Deber para creer

¿Es esto el síndrome de abstinencia? ¿Añorar la mujer que no ha podido ser, que no he podido ser? ¿O será más bien el duelo por ese hombre que no soy tampoco?

Atravesé un Gran Silencio. Ahora me hallo en medio de un vastísimo Vacío. Y, de silencio en vacío, me hago una casa fuera de mi propio cuerpo, desalojada de mí. Pienso como si el pensamiento ya no me tocara. Lo que fue mi cuerpo empieza ahora a desintegrar, suave y mecánicamente, los tratos químicos que había establecido con unos agentes externos que yo mismo me suministré durante poco más de tres meses. Como cualquier otra droga que haya probado, ellos me garantizaban ciertos efectos y, con ellos, la sensación falsa de lograrlos yo. No ha sido así: mi único logro fue encarnar un género humano que no se podrá falsificar. En eso he sido original, como quiere todo artista; pero no porque haya creado una obra inexistente, del todo nueva y exenta de influencia, sino porque me adentré una vez más, y más que en cualquier otro momento de mi vida artística, en la identificación de lo que soy con lo que debo crear.

Que no os asuste ese “debo”. Por suerte y desgracia, el deber lo conozco demasiado bien, como verbo y como nombre: porque debí y me debieron, y porque el deber es una función no programable de las máquinas deseantes, como nos llamó Deleuze. ¿Cuántas veces un deseo no se ha disfrazado de deber porque creímos que le faltaba una justificación? ¿Cuántas veces no hemos convertido un deber en un deseo para hacerlo más soportable? Por eso no me cuesta reconocer que lo que debo crear es aquello que yo deseo. Y tampoco me cuesta entregarme a los brazos de un deber menos comprometedor que cualquier promesa de satisfacción afectiva o sexual, que tantas veces nos hipoteca más de lo querido. Porque, en realidad, hacerme Hannah no ha terminado sino que acaba de empezar. Las hormonas han servido de antecámara para tener un solo atisbo de lo que es dejar de creerme en demasía para empezar a crearme en mi defecto. Quiero decir que, en realidad, nunca he existido fuera de mis creencias. Y no os riáis, si es que os estáis riendo de mí, porque todos estamos en el mismo barco, aunque la mayoría estén naufragando en la psicosis de la vida normal.

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