Quizás el cerdo de mis sueños sea un ángel

La imagen de sí mismo es un tesoro. Intento no valorar la mía en exceso, ni demasiado poco. Por eso me complace que me hagan fotos, y verme ben y distinto en ellas. “Bien” significa no repulsivo, y “distinto” quiere decir: que se me vea siempre cambiante.

Algún día el deseo me tendría que decir basta. Y así fue, hace pocos días, cuando empezaron una serie de pequeños acontecimientos sonoros, microdesastres audibles desde el silencio de mi cuerpo. Sí, el cuerpo puede estar callado, no hace falta hablar del alma y otras cosas que nadie ha visto nunca. Tampoco hace falta tener alma para ser buenos, o para tener sentido de la ética, o del infinito. Lo que hace falta es tener consideración por los demás.

Debo haber olvidado, hace tiempo, que uno de esos demás soy yo mismo, así que cuando me miré de reojo en el espejo y vi, atónito, a una amiga a la que siempre he conocido con el pelo rizado, como lo llevo yo ahora, me di cuenta de que, si veo otros en mí gracias a mis propios cambios, es de esperar que llegue a verme totalmente distinto, y que me haga falta, quizás, un retrato como el de Dorian Gray, que me sirva de alerta para mi envejecimiento ineludible y sobre todo para mi decadencia moral.

Ayer por la noche, cual metamorfosis kafkiana, soñé que me despertaba y tenía cara de cerdo. No era el rostro exacto de un cerdo, sino mi rostro intervenido cirúrgicamente para asemejarse al de un suíno. Al despertarme, quise prestarle un sentido mientras molía el café (necesité ruído exterior para encontrar silencio en mis adentros), pero lo único que vi fue la relación con la imagen ilusoria de mi amiga en el espejo (ambas no dejan de ser, respecto de mi imagen, una desfiguración). Enseguida pensé que me castigaba en sueños por creerme muchas veces impuro, ya que a veces como carnes que están prohibidas por nuestra ley.

Eso me llevó, aún, a pensar en el envejecimiento y en las enfermedades como una especie de castigo humano, al margen de toda ley de procedencia divina. Quizás, entonces, cambiar de cuerpo no sea ninguna maldición ni mucho menos un pecado, al contrario de lo que sugieren algunas religiones, como el budismo, que criminaliza la transexualidad de la forma más inconcebible. Quizás cambiar de cuerpo, ya sea hormonándome, haciendo culturismo, retocándome con botox o intentando adelgazar, sea el último reducto de un intento primordial de participar en la creación de sí mismo, desafiando no a dios, sino a una idea estúpida, sumisa e implacable de dios. Quizás el cerdo de mis sueños sea un ángel.

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