No pienso desaprovechar el potencial poético de las hormonas

Escribir un blog ya no está de moda, y eso me tranquiliza. Siempre he convivido con este desfase: entre el apego a lo que ya no se lleva y el deseo de lo que aún no es tendencia. Así que no le hago ascos a la figura obsoleta, casi naïf, de la gente que escribe blogs. Las cosas vintage, desactualizadas o simple y llanamente viejas me alejan del presente, que es donde están casi todos los peligros.

Escribí mucho. Miles de folios en lo que llevo de vida alfabetizada. No es una exageración, y la gente que escribís sabéis a qué me refiero. Solo en tesis y tesinas, casi mil páginas. Poemas, cientos y cientos que podrían haber sido escritos por poetas distintos. Ahora vuelvo a escribir para dejar descendencia. Mi desgana de ser padre es bien conocida, pero no pienso desaprovechar el potencial poético de las hormonas.

Fui a la peluquería y me hice una permanente. Le pregunté a la peluquera si todavía se llevan, o si ya solo las hacen señoras mayores. Me contestó, cortés, que los chicos no se las suelen hacer, por lo menos en un pueblo tan pequeño. Pensé entonces que la permanente es como los blogs: un refugio lejos de la crueldad de las comparaciones. Me dirán que los blogs están fuera de moda o que con este pelo ya no parezco yo, o parezco otra cosa, pero no me compararán con nadie.

Las comparaciones son odiosas: os lo digo como retrovictim. Una retrovictim no es lo contrario de una fashion victim porque lo retro fue fashion en su día, fashion o por lo menos corriente, ya fuese un cromo del Mundial del 86 o un teléfono de color rojo Almodóvar. Sin embargo, con el paso del tiempo, las cosas se vuelven añejas, y tan añejas que ya no tienen cabida en el circo de las novedades.

Si os hablo de la permanente, no es como un logro; yo solo quería reducir lo largo de mi pelo sin cortarlo, y los rizos permanentes me parecieron la solución más coherente con mi atracción por el desuso. No importa que, con un poco de gel, yo parezca un torero o un tertuliano de derechas. Lo que importa es que una de las reglas de este juego es la resistencia. Resistir al género significa, entre muchas cosas, hacerme una permanente no porque sea cosa de mujeres, sino para apaciguarme.

Para mí, ha llegado la hora de apaciguarme. Eso implica estar menos pendiente aún de las opiniones de los demás. Hacerme una permanente. Escribir un blog. Regalar mi tostadora eléctrica a una vecina y comprarme una para la cocina de butano, como las antiguas, que llevaban amianto. Mirarme la fiebre con un termómetro de mercurio. Llevar un pañuelo con un estampado de patos que ya nadie osaría llevar. Hasta me hice hacer unas sábanas de seda, algunas con unos estampados imposibles, que tienen tanto de convencional como yo. Son una verdadera locura. Ya nadie duerme entre sábanas de motivos náuticos ochenteros o vacas parisinas, pero no veáis cómo deslizan en mi piel. Y eso es muy importante (esencial, diría yo) porque es la única caricia que puedo sentir por las noches.

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