Para completar nuestra infancia

Llevo exactamente un mes tomando estradiol además de un inhibidor de testosterona. Me propuse hacerlo durante seis meses y, de momento, os puedo decir que no me supone más molestias vivir en el cuerpo que tengo ahora que en el que tenía hace un mes. Si hay personas trans que me están leyendo, me gustaría preguntaros si creéis que lo estoy exagerando. Desde luego, creo que nadie nota tantos cambios como yo. Cambios sutiles, sí; pero que se dejan ver lo suficiente como para hacerme incapaz de distinguir entre efectos secundarios y primarios.

No soy médico ni farmacéutico, y no tengo respuesta a esta pregunta, que quiero hacer aquí mismo: ¿no será la diferencia entre los efectos secundarios y los primarios una diferencia entre efectos deseados e indeseados? Y, si es así, ¿no serán los prospectos que vienen con los medicamentos mucho menos objetivos y fiables de lo que creemos? Yo me acuerdo del tráfico de anfetaminas durante la época de exámenes en la universidad. Estábamos a finales de los 90, algunos esperaban el fin del mundo o algo por el estilo, y muchos médicos recetaban Dinintel [marca registrada de los laboratorios Roussel] para ayudar a personas que querían perder peso. Aunque aparecía descrito como efecto secundario, el insomnio era el efecto deseado por quienes lo buscaban apasionadamente, con o sin receta médica, entre las clases de [literatura] medieval y las de chino, de donde salíamos, eufóricos, diciendo nijau.

No sé qué relación podrá tener con el estradiol, pero desde hace unos días me ha pasado en dos o tres ocasiones perder involuntariamente unas gotas de orina. Consulté el prospecto. Entre los “efectos adversos poco frecuentes (pueden afectar hasta 1 de cada 100 usuarias)” se encuentra el “edema (retención de líquidos)”. Pero no la incontinencia urinaria. Me temo que algunos de vosotros leéis estas cosas y luego me váis a llamar o me mandaréis un Whatsapp [propiedad de Facebook] y me diréis, por ejemplo: “Francesc Oui [propiedad de Hannah Games], déjalo ya.” O también: “Esos problemas te los has buscado tú.” Efectivamente, si consideramos que las consecuencias de las decisiones que hemos tomado libremente son problemas nuestros, me los he buscado. Pero entonces mirémonos todos al espejo, solo por unos instantes, solo para pensar qué carajos hemos decidido libremente, y por qué nuestra vida está tan llena de cosas que ya no queremos y que quizás nunca han servido para nada. Y ya que estamos, pensemos en aquellas personas que dicen que están a nuestro lado (“cariño, ya sabes donde estoy”, “llámame siempre que quieras”, etc.), siempre a nuestro lado como un abeto de navidad en febrero.

A lo que voy: no pasa nada por perder unas gotitas. Total, normalmente trabajo desde casa y, si se me mojan los calzoncillos, me pongo otros. En cambio, hay objetos caídos en desuso que quizás valdría la pena rescatar. Me refiero al orinal. El orinal es más útil que la mayoría de las aplicaciones que bajamos con el móvil, pero como tiene que ver con algo que no es civilizado, que no se comenta, como si no meáramos todos (y varias veces al día), pues no se habla. Pero ¿por qué os hablo del orinal?

En primer lugar, porque lo vintage me encanta, y el orinal ya se ha ganado el cielo con esa etiqueta.

En segundo lugar, porque como tengo el baño en la planta baja y suelo estar en la planta de arriba, si tengo ganas de hacer pis (y antes que perder gotitas), saco el orinal. Tengo tres, todos de porcelana, monísimos. Y ya. Luego lo vacío, por supuesto. No es ninguna guarrada. Antiguamente, muchas mesillas de noche tenían, en la parte de abajo, un espacio reservado para el orinal, con puerta y todo. Parece que las personas civilizadas deban esconder el pis, excepto cuando hacen cola para entregar sus muestras de orina en el centro de salud. No me digáis que no es un momento entrañable. Hay en los rostros de los “usuarios” una mezcla de inquietud y dignidad ante el acto ritual, en serie, de entregar un poco de su propio pipí. Evidentemente, esto me entretiene y me fascina.

Y para terminar, aprovecho esta reflexión que la pérdida de orina me ha proporcionado para observar cómo tantas y tantas veces aquellas cosas “familiares” y “naturales” que se ocultan, como el hacer pis, vuelven a aparecer, mucho más tarde, como fetiches. Es más: ciertas prácticas sexuales que muchos consideran “bizarras” no son más que un teatro adulto donde se vuelve a representar aquella infancia que no acabó bien, o que no se disfrutó del todo. Así que quizás la atracción que ejerce el riesgo (de tomar anfetaminas, hormonarse o mearse encima) no es más que un recurso que tenemos a nuestro alcance para completar nuestra infancia como quien, inconscientemente, pide una segunda oportunidad: para hacer que, esta vez, todo acabe bien. O, por lo menos, un poco mejor.

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