Un maravilloso proyecto sin acabar

Si hay algo que a mis treinta y nueve años se parece a una prejubilación, son mis testículos. Creo que ya apenas trabajan. Si lo siguen haciendo, debe ser como a tiempo parcial y sin recordárselo a nadie. Desde luego, tampoco tengo los ánimos para ponerlos a prueba y verificar que estén funcionando: es posible que el mismo interruptor que gradualmente, como un regulador de luz, va apagando las gónadas, también esté desconectando, sin que yo me dé cuenta, la pulsión de complacerme, y el mal llamado instinto reproductor.

Hay algo sublime en el engranaje vital que hace que los cambios físicos y psíquicos también se resistan a la maldita distinción entre alma y cuerpo. Incluso desde la tristeza injustificada que me envuelve ahora casi a diario, sobre todo al final de la tarde que es cuando el sol se me hace frío, me vienen pensamientos variopintos que me ayudan a ponerle razón de ser a sufrimientos que parecían innecesarios.

Me viene, por ejemplo, que en el gran movimiento del mundo se empiezan a producir eventos concretos de malestar sexual y desacuerdos entre algunas personas y sus propios cuerpos, no a modo de disforias, como pretenden los guardianes de la normalidad, sino como preguntas que parecen sugerir que el cuerpo no es algo que hayamos conquistado sino un maravilloso proyecto sin acabar.

Me viene que el curso sinuoso de la historia es necesariamente atropellado por conflictos sociales a raíz de las preferencias afectivas de unos y de otros, de desequilibrios familiares que nos hacen descubrir nuevos vínculos, elegir nuestra familia por afinidad, y también tomar las riendas de la forma cómo nos presentamos, y con qué nombre y con qué ropa, de cómo andar y hablar, con qué gestos, con qué gustos.

Tal vez las elecciones lleguen a quienes tienen que llegar, a razón de alguna matemática universal y desconocida, de alguna música de esferas que haga sonar, en algunos, el llamado a volverse otros. Entonces lo que soy deja de ser una fatalidad para convertirse en libertad, en el juego esencial que ningún destino puede predeterminar ni impedir.

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