me la han dado para dentro de un mes.

El censo electoral debería actualizarse a partir de los datos del registro civil o del padrón de residentes.

Cambiaré el padrón de residente cuando tenga el documento nacional cambiado.

Todavía me queda ir a hacienda y, muy importante, cambiarlo en el trabajo, donde se lo tendré que explicar a personas poco proclives a salirse de sus corsés. Las cosas de palacio van despacio, dicen. Pero ante todo: que nada detenga el cambio.

Teoría sexual de la fotografía

No sé en qué verano fue. Detrás de la casa del pueblo de mar hay un garaje que mi padre utilizaba como taller. Todavía se puede subir al tejado por unas escaleras muy estrechas de cemento. Más que un tejado, en realidad, era la superficie, también de cemento, que le hacía de techo al garaje, con grietas aquí y allá tapadas con pegotes de alquitrán, un poco como mi infancia. Ella nunca fue del todo impermeable.

Yo estaba allí, eran quizás las ocho de la tarde, observando el encantador arenal que una feísima urbanización soterró junto a los lagos, los cañizales, las ranas, gorriones, mantis, mariposas y demás bichos que allí vivían, cuando dos de mis cuatro hermanos, todos bastante mayores que yo, cruzaron el portón de madera alardeando de un pequeño objeto reluciente. Uno de ellos entró en casa por la puerta de la cocina, esa que aún mira hacia el huerto de atrás, y el otro subió a verme o, mejor dicho, a mostrarme lo que traía en la mano.

Eran unos binoculares muy compactos que, una vez cerrados, parecían una pitillera de esas rígidas que ya no se ven tanto ahora, negra y con bisagra y cierre plateados. Al deslizar la patilla de freno, se abrían “automáticamente” (era una palabra muy de moda antes de que nos colonizaran con lo digital). La bisagra se desplegaba mediante un curioso mecanismo que revelaba dos puntos desde los que, acercando los ojos, se ampliaba milagrosamente el campo de visión.

Lo más semejante que había visto hasta entonces habían sido las gafas de selección de dioptrías, esas con lentes circulares con un eje superior y varios reguladores circulares, todos debidamente numerados y parametrizados para determinar el grado de miopía o astigmatismo. Sin embargo, la visión no era propiamente estimulante: un cuadro retroiluminado con líneas de letras negras en posición normativa o invertidas, horizontal o verticalmente, que había que descifrar y leer en voz alta.

“E hacia abajo. E hacia arriba. E hacia la izquierda. P Q N R S.”

“L R S… Q P. Bueno, no sé si es una Q o una O.”

Y la doctora, que se llamaba Maria do Rosário, respondía invariablemente: “¡Muy bien!”

“Muy bien” eran dos palabras que yo no solía escuchar en casa, lo que reforzó mi creencia, desde muy pronto, en que algo debía estar haciendo mal. O que, en cualquier caso, no hacía lo suficiente como para merecer esa reconfortante confirmación. Así que, con frecuencia, me sentía perdido. O peor: inútil. Y un niño que se siente inútil es como un viajero en el tiempo que cae en medio del siglo con un pasaporte caducado. Pronto la huida se convertirá en su único anhelo. Huir, huir… ¿pero cómo, y hacia dónde?

Entonces me refugiaba en mis sueños, que recordaba con asombrosa nitidez y detalle. Sueños extremadamente estimulantes para un niño de menos de seis años, que aún no iba a la escuela y tampoco tenía hermanos de su edad para jugar. Sueños plagados de referencias sexuales que hubieran excitado al buen Freud. Sueños que, trabajados años más tarde en mis sesiones de psicoanálisis y psicoterapias varias, podrían haber sido reducidos a fetichismos demasiado tempraneros. Pero ¿qué podía haber de tempranero para un niño abandonado a su suerte, a pesar de la presencia constante de la madre, o quizás por eso mismo?

Así que la visión de los binoculares de mi hermano, tras la primera sensación de pequeñez y resguardo, fue algo semejante a la visión de un falo, solo que mucho menos violenta. No podía haber nada malo en mirar a través de ese objeto. Y de pronto el arenal dejó de ser solo ese lugar de huidas efímeras para convertirse en el espesor que me separaba de la vida enigmática de los habitantes del cámping. Yo no alcanzaba a conocer las costumbres de esos viajantes sazonales más que cuando bajaban hacia la playa, vestidos solo con un bañador y a veces una camiseta de tirantes, pero algo en ellos me excitaba profundamente a una edad en la que aún desconocía que, tocándome de cierta manera en ciertos lugares del cuerpo, esas y otras visiones placenteras se concentrarían en mi imaginario, y éste las fertilizaría rápidamente con el abono de la pulsión hasta que algo en mí se volvería espasmo, y la tensión quedaría resuelta por un tiempo.

Ese día me hice voyeur, pero no fue hasta mucho más tarde que comprendí el aspecto aislante, dramático, de disfrutar mucho más con la visión del placer ajeno que con el propio. Esa continua tentación de autoexcluirme sentó en mí el fundamento irreparable del desamor y el deseo mortal de despedirme.

El principio de decadencia

“Cuál es tu correo?” … “Gracias”, tocándome el hombro con su mano maternal, densa, ciertamente suave. Hace meses que anhelo ir más allá de los saludos cordiales, las miradas sonrientes, casi cómplices. Últimamente me ha tocado algunas veces con la excusa, quizás, de mostrarse amigable. No creo que me desee. Siempre dudo del deseo ajeno. Y es una lástima porque me detiene, me enfría cada vez más, me hace rehuir los piropos como quién desconfía de los halagos de un comercial. Me miro al espejo horas más tarde. Hace cuatro o cinco días que no voy al gimnasio y siento que he perdido el poco peso que con esfuerzo enorme había ganado. Ante el yugo cada vez más pesado del trabajo, que solo se me hace llevadero en virtud de una versión delirante que me cuento cada noche a mí mismo, no solo no me insurjo, no me levanto, no lo dejo, sino que me entrego, me rindo, me destruyo.

“Gracias”, y se va con esa mirada que ya no sé si quiero contemplar en privado, con esa menos-que-caricia que no puedo capturar ni siquiera en la memoria más inmediata. Haber cumplido cuarenta años no ha sido más que un cambio simbólico en la caja de velocidades de mi cuerpo vintage, vehículo a punto de estallar, carne de accidente. Ya no me van el freno ni el embrague, todo hace ruído como una bestia lista para el despiece, irrumpiendo por carreteras secundarias, marginales, cosidas a la línea de mar como en no sé qué película de la Nouvelle Vague. Tal vez fuera Pierrot le Fou. ¿Qué más da? La hora se acerca y me doy cuenta de que llevo años preparando mi muerte, redactándola, haciendo inviable cualquier tentación de canonizarme.

Dejo todos los textos sin publicar, por lo menos en papel. Nadie podrá acariciarme siquiera en forma de libro. No voy a oler más que a mi cadáver. “Solo sales con drogadictos”, me notifica Elohim. “Es verdad, ni me había fijado.” Mentira. Solo salgo con politoxicómanos, gente a la que no puedo hacer gran daño porque ellos mismos ya están, con mayor o menor consciencia, en la primera línea del desastre, sentados en falsa primera fila, de espaldas a la gran pantalla, conduciendo con igual precariedad sus cuerpos-máquina, sus vidas más o menos resueltas, pero todas igualmente trágicas.

Estoy empapado. Me levanto tarde el Sábado. Hace tiempo que no voy a la sinagoga y eso me aleja de algo vital y necesario para recordar el apego a la vida. Cada vez que hago un “le jaim!”, que alzo una copa para hacer el brindis en hebreo, me río por dentro. Le jaim, ¡a la vida! ¿A qué vida? No la mía, de eso estoy seguro.

Me seco el sudor de la espalda con la toalla del gimnasio. No huele a nada, pienso, ni siquiera ahora que voy de testosterona hasta el culo. Debe ser que no me esfuerzo lo suficiente. Debe ser que no soy hombre suficiente. Debe ser que soy realmente ese niño flaco y enfermizo que me convencieron que soy. Y ante lo que se me presenta como un imposible, me brindo visiones de una muerte extremadamente lenta, ofrecidas en sacrificio a aquellos que aún me quieren para que, por fin, dejen de hacerlo y, reducidos a la impotencia, solo tengan pena de mí. Ser tan despreciable a sus ojos que me vuelva un miserable y no quede ningún atisbo de admiración por lo que otrora habría sido inteligencia y humor, gracia y cortesía, ser tan despreciable que prefieran olvidarme, haciendo caso omiso de mi arrastre inmoral e insalubre: ese es mi último plan.

Para que no caigáis en la tentación de dimitir ya de esa hipótesis, que es la de vuestra propia degradación moral, la renuncia inevitable a la amistad que me tenéis algunos, os digo que me lo pasaré bien, intoxicándome cada vez más, primero con anabolizantes que harán de mí una vaca lechera con insuficiencia hepática, un enfermo moralmente culpable de su enfermedad, algo que tanto gusta a mentes higiénicas. Luego intensificaré la ingesta de estimulantes, estupefacientes y antidepresivos. Desplazaré mi cuerpo, renunciaré a mi salud, situaré mi metabolismo en la esfera de lo puramente químico, externo y comerciable. Mi carne será un lugar de decadencia y narcotráfico. No tendré bastante con fiestas de “chem sex”; deberé sublimar mi recorrido, acudir a charlatanes por quienes dejaré engañarme, brujas baratas que me asistirán en mis bajones, cuerpos de infarto que alquilaré para crear ilusiones de poder cuando la coca me pervierta más de lo que ahora puedo concebir y ya no sea más que un falso recuerdo de mí mismo, un rastro de aceite fresco y sucio que cualquier chispa podrá encender y despedir.