“Ellas nunca tienen ganas”

Pienso en todas las veces en las que juzgué a mis amigas u otras mujeres por sus cambios de humor, por repentinas “salidas de tono”, por sus “caprichos”. Pienso en los amigos que se me quejaron de los mareos de sus novias, de que “ellas nunca tienen ganas”, y que ellos no entienden de “cosas de tías”, o que las mujeres las carga el diablo (sí, también me lo han dicho). Pienso en el desencuentro permanente de creer que vamos a encontrar algo; y en el desconcierto de pensar que ese algo es único y ha sido creado para responder a nuestros deseos. Y pienso en los artificios del deseo para hacerse con su objeto, no importa lo que el otro quiera, ni lo que convenga a los demás, ni cuánto pueda uno llegar a perjudicarse a sí mismo. Hablo de cosas que hice y sé el daño que pude llegar a hacerme.

Pero ahora intento convencerme de que mi nueva sensibilidad va a juego con mis muslos nuevos.

Hoy he probado tres pantalones distintos. Ahora peso setenta y uno; hace un mes, pesaba dos kilos más. No he engordado. Son los muslos que están más anchos. Debería haberlo pensado antes. Suerte que guardo la ropa de cuando bailaba y hacía yoga: es más ancha y un poco elástica, con lo que, aún cogiendo muslo y un poco de mama, seguiré cómodo, al menos en teoría, porque algun día volveré a reconciliarme con lo que me hace daño. En fin, es un prognóstico. Ojalá me equivoque.

De momento, cuando no estoy trabajando, pienso más bien en cuidarme. Y sigo pensando, también, en qué razones habrán llevado a identificar, durante tanto tiempo, el cuidado de uno mismo como algo femenino. ¿La deducción zoológica de que el macho es depredador y la hembra la presa? ¿La asunción de que el hombre es más fuerte que la mujer? Es posible; y de la exageración de esta supuesta diferencia se le asignaría al hombre, al conjunto de todos los hombres, el trabajo físico, el trabajo desplazado, la guerra, y a la mujer, al conjunto de todas las mujeres, el trabajo manual, las tareas domésticas, y el apoyo a la guerra desde el hogar. Siempre me ha impactado la imagen de unas mujeres muy patrióticas e hipersexualizadas cantando a los soldados estadounidenses como si fueran, ellas mismas, la promesa de un botín sexual. Pero ¿a cúantas mujeres habrían violado ya algunos de esos soldados, antes de regresar o no a sus hogares, donde les esperaría, o no, una mujer sonriente y aliviada como en los anuncios de cigarrillos, o de betún para zapatos? ¿Y cuántos soldados se habrían ya aliviado entre ellos? ¿O cuántas mujeres no querrían irse a la guerra, ni que fuera como única escapatoria a un hogar esclavizante e insulso, como tantos mancebos se fueron, sin inquietud teológica de ningún tipo, a llenar los seminarios de provincia?

Es en ese espacio medio, que no es una media artimética, donde yo me estoy reubicando. Es una tarea diaria, porque cada día me tomo cinco pastillas más, y mi cuerpo olvida cada vez más la función de producir testosterona, tan necesaria a la reproducción de la especie como a la preservación de la agresividad; y va, en proporción inversa, ordenando la adaptación de mis caderas, de mis muslos, de mi piel, quizás de mis pensamientos, a la función, en mi caso imaginaria y totalmente improductiva, de hacerme capaz de hospedar a un embrión.

Y otra vez me pongo a pensar: si esto de separarnos entre mujeres y hombres tuvo algún sentido, y si hacía falta extrapolar unos roles de género tan militarmente disciplinados a partir del hecho de tener las gónadas metidas más hacia adentro o más hacia afuera, cosa que solo tiene importancia para perpetuar la función de seguir llenando el mundo de gente, más y más gente, hasta que la mitad se mueran de hambre o de cualquier otra forma cruel, innecesaria, y ciertamente evitable.

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