Amor

Es la una de la noche y prefiero estar sosegado, escribiendo mi diario, antes que en una discoteca, buscando lo que no está allí. Acabo de volver del trabajo, donde los estímulos son casi permanentes: a las fotos, áudios y vídeos que son mi material de trabajo, hay que añadir la atracción difusa que se instala al convertirnos, unos para otros, en el punto de fuga donde descansar la mirada. Es como si, tras alejar esa mirada de la pantalla, aunque por breves instantes, el cuerpo humano se volviera más atractivo por el mero hecho de ser real, de estar ahí, de ser una presencia, un volumen tangible.

Para explicar esta lógica, tras la que se protege un misterio necesario a nuestro existir, hay que intentar hablar de este misterio. Es cierto que leí cientos de libros y artículos antes de poder escribir mi tesis doctoral, muchos de ellos sobre la mística, que es aquello de que, paradójicamente, no se puede hablar; pero de esa paradoja aprendí que sí se puede decir algo como el que conoce el mar sin haber entrado profundamente en él. Yo nací junto a la playa. Soy del Atlántico. Y aún no soportando las playas llenas de gente y de colillas, de todo tipo de chillidos y olores desagradables, la playa es, en su soledad, el lugar primordial donde me encuentro a mí mismo.

Es probable que el aprecio por la playa vacía de estridencias, habitada solamente por la humedad de la marisma y rasgada por el vuelo de las gaviotas, haya sido decisivo en mi formación espiritual, hasta desembocar en cierto desdén por las marabuntas; pero eso que en nuestra tradición mística se dio en llamar contemptus mundi no ha hecho de mí un misántropo sino un amante de las relaciones singulares. Habrá pocas cosas peores que rellenar una relación como si lo que hubiera entre nosotros fuera una plantilla que debiéramos cumplimentar con toda una serie de lugares comunes, hechos todos de ansiedad y expectativas.

Hannah se ha dejado impregnar por el escepticismo y la crítica frente a esas expectativas, y se me ha adelantado: así es cómo ella me recuerda, cada día, que ahora, más que antes, tengo la opción de rechazar el infierno de lo social o, mejor dicho, tengo la posibilidad de volver a ocupar lo social fuera de lo que se espera que yo sea. Entonces, esos espacios comunes, llenos de gente desafecta y comunicaciones inconclusas, dejan de ser una ocasión temible donde perderme y se convierten en un sorteo de respuestas desordenadas donde, quizás, alguna de mis preguntas encuentre satisfacción.

Pero los afectos no caben en ninguna plantilla. Mi cuerpo está atravesado por la letra y sé que, pese a los cambios de nombre, tras los cuales solo busco una reconciliación definitiva con la vida que es mía, el cuerpo seguirá sujetando el peso y el paso del destino. Sé, además, que ese destino no es la fatalidad que con que azuzaron mis miedos, sino el resto de la división del universo por la libertad. Lo diré de otra manera: de todo lo posible, solo puedo querer una parte, y de lo que puedo querer, solo una parte llegará a ser. Y para llegar a ser, hay que ser libre; y, para ser libre, hay que cuidar, a diario, la libertad de ser.

Por eso estoy aquí, escribiéndome: para que, lejos del barullo de lo que esperáis y de lo poco que os puedo corresponder, me podáis intuir en la transparencia oculta de las letras. Ojalá. Si tenéis a alguien que gratuitamente os cuida, aunque no os entienda, recordad: eso podría ser el amor.

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