Una cosa rara

Hoy por primera vez siento que las hormonas me están segregando: no sé si de la realidad, o de ciertas personas, o de quién era hace dos meses, o de quién podría ser ahora si no hubiera empezado esto. Hacer la sustitución hormonal me está obligando a retroceder un paso, como un peatón que cruza la calle sin mirar el semáforo justo antes de que un coche, inesperado, le haga apartarse sin pensar apenas; pero en cámara lenta. Sé que no es una imagen fácil, pero es la única que se me ocurre para describir lo súbito en ralentí, lo instantáneo duradero, el echarle a la leche hirviendo dos cucharas de Nescafé y ver que, mientras se disuelve, que es en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo se detiene como si todo el esfuerzo del mundo para llegar a existir estuviera dentro de aquél instante, contenido en aquella transmutación.

Observo a los demás con miedo a que me estén juzgando. Escucho lo que me dicen con las manos llenas de prejuicios: querrán decir lo que me están diciendo? Empiezo a tener la sensación de que algunos amigos ya no me quieren como antes, que tienen miedo de que yo no lo pare, de que me convierta en una cosa rara, ni hombre ni mujer, algo a medias. Quizás debo aceptar la transfobia de esos amigos, o que ya no son tan amigos como antes, o que por momentos estoy perdiendo uso de razón. En cambio estoy conociendo a gente nueva, gente verdaderamente desconocida, distinta a la que yo había conocido hasta hoy, que me estimula sin hacer nada por ello, gente que me atrae sin seducirme.

Veo la belleza en ellas. Estoy enamorado de alguien y sé que mañana quizás ya no lo estaré. Pero hacía años que no me enamoraba y cuando sientes que los amigos se te caen de las manos como una arena fina y muy seca, cuando crees que todo se mueve a tu alrededor pero eres tú el que no ha parado un solo instante, enamorarte es una cuestión de vida o náusea, es un refugio más cálido que cualquier sesión de cine, es el engaño del quizás, quizás me quiera, quizás no me quiera. Pienso en sus ojos varias veces al día, y su mirada y sus besos me acompañan en momentos como este, de una tristeza y angustia que nadie ve.

Mi pecho es un batiburrillo: noto un corazón asalvajado, sin modales, que me saca un llanto limpio sin pedir permiso. Llevo la mano al pecho, me toco como quién busca un cáncer y en efecto encuentro un bulto, un bulto pequeño que no es más que el prenuncio de un pecho más pronunciado y maternal. Me lo toco con prudencia, enfermero de mí mismo, voy en el metro, nadie se da cuenta pero yo sí: estoy embarazado de alguien que no conozco aún. El miedo me abraza como un chaleco salvavidas, sí, como un chaleco salvavidas porque, como bien sabemos, el miedo es un pájaro enorme que nos separa del abismo, como cuando cruzamos la calle sin mirar el semáforo; o como cuando nos entran ganas de incendiarnos en pasiones adictivas y rompernos en miles de puntos de hollín para que nadie, ni el fuego, nos quite jamás el privilegio de sermos los únicos que podemos descifrarnos.

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