La razón de mi amor propio es mi amor por mi madre

Hoy podría empezar así: Querido Diario… con mayúscula, para mayor personalización. Si escribo un Diario, por lo menos quiero poder hacerlo mío, añorarlo, quererlo y hasta ser querido por él. Los lectores nunca quieren al que escriben: pueden compadecerse de lo que cuenta, empatizar y simpatizar, hasta pueden inspirarse, tomar ideas, escribirle, preguntar cómo está. Sin embargo, el desfase entre el cuerpo que escribe y aquél otro que la escrita hace imaginar es a veces tan sutil que se nos barre cualquier duda de que uno y otro puedan ser dos cosas distintas.

A mí me pasa con mi madre. Hace unos años, escribí una novela muy corta que fui publicando en mi blog de psicoanálisis. Ahora ese blog es un cementerio de mis reflexiones y utopías por dos razones sencillas: la primera es que perdí la buena costumbre de cobrar por escuchar a la gente; la segunda es que ya no me creo la mitad de lo que escribí. Cuando estoy distraído, me sorprende la gente que no cambia de opinión y que siempre es la misma a lo largo de los años, o los matrimonios que duran cincuenta años y más, como el de mis papás, pero enseguida me concentro de nuevo y veo que no hay nada de qué sorprenderse: basta con no pensar para no cambiar nunca. Esta fórmula les asegura a los gobiernos conservadores y autoritarios más años de vida porque al pueblo simple, recio, temente a dios, le confortan la mano dura del capataz, las virtudes teologales y las promesas de vida eterna.

Así que dejé de cobrar por escuchar a la gente porque la que más me interesaba era la que menos podía pagar y porque luego me fui a vivir a un pueblo donde es difícil explicar que hasta la escucha tiene un precio. Pero, como digo, también dejé ese blog porque mis decepciones le ganaron la batalla a mis creencias. Aprendí a valorar la desilusión porque el que pierde la ilusión es el que deja de ser iluso. Quizás me vuelva también más mezquino, pero a vista de lo que hay, me siento como perla en pocilga, o como oro en estiércol. La razón de mi amor propio es mi amor por mi madre.

Me gusta la frase que acabo de escribir por ese mi, mi, mi. Mi amor, mi amor, mi madre. La corta novela que publiqué en aquél entonces por grupos de versículos, como si de aquella manera yo me sintiera más profético, se llamaba “Amar a una mujer”. Esa mujer era, es, mi madre. Solo pude amar a una, de hecho. Después de amar a la madre y de ser amado como probablemente solo se puede serlo por ella, ¿cómo es posible creer que algún día llegaremos a amar a otra más que a ella, o como ella? ¿Qué fantasía puede causar tanto engaño como para convencernos de que hay otra, u otras, además de aquella primera mujer, la única de la que podemos decir: soy su hijo?

Este motivo me resulta más que suficiente para hacerme homosexual o asexual. Durante años pude tocar, desear a otros hombres, ofrecerles lo que buscaban y pedirles lo que tenían, pero las mujeres, no. Las mujeres no se tocan, pensaba, y aún lo sigo pensando. Yo soy lo opuesto absoluto al violador: aunque una mujer desee poseerme o que yo la posea, yo la dejaré en ayunas, sexualmente hablando. No me da la gana traicionar a mi mujer, la única, mi mamá.

Por eso no os parezca más extraño el hecho de que, al acercarme a la edad que ella tenía cuando me tuvo, desee parecerme un poco más a ella, con sus hormonas y rizos, con sus dolencias y sus canas, con su plancha eléctrica y su base de amianto, sus batas de boatiné y termómetros de mercurio, su dulzura y sus llantos, su inolvidable mirada.

Claro que para ello hay que pagar un precio, y soy muy consciente de que muchos no entenderéis por qué pagarlo. No me importa. Yo dejé el psicoanálisis porque no me pagaban lo justo por ser escuchados, pero antes muerto que traicionar a mi Yocasta.

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