El tiempo femenino

Mi amiga Isabel Chavarría ha excusado su ausencia: está malita. Aún así, hemos hablado de su hombre preferido, que es también uno de mis hombres preferidos entre aquellos que no llegué a conocer. Un día traduciré más poemas de Genís Cano. Luego mi querido Alex Pallí, que estaba por Barcelona, se ha apuntado al carro y nos hemos ido juntos a La Inexplicable, la librería que ha acogido la presentación del libro. Luego han llegado dos amigos que quizás prefieran mantener el anonimato, y Laura Calçada, que nunca prefiere el anonimato, y a la que queremos también por eso mismo.

Entonces, me he encontrado a Sebastià Portell hablando con Anun Gim, y nos hemos presentado de la forma en la que me siento más cómodo, que es poniéndole rostro a alguien que de algún modo anticipábamos. En este caso, habíamos hablado en diferido, siempre con la mayor cordialidad. El único motivo por el que no me ha sorprendido su brillantez ha sido la recomendación que me habían hecho llegar, tanto Maria Muntaner como mis amigos Àlex Tarradellas y Rita Custódio. Todos me habían hablado maravillas de este excelente lector y divulgador de la cultura, amante de las letras y, como tal, un observador crítico del protocolo. Tanto es así que la presentación se ha convertido fácilmente en un evento acogedor hacia el texto del que se trataba, los Cuentos ejemplares de Sophia de Mello Breyner traducidos por mí al catalán.

Solo al final, como conviene, ha aflorado, en tono jocoso e informal, la presencia sutilísima de Hannah, orgullosa de sus pechos tímidos y sorprendida por su piel, cada día más fina y extraña.

Todavía me cuesta hablar de Hannah de una forma que no sea indirecta, en tercera persona, porque sigo siendo Francesc, e intuyo que mi oración final será un nombre distinto. Ahogado el nombre del padre, los demás se disuelven. ¿Habrá nombre propio que resista a la disolución del nombre del padre? En cualquier caso, ¿lo habré disuelto, verdaderamente?

Me tengo que remontar al día de ayer para entender mejor el exceso de discreción que he visto hoy en Hannah. Quedé en la Plaza del Pilar, en Zaragoza, con el equipo que me está documentando, y me grabaron en El Ciclón, el bar que está al lado de la Plaza, pasado el arco al principio de la Calle Alfonso. Me di cuenta, otra vez (porque me olvido), de cuánto me hace falta ser preguntado para, al responder, reconstruir el sentido con palabras que se ajustan a ese momento, que entonces es presente. Hoy ya no estoy siendo preguntado, ese momento ya pasó, quedó registrado pero ya no es presente.

Sin embargo, Sebastià ha reanudado esta tarde el acto de preguntarme, proporcionándome el espacio virtuoso y privilegiado, casi fálico, de la respuesta porque, no lo olvidemos, al que se pregunta, al que se llama por teléfono, al que se inquiere o se quiere, es al que le damos el cetro efímero de la palabra, ese breve falo simbólico que le confiere, al que lo tiene, la oportunidad, más que el poder, de convocar o seducir.

Hannah puede seducir pero quizás no quiere hacerlo porque no cree en la posibilidad de complacer. Ella no es una mujer trans; ella es el tiempo femenino de Francesc Oui, de cuyo cuerpo se apropió para ensayar, una y otra vez, una menstruación imposible.

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