Subrayar las frases más importantes

Teoría, teoría, y más teoría. Cuánto me ayudó la teoría a descartar lo que no me valía, ¡y cuánto me liberó el estudio de las cosas accesorias! Cuando tienes que leer muchos libros con una finalidad como es escribir una tesis, aunque no te lo hayan enseñado tendrás que aprender a subrayar. Subrayar las frases más importantes. Decidirás si lo quieres hacer con bolígrafo, para lo que te comprarás un ejemplar, o si prefieres hacer con un lápiz, suavemente, en un libro tuyo o tomado en préstamo de una biblioteca, y borrar los subrayados antes de devolvérselo. Yo me encontraba libros que conservaban los subrayados de otras vidas y otros lectores, y a veces hasta algunos apuntes o improperios.

Hay personas que cuanto más subrayan, más quieren subrayar. No pueden parar. Pero claro, cuando eliges quedarte con casi todo, al final no se te va a quedar nada. Si subrayas poco, sabrás, cuando vuelvas a ese libro, qué es lo que te pareció realmente importante. Si subrayaste demasiado, te lo tendrás que volver a leer. Así que en los libros de estudio como en la comida, un cierto ayuno nunca viene mal. Leerlo todo, sí, pero como quien se despide de las palabras para que solo queden aquellas que verdaderamente seguirán vivas en mí.

Hace unos años, cuando estuve haciendo el doctorado en la Pompeu, me tuve que comer la desidia y la deshonestidad intelectual de varios profesores, algunos de ellos destacados fascistas y antisemitas que me habrían hecho el camino imposible si se hubieran enterado que soy judío. Eran esa clase de gente que sonríe cuando te cuenta la anécdota de Heidegger y Husserl. Edmund Husserl, judío, padre de la fenomenología, tras ser nombrado profesor emérito de la universidad de Friburgo, vio ese reconocimiento denegado, escupido por la institución a la que durante tantos años había servido. ¿Por qué se lo habían hecho? Porque Alemania estaba ya bajo dominio nazi y la persecución fue real. ¿Y quién habría sido el artífice de las leyes raciales que se aplicaron en aquella universidad? Nadie menos que Martin Heidegger, quién había sido su discípulo.

Pues bien, pese a que varios biógrafos han hecho lo posible por relativizarlo, así como quien rebaja el número de víctimas del Holocausto, el hecho de que Heidegger fue, por encima de todo, un filósofo nazi, un sirviente hueco y mistificador del Führer, en la Pompeu estaba prohibido afirmarlo. Hoy día ya no lo sé. Pero durante esos cuatro años, Heidegger fue como un libro en el que yo no podía subrayar lo que quería porque la mano siniestra de un verdugo me observaba, me veía siempre. Era como si en cada uno de los dedos de esa mano imaginaria hubiera un ojo despierto y terrible, ávido de sangre. Por eso yo, becado e hijo de una familia mucho más humilde que las de los fascistas pudientes que aún desangran los presupuestos públicos, yo, judío forzado al exilio de mí mismo e inmigrante por necesidad imperiosa de autoasilo, yo me tuve que dejar subrayar por mis censores como quién es manoseado por un amo. Mi tesis no pudo ser lo que yo hubiera querido, aunque sí pude desarrollar mi teoría de la interpretación a la que llamé hermenéutica negativa.

El nombre de hermenéutica negativa ya nadie lo recordará, pero el subrayado a rojo sangre que me hicieron, el miedo al Index y a la hoguera académica, todo eso quedó y se transformó en una parte de mi cuerpo. Por suerte, con los años he podido ver cómo el infortunio se cierne sobre mis antiguos inquisidores. El otro día coincidí con uno de ellos en un evento en Barcelona. No pudo siquiera mirarme a la cara. Tenía el mismo rostro de impostora, de aristócrata venida a menos, pero ahora, al asustarle mi semblante feliz, con mi expresión ambigua y radiante, ajena a la pantomima de ser hombre o mujer, ahora, al verse distorsionada en el espejo de mi paz de espíritu, pude apreciar y complacerme en la visión de su deterioro. Ese punto ciego y sin consuelo es el de cualquier libro que, tarde o temprano, caerá en el olvido más angosto y yermo, sin nada que haya valido la pena subrayar.

 

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