Soy arrancado

No sé cómo poner orden en cosas que me aparecen caóticas y simultáneas. Escribir no da cuenta de la realidad, y sin embargo no puedo dejar de intentarlo. Al hacerlo, sé que lo desordenado encuentra un lugar y que las cosas que van sucediendo, así dispuestas, pueden servirles a otros como modelos experimentales para comprender sus propias experiencias.

Es por eso que os escribo. Hoy, concretamente, os voy a contar algo sobre mi cuerpo y la visita de un deseo inesperado.

Empiezo diciéndoos que me duele el hombro derecho. Me duele demasiado, sin haber hecho ningún esfuerzo. Llevo la maleta cargada a Barcelona, pero tiene ruedas y los trayectos a pie son cortos. Tampoco levanto pesos, así que lo atribuyo al inhibidor de testosterona. La fuerza se me va. Ya no es la misma de hace dos meses. Unas tenazas sin rostro arrancan mis músculos con saña, y yo no puedo verlas pero las siento llevando ese semblante de masculinidad hacia lejos. Como de la muerte de un ser querido, me veo obligado por mí mismo a despedirme de algo que creía mío. Tengo la suerte de poder elegir. Mi camino no es el de una drogadicción. Cada día yo elijo tomarme 2 pastillas de Androcur y 3 de Climen. Eso es: 5 pastillas al día que para algunos de vosotros no serán nada y para otros, una barbaridad. No os asustéis: yo también veo muchas cosas que me parecen una barbaridad pero sé que es cosa mía y de mis prejuicios, y me callo por deferencia al riesgo ajeno.

Cada uno con sus riesgos. Y cada riesgo con sus límites.

Hace unos años, cuando escribía artículos sobre sexualidad, política y otras variétés en un blog sugerentemente llamado “teorificios”, me ocupó durante cierto tiempo el tema BDSM, que voy a abreviar como lo relacionado con el placer sexual de causar o recibir dolor, o de estar en posición de someter o someterse sexualmente, siempre de común acuerdo. La libido, cual bella durmiente, se me ha despertado. Otra vez. No la ha besado ningún príncipe porque los príncipes, naturalmente, no existen. Pero ha sonado la alarma del dolor. El dolor en el hombro, mucho más fuerte que el dolor en la rodilla de hace unos días, y mucho más molesto que los problemas de circulación hace un mes, me debe estar sometiendo no solo, conscientemente, al dolor, sino además, inconscientemente, a ese imperio de los sentidos que son los juegos sexuales de poder.

No os penséis que no me cuesta escribirlo públicamente. Los que me habéis visto hacer performance en directo, o incluso en vídeo, sabéis que no soy especialmente vergonzoso con respecto a mi cuerpo. Pero contrariamente a lo que pueda parecer, en el directo que la performance nos ofrece, a mí y a vosotros, yo me alimento de vuestras miradas y se tercia la alquimia única de la acción. Y todos los que lo hemos vivido sabemos que es mágico y quisiéramos poseerlo. No es así. Es la acción la que nos toma casi por asalto. Y eso es mágico e inexplicable.

Ahora mi hombro es la acción: la acción de ser arrancado y triturado por un sádico que me aleja de mi compostura, de las reglas de la buena educación, de la ley del decoro. Y el deseo, quizás para paliar ese dolor impúdico, me empuja a ver, como en delirio, tras las tenazas que me desgarran la carne, el brazo firme de un amo bellamente letal.

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