El rollito medieval

¿Decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad, o mezclar un poco de ficción para hacerlo aún más verosímil? Me temo que a muchos cronistas, biógrafos e incluso periodistas les asalta esta misma duda. Constantemente. A los escritores de ficción, no; porque el planteamiento de una novela suele ser la construcción de un relato que busca precisamente superar lo que hay, o de contar historias que no coinciden con la vida de quien las escribe, aunque la imiten o se le parezcan.

Este preámbulo tiene su razón de ser: a menudo pido permiso antes de soltar una verdad. Y como últimamente mis verdades les hacen daño a algunas personas a las que quiero, sigo en mi línea de pedir permiso, perdón, y todo ese legado educativo que a mí me ha limitado en exceso, hasta el punto de destrozar mi capacidad de ser una persona normal en lo que al placer se refiere, alguien que disfruta de pequeños placeres y no le da vueltas y vueltas a cada asunto. Yo no. Yo erre que erre. Y cada día más infeliz, porque si el dinero no trae felicidad, el pensamiento te hace un miserable, sin más. O, mejor dicho, te hace ver lo miserable que eres. Por supuesto, te queda el consuelo mezquino de ser más inteligente que la mayoría y de ver miserias que los demás apenas pueden vislumbrar. Pero ¿qué haces con tu inteligencia? ¿Soportar a la gentuza que te viene a hablar de inteligencia emocional como aquellas modelos de metro sesenta que hablan de belleza interior porque literalmente no dan la talla?

No se trata de ser cruel con las bajitas o con los gordos porque, seguramente, en Suecia o en Nigeria también me sentiré bajito, y además me siento gordo casi cada día por muy insistentes que seáis los que me decís que soy delgado, y no, no soy anoréxico, es que me reservo el derecho a desear tener la apariencia que me dé la gana, como para encima tener que escuchar la cartilla de la autoestima, que para el bien de todos deberíamos quemar en una gran pira, ahora que empieza a hacer rasca.

En realidad, este diario tiene más de crónica que de autobiografía, más de antropología promiscua que de historia clínica. Es cierto que, cuando lo escribo, necesito relacionar el presente con su historia, a veces un poco remota, y encontrar en los antecedentes una explicación para lo que me duele (sí, porque al placer no le buscamos tantas razones, ¿a que no?). Así que no hay nada como decir las cosas a la cara, en este caso mediadas, como no, por una pantalla.

Repito, reitero y exagero lo que escribí ayer: ojalá yo me pudiera castrar químicamente del todo. Ojalá! Porque de verdad, la lógica del deseo es verdaderamente infernal. Nunca estás satisfecho y eso te hace perder el tiempo de una forma pasmosa. Los curas y toda esa casta de carceleros del espíritu lo han intuído siempre, aunque muchos se hayan desabrochado los pantalones ante el monaguillo más dócil, y no precisamente para que les cantaran el salmo. Los imams son más de lo mismo, aunque mucha gente le tenga más temor al islam que a Dios mismo. Al islam no hay que temerlo, sino cuestionarlo, como a cualquier religión. Me importa tres pitos la corrección política cuando todos estamos pensando lo mismo: que esas mujeres tapadas, al igual que las monjas, no gustan. No gustan ni un poquito. Con la boca grande hablamos de integración y somos todas multiculti pero a la hora de la verdad se va y se vota a la ultraderecha, que tampoco tiene la llave de paso para contener el rollito medieval que el país va cogiendo a ritmo de mafias y pateras.

Todo esto os lo digo no como un aparte respecto a mi performance de substitución hormonal, sino justamente porque el campo de posibilidades que pretendo abrir, hay quienes lo están intentando cerrar a cualquier precio. Y no hablo solamente de la posibilidad de construir libremente nuestro género, nuestro estilo, nuestras vidas singulares; hablo de mi singularidad y la de cada uno de vosotros, porque ser singular no es un tic ni una excentricidad; es, simple y llanamente, la condición vital de que no nos engullan.

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