El cielo de la castración

Hoy ha sido el tercero de mis peores días desde que empecé a substituir la testosterona. Durante los dos primeros meses estuve combinando cada día una o dos pastillas de estrógeno con una o dos de progesterona. A partir del tercer mes, en el que me encuentro, empecé a intentar recrear el ciclo menstrual a nivel hormonal.

Tengo días buenos, días neutros, y días malos, y he tenido tres días pésimos. El primero, estuve llorando tres horas sin parar, probablemente por la dosis de inhibidor de la hormona masculina. El segundo fue hace un par de semanas; anduve caminando sin rumbo y sin poder parar de llorar. Hablar así de estos llantos los unifica en cierta medida, como si las lágrimas fueran todas iguales. No lo son, pero sé que mi sufrimiento no os atañe, y así trato de abreviarlo.

Ese día, lloré por el bajón que sobrevino a mi primer subidón premenstrual (léase: progesterona). Tras varios días de tregua (léase: estrógenos), hoy he vuelto a tomar solo progesterona. He pensado que tendría un día feliz porque, la vez anterior, los primeros días fueron de intensa alegría, expansión, risas casi histéricas. Pero esta vez no. Al haberme dado cuenta de que la libido seguía muy presente, y que mis testículos retenían una cantidad ínfima pero ineludible de semen, decidí retomar la dosis inicial de Androcur, así que hoy ha sido el primer día en que, reproduciendo químicamente el ciclo menstrual a través de la toma por separado de las hormonas femeninas, he combinado una dosis relativamente alta de inhibidor (100mg) con una dosis alta de progesterona (no me preguntéis en miligramos: han sido tres pastillas).

No creo que el problema haya sido la combinación de estas cinco pastillas sino a que retomé el tratamiento con dos pastillas diarias de Androcur. En teoría, este medicamento se opone a la testosterona pero, en la práctica, también me oprime los hombros como si quisiera derrumbarme y me hace perder el tono muscular como si alguien me arrancara, a trozos, a mí mismo. Sin embargo, también me devuelve el cielo de la castración. De hecho, ayer, por tercera o cuarta vez desde que empecé, me masturbé para ver qué tal lo va haciendo el Androcur, y ya os digo que bien, lo está haciendo muy bien: ni una gota de semen, ni un atisbo de humedad, y una dificultad extrema para excitarme. Llevar la sangre al pene, algo que en los cuerpos sexualmente potentes ocurre de manera inconsciente ya que uno se excita y el miembro responde de forma casi automática, se ha convertido otra vez, para mí, en una maniobra obligatoriamente consciente y mecánicamente compleja (a menos que la despierte el amor, que es otra química).

Parece que os esté hablando como si pretendiera ser médico, pero no. Mientras escribo, intento tranquilizarme porque no es agradable regresar a casa y que las lágrimas se te caigan en la americana como gotas de lluvia gordas y sonoras. Pero no llueve. Eres solo tú. Eres tú solo y tu soledad. Me pregunto si escribiré este texto o si es mejor seguir divagando y diciendo cosas con las que os podáis identificar. Finalmente, he decidido escribirlo porque no tenéis por qué sentir todo lo que yo siento, ni siquiera una pequeña parte. Al fin y al cabo, me metí en esto para ver si no solamente la substitución hormonal sino también, y sobre todo, la transición de género pueden alojarse bajo discursos más plásticos, liberadores e isentos de coherencia.

Mi sufrimiento de ahora será, más tarde, liberación para otros. Y no me llaméis profeta ni mesías porque os saltaré a la yugular. No me hagáis hablar otra vez de la función mesiánica, que para mí, insisto, es una función lingüística que cualquiera de nosotros puede ocupar si está verdaderamente en disposición de ser investido por ella.

Tal como no creo en un feminismo que me excluye por ser hombre, tampoco creo en una transición de género que no cuestiona al género. Es evidente que se puede querer ser esto o aquello, pero hasta ese deseo es problemático para los roles establecidos, ya que quedan en entredicho por el proceso mismo de transitar. Si hablamos de tránsito, hablamos de continuo. Por eso, aunque no estoy haciendo un tránsito de género en el sentido de ir de un género al otro, sí que estoy viviendo en la carne las consecuencias de haberme situado en el espacio libre de género donde las continuidades andan sueltas y ya no sé qué es ser hombre aunque me siento más hombre que antes, vete a saber por qué.

Me he puesto un Orfidal debajo de la lengua y me parece que ya está haciendo efecto.

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