De cajita en cajita

Por fin os diré por qué he estado callado estos últimos días. Al viaje que me pegué con el jarabe para la tos y sus placeres opiáceos, enganché una gripe distinta, cómo no, a las anteriores, que empezó el domingo por la noche en la oficina con cólicos, luego diarrea, y un dolor de cabeza incontrolable. Bajé a la primera planta para no molestar a mis compañeros con la sonoridad de mis pedos. Pero es que al rato ya volví a toser, y la tos me ahogaba al punto de convertirse en un anhelo de vómito, y todo esto me afligía cada vez más. Por instantes tuve la sensación de ver doble, y la tentación de achacarle al jarabe la culpa de todo aquello.

Subí de nuevo para recoger mi bolso y mi chaqueta y avisar que me iba. Llamé un táxi. No sé cómo aguanté el trayecto. Estaba como bajo hipnosis. Recordé una escena de mi novela corta “Amor negro”. A veces la ficción es un anticipo de la realidad. Pasé por casa de la amiga que me estuvo hospedando. Me puse ropa cómoda para ir al hospital. No me hicieron ni puto caso, como suele ocurrir en urgencias cuando no llegas amarillo, ido de sobredosis, con más de 40 de fiebre, o desangrándote. Les enseñé el frasco de Romilar. Casi se rieron en mi cara (¿la próxima vez tendré que tomármelo todo en un día?). Supongo que esos becarios son los peores drogadictos. Tiempo de espera: siete horas. En un primer momento pensé: me quedaré a dormir. Una enfermera me ofreció una camilla. Pero ya sabéis: en un hospital, o por lo menos en uno público, no se puede estar a gusto, ni dormir a gusto, ni siquiera sufrir a gusto. Así que le pedí al guaperas de turno que me diera el alta. Se me quedó mirando. Supongo que sería su primer día, porque me consta que el abandono de pacientes en urgencias es elevadísimo. De hecho, enseguida llegó la chica de la camilla y le entregó una pila de informes de fugados. Pero claro, yo, que soy un señor, no me fugo; yo pido el alta, aunque me esté muriendo de dolor y cagándome en todo. Me preguntó la razón. Yo se la di: “Ustedes no pueden ayudarme.”

Me fui a casa. Deliré despierto. Dormí. Sudé. Me desperté sudando. Dormí. Deliré durmiendo. Volví a sudar. Y así sucesivamente hasta ayer por la noche. Pude cenar algo residual, suficiente para volver a la cama. No pude dormir antes de las dos. Esta mañana me he despertado a las ocho, tenía una alarma del banco. He cobrado el doble de lo que esperaba. Como soy un pesimista, mi primer pensamiento es que se habrían equivocado. Pero ¿cómo se iban a equivocar a favor mío? Entonces me he acordado que, al cambiar el año civil, entra en vigor mi nuevo contrato, más favorable, con lo que en realidad cobré, además de la nómina, un finiquito que me vendrá de perlas para pagar la fianza del nuevo piso.

Y es que hoy me cambio. Año nuevo, contrato mejorado, Hannah menos febril, casi recuperada, cambio de dirección. Me voy a vivir con dos gatos y dos chicos. Ah, y también dejo las hormonas. Hasta la próxima química.

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