Detestarme

Indudablemente, hablar de la psicosis de los demás es un atrevimiento y una imprudencia. Es como si no zozobrara, uno mismo, ante los efectos de una realidad desgobernada. Porque, recordémoslo, la vida es un comer mierda constante con la máxima dignidad posible. Por eso a menudo llegamos a confundir el alto precio de lo superfluo con el valor que nosotros mismos no tenemos y que buscamos en cosas que no nos hacen falta.

Al ganarme la vida, entre otros oficios, con el de locutor, sobre todo de publicidad, presto mi voz a ese engaño. No me refiero a que los productos sean malos o la publicidad engañosa; de hecho, he tenido la suerte de trabajar casi siempre para marcas de las que yo mismo soy consumidor o que les recomendaría a mis amistades. Se trata del engaño más profundo de que algo de lo que hacemos tiene valor y puede ser sustancialmente mejorado.

Saber esto puede tener consecuencias, y para mí, y para el legado que recibí de Francesc, son inmensas y me costarán muy caro. Por eso hoy quiero empezar a preparar un posible desvío.

Por ejemplo: ¿hay un banco mejor que otro? Me refiero aquí solamente a los bancos que operan en España. Durante el doctorado, me hicieron tener una tarjeta de una caja. Para comprender la extinción casi total de las cajas, debemos remontarnos al gran asalto, que es como hay que llamarle a la “crisis inmobiliaria” del 2008. El asalto sirvió para que los bancos pudieran reformar la Constitución Española de tal modo que no hubiera límite de gasto público que pudiera ser transferido a esos mismos bancos, es decir, que el atraco fuera legal e ilimitado. Pero además de legal, debía además ser moral para que la gente lo aceptara. La justificación fue, por eso, teológica: sin bancos no hay economía nacional. Salvar a los bancos se convirtió en la mentira por antonomasia. Antes solo teníamos que salvar nuestras almas. Era, convengamos, mucho más barato, aún pagando indulgencias. Las cajas pretendían ser eso: bancos con alma. De hecho, uno de mis clientes, que era caja y hoy es banco, anunciaba su Obra Social en esos términos. Y yo lo vendí en esos términos, lo compré en esos términos, hice trabajo remunerado para su Obra Social y, por supuesto, también ayudé a salvarlo con mis impuestos.

No os hablo de bancos para alejarme de mi propósito. De hecho, os quiero demostrar que Hannah participa de esta perversa teología y que el sistema bancario, al igual que la teoría de género, tratan de realidades inmateriales: los bancos, de dinero; la teoría, del género. En ese sentido, ambas son religiosas en lo más profundo de su ser. No hay que excavar mucho para darse cuenta que Judith Butler es igual de monja que Warren Buffet o los falsos profetas de las TED Talks, rebosantes de ego, de relatos de autosuperación, de consejos disfrazados de “cosas que vale la pena compartir con los demás”.

La metáfora del alma es eficiente y lo que ella esconde lo es todavía más. Por eso, luego de cerrar la cuenta que en la universidad me habían obligado a abrir en una caja catalana, y la del banco que luego la absorbió, abrí una en un banco donde, según dicen, cuenta “algo más que el dinero”. Claro que no fui por el eslógan, sino por cierta rebeldía que ese banco ostentaba, con su sonado apoyo a proyectos sociales (por aquél entonces lo “social” ya servía para todo, de Facebook al co-working pasando por Cáritas). Al principio, someterse a una larga cola para ser atendido tenía su punto de resistencia hasta que empezaron a emitir tarjetas de crédito al igual que los otros bancos, a darme un servicio pésimo en un idioma que no era el mío, y a cobrarme comisiones en cualquier cajero. Todo eso con una plataforma online que no funciona en el móvil, algo impensable para cualquier banco, con o sin alma.

Hace un año que estoy intentando cerrar esa cuenta, para que veáis que un banco es poco menos que una secta. Me abrí una cuenta en ese banco tradicional para el que trabajo, ese que tiene Obra Social, alma, una aplicación que va de maravilla en el móvil y cajeros que inundan las calles de Barcelona como las luces de navidad, solo que todo el año.

El proceso de trasladar mi dinero está, para mí, íntimamente ligado a las transacciones de género, porque en un caso como en otro se trata de dejar de poner el valor en un sitio para ponerlo en otro; de valorar algo que ahora te ofrece esto más de lo que te está ofreciendo aquello; de, sabiendo yo que mi valor no depende de mí solo, ponerme yo más al servicio de un discurso que de otro porque, seamos conscientes de ello, yo no soy amo y señor de mi dinero, ni de mi género, ni siquiera de mi discurso.

Hago hincapié en esto porque el hecho de saberlo me permite no enloquecer el día en que me roban, en que me hacen responsable de una “crisis” que otros y solo otros han causado porque yo, en ningún momento, he vivido por encima de mis posibilidades, como llegamos a escuchar. Hago hincapié en esto, también, porque el hecho de saber que otros inventaron lo del masculino y del femenino me hace saber que los modelos de género no son más que construcciones, llamémosles arquetípicas, sobre los que se establecen formas de violencia dialéctica, cultural y física, con consecuencias nefastas que van de la desigualdad salarial a la mutilación y al homicidio por motivos que tienen que ver, exclusivamente, con los discursos de género. Por último, o quizás todavía no, hago hincapié en esto porque algo tan cierto y tan poco reconocido a la vez como que nacemos inmersos en el lenguaje implica que mi discurso nunca es del todo mío, ni siquiera principalmente mío.

De ahí mi anuncio de un posible desvío, uno que hará, seguramente, que muchos lleguéis a detestarme. Un desvío que no comprenderéis y que me resultará muy difícil explicar porque solo es fácil explicar aquello que es relativamente previsible para la persona que hemos sido, y solo es fácil comprender lo que no se desvía demasiado de nuestras creencias. Pero, cuando uno piensa mucho, puede cambiar sustancialmente, hasta llegar a asustar a su entorno. Qué digo, ¡hasta asustarse a uno mismo! En eso estoy: en pensar cómo desviarme de un mundo que se está desviando, él mismo, de mí. Y, eso sí que ya os puedo decir, lo que vendrá no es pacífico y no os gustará.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s