Parece mentira, con lo inteligente que eres, que hagas semejante cosa

No sé si le tenemos mucho apego a la vida, o mucho miedo a perderla, o las dos cosas. El miedo, desde luego, debe existir, teniendo en cuenta la cantidad de veces que oigo hablar de peligros. ¿Os habéis fijado que todo es peligroso? Y si no lo es, mejor que lo parezca, para que la seguridad pase de ser una necesidad a una obsesión y un negocio.

Esto se nota en muchas cosas, y una de ellas es lo que estoy haciendo con mi cuerpo. Me preguntan con la mejor intención del mundo: “¿No te da miedo? Por qué correr ese riesgo? ¿Si no quieres ser mujer, para qué hacerle daño a tu cuerpo?” No voy a despreciar el cuidado y la preocupación sincera de esas personas que son, en muchos casos, algunos de mis mejores amigos. Pero desde aquí les quiero contestar con una pequeña anécdota. Una época tuve una crisis de pareja importante. No importante porque discutiéramos mucho o llegáramos a hacernos cosas feas, sino porque, sin saberlo, estábamos revisando nuestras escalas de valores, nuestras prioridades y nuestras expectativas. Cuando te pones a hacer semejante revisión, y además estás en pareja, sabes que algo puede cambiar e incluso dejar de existir… En aquél entonces debatíamos modelos de pareja con la ayuda o mediación de una psicoterapeuta, explorábamos caminos alternativos. Estábamos bien pero no del todo. Yo sentía la necesidad de conocer a gente, aunque mi ex siguiera siendo alguien verdaderamente central en mi vida. De hecho, para mí sigue siendo una de las personas más queridas que he conocido en mi vida. Pero al grano: a la psicoterapeuta, que tenía un sentido del humor exquisito, le gustaba hacernos preguntas que nos dejaban en blanco. Creo que ella se divertía descolocándonos. Un día nos preguntó por qué nuestro modelo era mejor que otros, y no supimos qué contestarle. Entonces ella nos lo explicó con una imagen muy sugerente: una manifestación de gente, cada uno con su pancarta, siendo que todas ponían lo mismo: “este es mi modelo ¡y es el mejor!” La verdad es que, dicho así, no resulta gracioso; pero sí me resultó graciosa la imagen que se formó de inmediato en mi cabeza, de todas aquellas personas que se pasan la vida alardeando de sus logros y de sus compras, personas que siempre tienen razón y nunca se equivocan. ¡Ah! que maravilloso engaño.

Fueron algunas de esas personas las que me soltaron, en varias ocasiones, perlas bien conocidas de sabiduría popular: “Parece mentira, con lo inteligente que eres, que hagas semejante cosa.” “Anda, que con los estudios que tienes, ya podrías hacer algo de provecho.” “¿Pero a ti cuánto te pagan? Y por ese dinero te vendes?” “Bien hice yo que me puse a trabajar con quince años y ya no volví más a la escuela.”

Se llama defensa de la incultura. Hay el orgullo gay, el orgullo trans, y luego en las antípodas de la libertad nos encontramos al orgullo paleto. Pero no es minoritario, y es mucho menos diver.

Que la ignorancia es atrevida ya lo sabemos, lleva mucho tiempo siéndolo. Y cuando es la inteligencia la que se atreve, le llaman arrogancia porque, no nos engañemos, todavía vivimos y participamos en un mundo donde dominan el pudor, la estrechez y la envidia, un mundo que celebra la mediocridad y la intranscendencia para que nadie sobresalga más que por su dinero, o como objeto sexual.

Por eso no importa ni conviene que los niños sean libres, solo importa renovar la mano de obra como quien repone el stock de planchas para el pelo, y que, ante el progreso de la robótica, no nos expongamos a riesgos innecesarios tales como preguntarnos el porqué de estar aquí, qué es lo que queremos (si no nos lo dijera la publicidad), o hacia dónde va toda esta marcha fúnebre. Pero todo hay que decirlo: las respuestas no suelen ser agradables.

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