De mis obras hablo yo

Llegados a este punto en el que llevo cuarenta días hormonándome, quiero hacer un par de puntualizaciones antes de daros una noticia que, en otras circunstancias, no tendría el mismo sabor. Empecemos por las puntualizaciones.

No quiero hacer que os sintáis tan incómodos. Me demostráis vuestro interés y vuestras preocupaciones. Vuestro interés se merece mi respeto y el tiempo que dedico a seguir escribiendo me anima a esforzarme por no bajar el listón, por hablar no solamente del experimento clínico y social que estoy haciendo sino también de temas que a todos nos preocupan de una forma u otra y a los que, por ese carácter general a la vez que subjetivo, llamamos existenciales. Una duda existencial es eso mismo: una duda compartida por la mayoría o la totalidad de los humanos que se plantea, para cada uno, según la combinatoria única de sus particularidades.

Vuestras preocupaciones, sin embargo, se merecen más que mi respeto y mi tiempo; o quizás se merecen otra cosa que no os puedo dar. No os puedo tranquilizar más que asegurándoos que voy a los médicos, me reviso, hago una dieta estupenda, duermo bien, sonrío más de lo que lloro, no hago deporte pero tampoco tengo coche, con lo que ando muchísimo, me levanto aún no ha salido el sol para ir a coger hierba fresca para las gallinas, y a falta de libido me entretengo con mi casa museo, donde la vida es sencilla y adorable.

Puedo tranquilizaros diciéndoos lo bien que vivo, pero no dejando de hacer lo que hago. Si lo dejo, será por mí mismo, pero no por pena o lástima, o porque me escupan a la cara.

Probablemente yo sea la primera persona conforme al género asignado al nacer que decide pasarse a otro lado, al menos parcialmente, hacia el abandono del género que hasta ahora he tenido. Fijaros que no os hablo de ir hacia “el otro” género: al tratamiento le llaman feminizante porque yo, biológicamente macho, me administro una hormona específica de los cuerpos biológicamente hembra. Al hacerlo, sustituyo una parte de lo que químicamente me hace ser del sexo masculino por algo que es específico del sexo femenino.

Ahora bien, ese cambio químico es algo más que un juego de quita y pon. Yo no he decidido volverme Hannah por un capricho. Es más: ninguna de mis performances ha sido un capricho. Los demás pueden decir misa, pero de mis obras hablo yo. Si un crítico de arte quiere hacer especulación, que lo haga con un valor cuantificable. Mis acciones no están a la venta. El mercado del arte me enseñó que lo verdadero no vale una mierda, ni en el arte, ni en la política, ni siquiera en el amor (y si no, pensad en qué significa seducir).

Como esa verdad no vale una mierda, tengo que hacer dos cosas: por un lado, debo hablar de ella y hacer que se vea el valor que tiene (lo veréis); por otro, tengo que abdicar de una parte del tiempo que les dedico a mis acciones para volcarme en actividades (que no acciones) socialmente reconocibles y valoradas, y económicamente retibuídas. Así pues, además de poner voz a anuncios publicitarios, da clases, escribir para empresas y redes sociales, y traducir poesía, ficción, o manuales de instrucciones, hoy también he sido admitido en una multinacional que me pagará un sueldo justo por un horario más que decente.

La noticia, para los que me conocéis de hace tiempo, es que tras una pausa de… ¿cuatro, cinco…? años, he vuelto a hacerme asalariado. Para mí, sin embargo, la gran novedad es otra bien distinta, y ciertamente no será exenta de polémica: ¿cuán habrá influído la nueva hormona en mi disposición a buscar ese trabajo asalariado? ¿Hasta qué punto mi nivel normal de testosterona (léase: el nivel que es normal para mí) pudo sostener mi resistencia a trabajar por cuenta de otro? Y por aquí me quedo, que antes corto que hombre muerto.

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