El día de los imposibles

Suenan las sirenas. Llueven helicópteros. Se arrojan en giros infernales, sintonías mudas. Tan sincronizados, resultan fraternales. Se hunden unos y otros, casi simultáneos, parecen un rebaño de Infieles: así quieren ellos (ellos, ellos) que se precipiten del pico de los cielos hasta despeñarse sobre los cuatro conos apostólicos. Avanzan coches, policías. Forman cierta orgía. Entre disparos secos, no tardíos, dos resultan heridos. El tiroteo no es preciso. Disciplina, poca. El desorden aparece del centro de la calma, surge como un dharma pero es, por fin, la nada. Queman contenedores. Lucen torsos de Horus. Reviven en sus armas el poder que no tiene Alá. Alá no escucha, solo ve. Y la visión es el sentido de los flojos engreídos. Qué dios enviaría al frente sus hombres más queridos si no fuera, él mismo, un delincuente? Uno de ellos cae malherido, fruto quizás de un versículo prohibido, pero en el grito de los nuestros sigue latiendo el mismo odio que el que tienen ellos, solo que bajo el filistino negro de otros velos. Aparece Hannah, ella deslumbra los hombros fuertes de la guardia urbana. Y encandila, a sus espaldas, el espíritu guerrero de los mossos d’esquadra. Todo en el motín huele que apesta a cruzado. No hay churros, solo porras, y catalanes morados. Uno de ellos le pregunta: cuál es tu nombre? Hannah Games, dice ella. Y el tuyo? Mohamed Mallol Solé. Ah molt bé, los apellidos catalanes. Me fumo un Salman Rushdie, el suelo que ella pisa, pienso, me da que es movedizo. Una flauta de queso, por favor. Sin beicon. El queso no lleva beicon, no lo ha llevado nunca. Pum. Un tiro en la nuca. Estos polis no defraudan. Hay que cargarse a los oscuros. Nuestra raza es más blanquita, nada que ver con egipcios, gracias. Es el momento en que la civilización tropieza en un cliché y hay que llamar al ayuntamiento. Por favor, que venga alguien a arreglar el suelo y de paso proclame la independencia. Que venga alguien, otro. La edad de la inocencia. De golpe, todo se dispersa como si una gran turmix interviniera. Los helicópteros dan media vuelta. Salimos todos del parking. Ellos remolino sordo, hélices, a lo lejos son insectos. Intrépidos, los policías asaltan la churrería, hartos. Al final, quién no necesita su dosis de carbohidratos?

Me despierto con un hambre voraz. Me ha bajado la regla.

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