Un poco de luz

No sé si algún día voy a publicar este diario, no porque no quiera hacerlo, sino porque el libro, al igual que el cine y el deporte, han dejado de ser objetos, prácticas o actividades de crecimiento espiritual para convertirse en respuestas a una demanda de evasión. Por eso sus formas y soportes han cambiado: tenemos el libro electrónico, que no huele ni envejece ni se permuta; la oferta de series y películas por internet, donde nos perdemos como niños que reciben demasiados regalos a la vez; los partidos de fútbol en canales codificados, o videojuegos donde el único deporte que queda es controlar una consola.

Si no hablo de artes plásticas y escénicas es porque estas se han visto, quizás, aún más desplazadas o adulteradas. La performance, el lenguaje que más he trabajado, junto a la escritura, nunca terminó de arrancar en España. La mejor prueba de ello, en mi caso, es la dificultad que tengo en explicar que una performance no es una representación sino una manera de hacer presente. Esto les parece demasiado abstracto a mucha gente que conozco, y esto es muy mala señal porque significa que la idea de hacer presente, y la presencia misma, se han convertido en algo lejano y difícil de comprender, cuando en realidad la presencia es lo que menos intermediarios tiene, y menos juicios, y menos interpretaciones. La presencia es el dominio de la inmediatez, de la intuición que se concreta, de una sensación de entereza, de ser real. Es esto lo que se está perdiendo.

Incluso iré más lejos y diré que no solo la presencia se está perdiendo sino que se nos está haciendo ausente. Vivimos en ausencia, conectados por cables sin cable, por ondas que no podemos tocar, señales que nos ven pero que nosotros no vemos; nos conectamos y hablamos mediante aplicaciones, pero ¿cuántos nos miramos a los ojos en el metro, por la calle? ¿Qué consecuencias está teniendo esto para el deseo, para nuestra forma de querernos, o incluso para la posibilidad de ser justos?

Es por eso que no me canso de volver a temas que me parecen importantes e íntimamente relacionados con Hannah Games, ese devenir corporativo de un artista que cedió los derechos sobre su creatividad a un ente fantasmagórico que insinúa el abismo hacia donde vamos.

No soy religioso y no me considero un apasionado de la Cábala, pero estos días me he fijado que el nombre Hannah está contenido en la palabra Hanukkah (que en catsellano escribimos Janucá) y, al haber sido mucho más consciente este año de mi desapego en cuanto al aspecto religioso del judaísmo, he tenido una consciencia proporcionalmente mayor a algunos de sus aspectos simbólicos, y a mi derecho a apropiarme de la tradición desde el lugar donde me encuentro.

Así, el primer día de Janucá, que este año coincidió con el 2 de diciembre en el calendario común, presenté mi primer sencillo “Love & Something Else” bajo mi nombre hebreo, Sion. Esto, probablemente, no tiene gran importancia para el mundo que me es exterior, ya que he tenido varios nombres y marcas, y hace años que sostengo la diversidad de mi obra, de los lenguajes que utilizo y los distintos períodos en una variedad de nombres que a veces puede confundir y dispersar. No me importa; lo que sí importa es haber dado a conocer mi nombre a través de un tema musical en el que, mejor o peor, he cantado. Con Ester Xargay he aprendido que no hace falta saber cantar para hacerlo. La técnica vocal, que poseo para mi actividad profesional como locutor, no es suficiente para cantar, pero quizás cantar sea otra cosa, y aquí quiero decir cuánto le agradezco a Pere Sais el haberme tocado la espalda con un dedo en una sesión de su Laboratorio de cuerpo, voz y acción en la que yo preparaba el canto de “Ejad ani yodea”.

Podría explicaros mucho más acerca de esta Janucá pero, en definitiva, el mensaje que quisiera transmitiros es que, durante estos días festivos (que para los judíos terminan hoy), sin mi candelabro, sin mi bella y austera janukiá, he tenido que encender mis velas interiores. Si os digo la verdad, creo que han sido los días de fiesta más luminosos del año. Y, más allá de creencias y deseos, que en cada uno son distintos, espero haberos transmitido un poco de esa luz que prendí. Os aseguro que iluminó unos rincones que ni sabía que existieran.

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