Ya nada es como antes

La soledad es tan p*** que el otro día, al ver que podía conseguir una cafetera de filtro de Moulinex igual a la que se compraron mis padres en el 82, me puse a llorar. Me dije: “esto son las hormonas”. Y sí, puede que sea una mezcla de desamor con estradiol. Cuando empecé el juego, sabía que no iba a contar con una fuente estable de oxitocina, como puede ser una relación afectiva con algo que te abrace. Esa carencia, yo la voy supliendo con el desapego al que varios finales infelices me fueron acostumbrando.

Los objetos antiguos juegan un papel importantísimo en mi transición: ellos me sujetan a un pasado doloroso que me sigue inspirando vidas siempre nuevas y más interesantes que la mía, y que nunca llegaré a agotar. Aún así, la cafetera de Moulinex, con todo su encanto y la excusa barata de que con ella podría hacer café para ocho a diez personas a la vez (¿cuántas veces he tenido a más de ocho personas a mi casa a la vez? ¿y tomando el café…?), aún así esa cafetera fue un reprobado más que evidente en materia de educación sentimental. ¿Cómo iba yo a superar el complejo de Edipo si el momento álgido del día era cuando, por la mañana, yo me levantaba y veía, con una pena infinita, que mi madre ya se había tomado el café (y que yo me lo tendría que tomar sin ella)? Por eso ahora, aún siendo la única persona que vive en esta casa, aún en esos días en los que no hay nadie más (que son la mayoría), siempre hago café para dos. Uno, el que me tomo. El otro, el que se enfría como toda ilusión.

En definitiva, la cafetera Moulinex no hace café para ocho; lo que hace es crear la ilusión de que habrá ocho personas en mi casa, y que mi soledad se disolverá en ellas; lo que hace, como una plegaria que se repite mecánicamente, es mantener viva una fe inexplicable en algo que no se puede demostrar.

Descartada la Moulinex, le escribí un mail a mi hermana, aún llorando, pidiéndole que me enviara una bolsa de ganchillo que me hizo mi madre para ir a comprar el pan, con una rosa trágica y triste como yo. Llorando por las hormonas. Ay, mamá, que te escribo en español. Ya nada es como antes. Mi mamá no me está leyendo. No me recibe. Mi hermana sí, está del otro lado de la línea, la llamada se entrecorta, pero yo la vuelvo a llamar y le explico que estoy haciendo una sustitución hormonal, y que no se preocupe, que es como si estuviera embarazado pero sin esperar nada a cambio.

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