Los últimos días de Karl Marx

Os voy a proponer un juego. Pensad en las figuras que admiráis: escritores, políticos, filósofas, cantantes, activistas… No vale mamá ni papá ni vuestros hijos o amigos; solo figuras públicas, vivas o no, que no hayáis conocido personalmente. Ahora pensad en sus vidas. Si sabéis poco de sus vidas, ya la cosa flojea. ¿Admiráis a gente cuya vida desconocéis? ¿Os basáis solo en su obra, en lo que dijeron públicamente o dejaron escrito, en ese personaje que les valió un Oscar, en aquél discurso que os quedó grabado? Venga, si es el caso, tirad de Wikipedia por lo menos. Por lo menos! Lo mejor sería leer una biografía. O dos. Buscar testimonios de otras personas.

Bien. Cuando hayáis recabado alguna información sobre sus vidas, sobre cómo vivieron y sobre todo cómo murieron, en qué condiciones produjeron sus obras, o qué eventos y circunstancias personales les llevaron a decir o escribir esto o aquello, cuando lo hayáis hecho, preguntaros si os habría gustado tenerlos de amigos. Si habríais podido soportar su presencia asidua, su compañía, sus altibajos, sus inspiraciones súbitas, sus encierros o sus fugas.

Por supuesto quiero deciros algo con respecto a mí. A veces considero que tengo bastantes amigos para lo raro que soy (dejémoslo en raro). Otras veces, para lo hiperactivo, desbordante y creativo que soy, me parece que son pocos los que tengo, porque no hay a mi alrededor gente suficiente con la que compartir todo lo que hago, y esta es una de mis fuentes de ansiedad como artista. Solo paro de pensar, escribir, tener ideas, crear, cuando hay que dormir, trabajar, comer (cocinar para mi también es crear), o cuando siento que debo reanudar los lazos sociales. Aún así, antes de dormir me cuesta dejar de tener ideas. Cómo voy a poder compartir mi cama con alguien, cómo podré tener pareja si mi mundo mental es una cornucopia infernal, una caja de Pandora de la que salen, uno tras otro, pulpos y banderas, poemas y acciones, canciones y dibujos…?

Es difícil convivir con la excepcionalidad, pero es importante intentarlo. Y no os lo digo por mí, sino porque recordando a mi gran amigo Gonçalo, quién se lanzó al vacío desde la ventana de su casa, pienso en Sylvia Plath, pienso en Alejandra Pizarnik, pienso en Virgina Wolf, pienso en Karl Marx, sobre todo al final de sus días, pienso en Sigmund Freud. No todas ellas se quitaron la vida; no de forma explícita. Pero todas, todos, se unieron a la muerte, probablemente (seguramente, diría yo), desde un desapego a la vida, no ese desapego blandurrio del que hablan los maestros espirituales de todo a cien, sino de un desapego desde la náusea, del ya no puedo más, del déjame morir que me quiero vivir.

Tranquilos, no estoy pensando dejar la vida. Solo estoy midiendo su espesor, dándome cuenta de que el adiós de Gonçalo, trece? catorce? años después, sigue resonando en mí como un ángel en una caída infinita, danzante, como una pluma que me hace preguntas en forma de cosquillas: cuándo serás más ligero, Francesc? Cuándo te echarás novio, Hannah? Cuándo vendrás a verme? No puedo venir a verte, querido Gonçalo. Espérame un poco más, por favor. No ves que me queda aún tanto por amar?

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