Una cajita de sorpresas

Hacer el amor con una moto ha sido una de esas ideas aeróbicas y suicidas que se te ocurren… bien, que se me ocurren solo si me está pasando algo raro. Estamos a dos días de cambiar de año civil y yo, para sortear la sarta de cretineces que se dicen estos días y el hartazgo de buenas intenciones reparativas, preparativas y hasta depurativas, decidí prometerme a mí mismo que volveré a fumar, reduciré el consumo de alcohol (que ya llevo a niveles islámicos) y el de carne (no me he convertido al veganismo), y me drogaré si d-os quiere.

Ah, promesas! Las promesas me han roto aún antes del fin de año. Insisto: no he roto ninguna de ellas; ellas me han roto a mí. Entre el efecto psicológico de que si apenas estoy comiendo carne me debe faltar algo y la irritación en la garganta por la tos seca e indomable, el pánico a quedarme afónico en vísperas de dos cástings me ha arrojado a la farmacia donde me suelen aviar las hormonas. Por si acaso, he pedido dos cajitas más de Climen porque soy un glotón. Enseguida he pedido un jarabe antitusivo, pero no mucocinético porque no tenía expectoración, moco, nada de nada. Solo tos. “Solo tos”, ha repetido la farmacéutica, mirándome técnicamente. “Sí, solo tos”, he redicho. Ella se ha subido a un banquito o escalera y ha sacado, arriba de todo, una caja desamparada de un jarabe cuyo nombre no me sonaba, pero al ver el logo de Bayer he pensado: “Mal no debe hacer.” Se trata, ni más de menos, de este místico anacronismo que es el valor de marca: místico porque es totalmente especulativo, anacrónico porque es del orden del mito. Pero la cuestión es que uno se lo cree, y si se lo cree es porque sigue haciendo efecto.

Ahora os lo diré de otra manera: me han vendido lo último que yo me esperaba que se pareciese a una droga. Romilar es literalmente -repito: literalmente- una cajita de sorpresas. Dentro de la cajita hay un frasquito, debajo del frasquito hay un papel muy dobladito y escondido que no me ha dado tiempo a leer, y aún debajo de ese papel tan y tan ensimismado me he encontrado, pasadas varias horas, una cucharita para medir la dosis.

Medir la dosis es una cuestión de máxima trascendencia. Verdad que decimos “poco veneno no mata”? Poco, no. Pero si no sabes lo que es poco… vaya, si yo no me entero de cuánto es poco, con mucha probabilidad ya la he cagado. Con perdón, eh? Pero no es de recibo que un joven que sacrifica parte de su tiempo y de su creación artística para dedicarse con esmero a una labor más productiva según los cánones del bondadoso capitalismo, que sacrifica a una parte de su público habitual para embarcar en un proyecto artístico de substitución hormonal que solo entienden cuatro gatos, y que solo apoyan dos… no es de recibo que este joven cada vez menos joven que soy yo tenga que sacrificar además su dignidad, o sea, la mía, por causa de una tos impertinente.

Pero eso es lo que ha pasado al final del día de hoy. La necesidad que yo iba percibiendo de no toser me llevaba a tomar un poquito más, luego otro poquito más, sin razón ni cuidado. Quería proteger mis cuerdas vocales, mi tesoro de terciopelo, ese maravilloso engranaje, esa caja de bosques musicales que seducen con sándalo sonoro y rosas auditivas a quienes oyen los anuncios de radio y televisión y los vídeos corporativos donde resuena, firme y sedoso, mi suavísimo timbre rezumante de la esencia inexistente de la masculinidad.

Queriendo cuidarme, he terminado con un colocón implacable. Por suerte, o por no sé qué mano protectora o contrapunto homeostático, he podido seguir con mi trabajo, contando aquí y allá con la ayuda de algunos compañeros que no han dudado en ayudarme. Son tan majos que hemos podido reírnos de lo que estaba sucediendo. Una de ellas se ha ofrecido incluso para retener el frasco como quien le quita al adicto su plus de bendición.

He estado en las nubes, como siempre que vuelvo a la progesterona, pero esta vez se me han mezclado temas. Y ¿para qué os voy a mentir? aún sigo ahí, subidito. Y sin nada de tos.

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