¿Qué haré con estos pechos?

Al releer mi último texto, que había escrito sobre papel, decidí no publicarlo por miedo a ofender personas que se consideran mis amigas, aunque ciertamente no lo sean, o al menos no como yo desearía. Tiendo a esperar más de quienes ya no dan más de sí, por umbliguismo o ignorancia, y no deja de sorprenderme la generosidad de personas de las que, en principio, no esperaba tanto. Lo cierto es que la precariedad de ciertas relaciones me llevó a autocensurarme, algo inédito en mí. Por otro lado, haberlo hecho me ha permitido calibrar la percepción que tengo de ellas y, sin decírselo, me iré alejando, no de un día para otro, sino gradualmente, como si nuestra relación fuera un cartel impreso con tinta de mala calidad que, tras un invierno expuesto a la intemperie, se vuelve totalmente ilegible.

Me acabo de tomar un bol de leche de avena con plátano cortado a rodajas. Dicen que el plátano da felicidad. ¿Quizás sea el potasio? Y dicen, también, que la avena es buena para la piel. Yo, ahora mismo, la llevo espectacular. Nunca me la había visto tan fina y delicada, casi seca. Esta es sin duda la parte que más agradezco de la sustitución hormonal: la mejora de la piel y del pelo. Me encanta tocármelo y no me corto de hacerlo donde me plazca. Me da igual que esté en la cola de Correos, en el metro, o parado ante una vitrina. Mi pelo se ve más suelto y maravilloso que nunca y yo me lo toco todas las veces que me sale del moño.

Pero no todo son plátanos y piel fantástica. Hay cosas que no me seducen en mi nuevo cuerpo, y digo mi nuevo cuerpo para que quede claro que, aunque no veáis mucho cambio los que me habéis visto últimamente, ya no tengo el cuerpo que conocísteis. ¿Qué esperábais, que quitándole la testosterona el cuerpo siguiera igual que antes, y yo fuera el mismo Francesc? Os digo que Francesc sigue existiendo, pero está regido por Hannah, como un sujeto por un planeta en una carta astral; o mejor sería decir “castral”, porque la castración química es un pilar fundamental de Hannah Games.

Con esperma y deseo sexual, todo sería distinto. La libido se insinúa, pero lo hace por otro derrotero no menos fascinante. Esto habrá tiempo de explicarlo en otra ocasión.

Os decía que me he tomado leche con plátano y, mientras sujetaba el bol en mis manos a la altura del estómago, con la lumbar medio apoyada en la encimera, me he vuelto a fijar en cómo mis pechos despuntan. Difícilmente son unos pectorales masculinos. La forma convexa de los mamilos, los bultos dolorosos que asoman por debajo, la blancura del pecho, la ausencia casi total de vello, y hasta mi incipiente barriga, tan antagónica a la dictadura de los abdominales, todo eso me devuelve una imagen nueva, distinta de la que tenía de mí mismo, incluso teniendo en cuenta el hecho inevitable de que envejezco, como si este cuerpo volviera a la fase del espejo y, nuevamente inexplorado, se me presentara con el magnetismo de un desconocido.

El hecho de que la semana pasada haya decidido ponerme una camisa de seda roja para irme a trabajar, una prenda amorosísima que me regaló Isabel, y que era de Genís [Cano], y las miradas que me gané con llevarla, ya que además de su impagable estampado me favorecía la línea del pecho, eso me hizo prescindir de una parte del miedo a tener pecho.

Al no ser un efecto reversible, se está convirtiendo en el proceso central de mi performance, junto a los cambios psíquicos, y en uno de los principales motivos de preocupación, junto a los altibajos emocionales. Pero el narcisismo de sentirme observado sin correr ningún peligro, ya que tengo la fortuna de estar rodeado de profesionales, y el orgullo de ser parte de una empresa donde mi cuerpo puede tomar formas no convencionales porque esa libertad solo puede afectar positivamente a mi productividad, ese narcisismo, digo, me ayuda a sostener el miedo que de nuevo me acosa.

¿Qué haré con estos pechos, si no tengo hijos ni los voy a tener? La respuesta es evidente: crear más, producir más. Larga vida, pues, al capitalismo hecho carne. Gloria al capital encarnado y paz a los que lo tienen!

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