Él

Ahora que he entrado en la segunda mitad de estos seis meses hacia Hannah, o conociéndola, empiezo a pensar (qué tontería) que la voy a echar de menos. ¿Cómo me las arreglaré para conservarla, más allá de los pechos? Lo único irreversible en todo este proceso es el desarrollo mamario y el poso de las vivencias, las amistades que habré perdido y las relaciones que se habrán modificado.

Y, por supuesto, las que hayan empezado.

Porque si el encuentro con Hannah me resulta a veces extremadamente doloroso, tanto en el cuerpo como en mis adentros, ella, esa corporación creativa, me está trayendo situaciones y personas maravillosas, gente que he conocido en los últimos tres meses y que, si me leen, no deben dudar en absoluto en darse por aludidas: quiero que os quedéis no con Hannah, porque ella no es así de posesiva, sino que os la quedéis, que os la llevéis a casa como un pongo inspiracional, que sepáis que ella os quiere y seguirá en vosotros – más, incluso, que en mí mismo, porque yo (¿quién?) seguiré rebuscándome en otras formas de lo que soy. No temáis; no hay nada mejor para la salud que encontrarse uno mismo. Y solo el que busca mucho encuentra algo.

Bien… buscar, encontrar algo, personas nuevas… no me quiero meter en una camisa de once varas por hablar de alguien que todavía no sabe cómo me llamo, ni mucho menos de la existencia de Hannah, ni que ya he escrito, al menos de forma tangencial, sobre su existencia. Pero os lo tengo que decir porque el valor de confesarlo ahora es muy distinto al de contarlo más adelante, cuando ya se conozca el desenlace. Al igual que me resulta más real y verdadero no saber cómo acabará esta performance, es decir, si me va a interesar más una masculinidad sobreactuada, o ser hombre libre de testosterona, o un femenino en cuerpo sin género, u otra cosa, al igual que prefiero no saber adónde esto me llevará porque justamente es una investigación, tampoco quiero esperarme al final de una historia que acaba de empezar para compartir con vosotros lo que me ha pasado hoy, y los hechos que lo precedieron.

Hace un par de semanas, durante una formación en la empresa, tuve una duda, levanté la mano, la formadora me dio la palabra y, mientras yo preguntaba, percibí a mi lado izquierdo, no inmediatamente al lado pero sí a mi lado izquierdo, una presencia de algún tipo. Pude comprobar que era una mirada. Una mirada absolutamente deseable. Una mirada insultantemente bella, totalmente insospechada, tan dócil como penetrante. No estoy exagerando. De hecho, las palabras se quedan cortas. ¿Conocéis el poder de una mirada? Me han hablado varias veces de mi mirada durante una performance, de la fuerza, la intensidad, lo enigmático, la presencia. ¿Sabéis qué os digo? Pues que ya era hora de ser yo testigo de una mirada así, como la que me han dicho que tengo durante las performances. Ya era hora! La espera ha valido la pena porque, además, en cada mirada hay un aspecto físico, los ojos, y esos ojos satisfacen con creces uno de mis fetiches más bizarros y constantes: la aparente ausencia de pestañas en el párpado inferior. (Me encantaría ver vuestras caras en este momento.) Joder… Ese tío no tiene pestañas en el párpado inferior o, si las tiene, quedan compensadas por un minúsculo pliegue del párpado que, como el borde de un prepucio circuncidado, crean una ilusión óptica de contraste. Circuncisión y mirada? Pues claro! Una mirada como la que nos miró en aquél momento es un falo, de eso no cabe ninguna duda. Esa mirada asentó un poder relativo que ahora no sabría valorar.

Sin embargo, ayer me desplacé al lugar donde trabaja su equipo, que está físicamente separado, aunque en el mismo edificio. Creo que él no me vio, pero yo sí lo vi. Hoy, por una cuestión logística totalmente excepcional e inesperada, su equipo ha sido trasladado a pocos metros del mío. No fue hasta después de que tomara asiento a unos diez? quince? metros de mí que yo me hice notar pasando detrás de él para ir al aseo. Entre aseos y cafés, mi presencia se hizo intermitente pero notoria. En uno de esos momentos en los que sabes que solo puedes estar muy equivocado o totalmente en lo cierto (disculpad la repetición del adverbio totalmente, pero me niego a evitarla), decidí creer que estaba en lo cierto y que él buscaba mi mirada tanto como yo la suya, aunque a ratos porque, hay que recordar, estábamos trabajando.

Él ha salido un poco antes que yo. Al salir, lo he visto unos metros más adelante con unas compañeras. Me ha alcanzado otra compañera de su equipo que ha entablado conversación conmigo. Hemos entrado en el metro. Las compañeras que iban con él no llevaban billete, afortunadamente, pues el tiempo que han tardado en comprarlo ha sido suficiente para que él las esperara, yo validara mi billete, nos encontráramos frente a frente, yo lo saludara por primera vez, y él me contestara. La mirada que nos miraba insistentemente ha lanzado una sonrisa bidireccional. Una sonrisa sin pretensiones ni futuro. Como las películas de Eric Rohmer. Como los atrevimientos decisivos. Como Hannah, que llega y luego se irá. Pero la magia de esa sonrisa que no puedo dejar de ver como el resultado de cierta insistencia totalmente inusual en mí (pero que totalmente), esa magia me la quedaré al igual que vosotros, si queréis, os quedaréis esta Hannah mágicamente fugaz. Así, por lo menos, que quede escrito.

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