Tenemos los cofres llenos

¿Y si cogiéramos un adelanto de placer, como quien pide un adelanto de dinero? Hay placeres que no dependen solo de nosotros, pero hay otros que sí, que solo dependen de nuestro permiso, y sin embargo los aplazamos, no los disfrutamos, como si necesitáramos ahorrar algo. Esto no es cierto ni funciona para aquellos que llevan el carpe diem escrito en la frente, mal interpretado, por supuesto, y viven en un constante desatarse de las obligaciones. Pero para los que llegamos al final del día con la sensación de haber cumplido, o de al menos haberlo intentado, de no haber podido llegar a todo porque el día solo tiene veinticuatro horas, nosotros tenemos el derecho sobrado de disfrutar. Nos lo ganamos cada día y, a diferencia de nuestros clientes o jefes que casi siempre tardan en pagar, el placer no hay que cobrárselo a nadie. Si pensamos en todo lo que nos apetece, en todo lo que nos hizo sentir bien y pasarlo bien, probablemente llegaremos a la misma conclusión: tenemos los cofres llenos.

Me han dicho muchas veces que soy un sufridor. Más que un sufridor, lo que soy es un ahorrador de placeres, igual que mi padre. En su caso, el ahorro de placeres es algo indisociable del ahorro de dinero, base de un sustento familiar elevado a prioridad absoluta. Con los años, las vicisitudes ya no eran las mismas, el ahorro de dinero se convirtió en un deporte de alta competición y los placeres, cada vez menos prioritarios, se convirtieron en el símbolo de vicio y derroche. Con este abono crecí yo. No sé si medré, pero crecí: inestable, flaco, vulnerable. No sin que el placer, que sabe su camino, se me plantara delante, o cayera a mis pies como fruta madura. Afortunadamente, no pude rehuir muchas de sus invitaciones y, con el paso de los años, me fui volviendo más disponible para él.

A veces, incluso, fui yo el que cayó a sus pies, lo busqué, le supliqué hasta humillarme, arrastrado por la promesa de goce, esa que nunca falla.

Hace una semana, al salir de la oficina a medianoche, me dirigí a la estación de metro. Al ser domingo, ya no pude hacer el trasbordo en Verdaguer así que salí hacia la Diagonal y me fui caminando bajo una lluvia fina que me mantenía despierto, incluso excitado con la idea de que algo, totalmente aleatorio, pudiera suceder. En realidad, pienso que ya no tengo edad para creer en ángeles y demonios, pero el permiso para hacer películas en mi cabeza, ése me lo sigo dando. Es un permiso totalmente neurótico, aparentado con el pensamiento mágico. Los charlatanes modernos como Deepak Chopra, el del poder del ahora y toda esa mandanga no nos quieren hacer felices; solo quieren vender sus libros y sus cursos. Por eso no dicen verdades ni cuentan secretos: tan solo crean efectos de creencia, es decir, nos dicen cosas en que nos apetece creer. Como el McDonald’s, que nos hace creer que aquello es comida, que de vez en cuando nos apetece y que hasta puede ser transgresor ir allí de incógnito a impregnarse del perfume inconfundible de la grasa transgénica refrita, de ese característico Chanel de vaca que se nos da literalmente en bandeja.

No sé por qué os estoy hablando de comida rápida, o quizás sí, ahora que lo escribo. El caso es que, al venir yo por la Diagonal bajo la llovizna, pasé por delante del New Chaps. Para los heterosexuales que lo conocen es un local de ambiente, para los homófobos un bar de maricones, y para las maricas un antro o, si queréis, un McDonald’s del sexo (sin Happy Meal) con todas las connotaciones positivas que podáis advertir. No entré. Creo que no tuve tiempo de decidir si quería entrar porque estaba cansado y quería llegar a casa. La perspectiva de tomarme Red Bull para mantenerme despierto no me seducía y la de drogarme, menos aún. Conozco bien los efectos de ciertos impulsos para poder neutralizarlos a tiempo, así que mi planteamiento ahora es otro: crear las condiciones para no tener que evitarlos.

Es una cuestión de vida o muerte: sin deseo, soy un hombre muerto. Y haber sustituído mis hormonas habituales por otras, lejos de modificar mi deseo para hacerme querer ser mujer, ha reforzado mi creencia de que soy un hombre y que hay muchas masculinidades por explorar: en casa, en el pueblo, en el trabajo, por la calle, y por supuesto en los antros. El próximo día que pase delante de uno, puede que la historia sea otra. Y os la contaré.

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