La tentación de ser feliz

Hasta ahora, lo que estoy haciendo no me había causado ningún dilema ético. Hasta ahora. Con el subidón (que no sobredosis) de progesterona, me estoy empezando a plantear cuestiones muy problemáticas para mí. En esas magníficas pastillas de color salmón, que conviven con otras de color blanco en un blister verde factura de una elegancia casi decadente, creí encontrar el elixir de la felicidad: un elixir sólido porque son pastillas, y natural porque los cuerpos que menstrúan la producen naturalmente. Aquí empiezan los problemas. Mi cuerpo no menstrúa y probablemente no lo hará jamás.

Esta idea del elixir de la felicidad se me aguantó durante unos tres días de colocón, pero ahora ya no funciona, y quiero explicar por qué. El día 21 de noviembre, al cumplir dos meses de “tratamiento hormonal”, decidí dejar de mezclar, en la misma toma, estrógenos (las pastillas blancas) con progesterona (las de color salmón), aunque esa fuera la prescripción inicial. Empecé a tomar solo estrógenos durante los primeros diez días, y curiosamente lo único que sentí fue la necesidad de volver a ajustar la dosis de Androcur, el inhibidor de testosterona, el que me hizo llorar durante tres horas al cabo de un mes y medio tomándome dos pastillas al día. No es moco de pavo: dos pastillas de Androcur suelen ser suficientes para aniquilar las pulsiones de un violador. A mí, que soy el tipo que hasta para mear en el baño de casa de mis padres pide permiso, os podéis imaginar qué hizo conmigo esa dosis de Androcur.

Sin embargo, ahora que me tomo una sola pastilla diaria, tengo que decir que no me castra químicamente tanto como yo quisiera. La razón es muy sencilla: ¿para qué desear si los únicos objetos de mi deseo están siempre indisponibles o son siempre incompatibles? Así que me planteo ajustar la toma a una pastilla y media, incluso ahora que llevo tres días tomando solo progesterona y nada de estrógenos. Me explico: yo esperaba, sinceramente, sentir algo así como el tipo de deseo que puede sentir una mujer, sobre todo en esos días anteriores a la regla. Pero creo que lo que me pasa tiene muy poco que ver con eso.

A ver si nos aclaramos. Esto de ir a tope de progesterona es, según me dice una amiga, como el subidón pre-menstrual (para quienes lo tengan). Yo no soy un experto en la materia pero, desde luego, no he parado de pensar, hasta hoy al mediodía, en cómo conseguir una receta de solo progesterona para vivir permanentemente en ese estado pre-menstrual que, en mi caso, ni conlleva la perspectiva de una menstruación real, ni la contingencia de depender de un cuerpo que ordena que ese ciclo tenga lugar según unas leyes que proporcionan, en los cuerpos menstruados, sus ciclos fértiles.

Soy un privilegiado por haber podido acceder a una substitución hormonal que, en muchos países, no solamente me sería vetada sino que quizás me costaría la vida. Soy privilegiado, también, por haber encontrado unos interlocutores que me facilitan el tratamiento en igualdad de circunstancias con quienes quieren transitar de forma más definitiva hacia su género sentido. Otras personas quieren hacerlo por motivaciones de salud y bienestar. En cualquier caso, sus motivacions son distintas a las mías, puramente artísticas y científicas, eso sí, en el sentido más radical que pueden tener el arte y la ciencia: el de conocerse uno mismo y darse a conocer en total transparencia, como un acto de fe y cuestionamiento a la vez.

Así pues, si ya soy tan privilegiado ¿qué carajos hago yo ingeniándomelas para manipular el proceso más todavía, para quedarme voluntariamente rehén de un limbo placentero o, quizás, atrapado en la pesadilla de un placer inaguantable? La sola idea de un placer sin interrupción ya me causa ansiedad, quizás porque he experimentado placeres tan duraderos en el tiempo que, en algún momento, se empezaban a convertir en malestar físico e incluso moral. Sin ir más lejos: orgasmos que han durado un par de minutos, minutos que se me hicieron un auténtico infierno de placer incombustible.

Por suerte, hay mecanismos que se autoregulan para mantener un cierto equilibrio del cuerpo. A eso se llama homeostasis. Y la homeostasis se fue al carajo ayer a mediodía cuando una extraña congoja llamó a mi puerta interior para salir. Recuerdo esa congoja hecha de náusea y melancolía: de ninguna de estas compañeras se puede decir que sean la alegría de la huerta. Claramente, la alegría la tenía que poner yo, ¿pero cómo? Aumentando la dosis de progesterona? Pero si ya me tomo tres al día! ¿Quizás bajando la dosis? Pero para qué, para que luego me la tenga que ajustar otra vez, y mi ciclo mental, otra vez, ya no se parezca, para nada, al ciclo menstrual de un cuerpo que ovula?

No, me parece que la mejor solución va a ser un poco más complicada. De momento, he recordado que el efecto benéfico o agradable de una droga no es acumulable de forma ininterrumpida. Por eso no me puedo seguir tomando progesterona cada día, tres pastillas rosadas, como si las blancas no existieran, y como si la felicidad transitoria de la-hormona-de-antes-de-la-regla fuera más bien perenne.

Pero no hay mal que no se acabe ni bien que siempre dure, y en este caso la congoja vino anunciarme el fin de ciertas expectativas, la urgencia de apaciguarme y volver a atender lo que es mi deseo. No puedo seguir siempre en estado pre-menstrual porque tarde o temprano la angustia aparece para hacerle hueco a las sombras y a los fantasmas de los que también estamos hechos. La vida no es una barra libre de fármacos que nos quitan el dolor y apagan nuestras sombras; no es la happy hour del elixir de la felicidad servido en chupitos de promoción dos por uno. Pero ya sabemos (¿o no?) que la felicidad solo dura lo suficiente para que uno se quede atrapado en promesas de más felicidad.

He aprendido que tengo una alma triste en la que suena a veces una música de fondo que me recuerda quien soy, algún que otro fado, una pieza de folk yiddish… y que ninguna felicidad puede alegrar esa tristeza, aunque las canciones de los ghettos donde tuve la suerte de no vivir me dan una fuerza indomable para soportar el desencanto y la soledad en estos días de Janucá. Hoy más que antes mi alma, mi neshamá se refugia allí, en las memorias de mis queridos, y en la tentación de ser feliz.

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