Un español de derechas

Hay un momento en que llega la crisis de fe. La crisis de fe, como la “crisis inmobiliaria”, también es un atraco. En la que causaron los bancos, nos robaron dinero con la ayuda de las agencias de rating, que con sus notas de solvencia daban fe, o la quitaban, en las mismísimas economías nacionales. A esas agencias les debemos, en gran medida, la pérdida de fe en los Estados y en la democracia. Se instauró un ateísmo democrático. Voto sin convicción. Voto por exclusión de partes. No voto porque no me representan. Fue la muerte de la democracia, digámoslo ya sin tapujos ni esperanza, en pretérito perfecto irreparable.

Entonces muchos de nosotros organizamos o participamos o por lo menos simpatizamos durante un tiempo con esa gran misa campal que fue el 15-M, luego dispersada con mano dura, curiosamente, por un partido que llevaba gobernando y robando Cataluña desde hacía cosa de treinta años, y que se hizo independentista para fermentar un sentimiento hasta entonces residual y lograr, con ello, la mejor forma de revisionismo histórico: el olvido. Los casos de corrupción quedaron ocultos bajo la “ilusión”, y los delitos quedaron perdonados por una nueva fe ciega a la que me convertí o, quizás, en la que me encontré sumido por mis propios antecedentes. Esa misa fue copada por un partido que todavía tiene reparo en serlo, un partido populista de izquierdas muy parecido, en su orgullo descorbatado y en su antisemitismo militante, a otro que tenemos (y sufrimos los judíos) en Cataluña.

Pero es de mis antecedentes que quiero hablar, porque en lo que a ese partido se refiere, solo puedo celebrar que ya se esté hundiendo, fruto de promesas que sabíamos que no podría cumplir, un poco como aquél banco donde, decían,”cuenta algo más que el dinero”. Promesas.

Avanzo la polémica para que no hagáis una lectura inocente de lo que ahora sigue: en el último año me he desplazado significativamente en el espectro político, de la izquierda a la derecha. De momento, dejémoslo así. Añadiré solamente tres cosas: este desplazamiento no ha sido deseado, lo cual sin embargo no me exime de responsabilidad; supone una violencia voluntaria hacia mí, por lo que no me dará estatuto de víctima; hacerme de derechas me hace partícipe de otras violencias que en su día he criticado, y volveré a criticar, y es una fatalidad indisociable de “la piel que habito” (gracias por la imagen, Pedro Almodóvar) y de mi voluntad, demasiado humana, de salvarme el culo.

De derechas, repito: no a pesar de ser judío, inmigrante y homosexual (tres destinos que ya están, en mí, trágicamente trenzados), sino porque emigré, entre otros motivos, para huir de la rancia homofobia portuguesa; porque me reclamo judío como forma de ser, yo mismo, la escritura indeleble de mi herencia histórica; porque huir y ser judío han sido, desde que nos sabemos pueblo, condiciones tristemente inseparables; porque, si soy homosexual, es porque no le puedo ser infiel a mi madre, de la que heredé mi valioso apellido Serra. Y ese apellido, yo lo acaricio como un tesoro ambiguo que me conecta a las hogueras donde, probablemente en Mallorca, quemaron a algunos de mis ancestros (los de parte paterna tuvieron igual suerte en alguna parte de la Beira Alta, en Portugal).

Me preguntaréis qué tiene eso que ver con ser de derechas, a lo que yo podría contestar qué tiene eso que ver con ser de izquierdas, ya que el antisemitismo, instrumental para el más célebre de los socialismos nacionalistas de ultraderecha, que fue el nazismo, ese antisemitismo campa hoy a sus anchas entre esa militancia populista de izquierdas que hizo su agosto con la limpieza convergente (o detergente) de la plaza neurálgica de Barcelona: un partido acomplejado que nunca aclaró los indicios de financiación por parte de la teocracia iraní, decidido a preservar al judío como chivo expiatorio de la crisis, de la desigualdad social y del control de los medios cuando llevábamos siglos migrando por no tener un Estado moderno aunque siempre hemos tenido un lugar, aquél lugar que odiáis porque es lo más parecido a una democracia que queda en Oriente Medio, pese a todas las críticas que justamente le podemos hacer, y a las que me he sumado cuando son legítimas.

No me he hecho de derechas solamente porque esa izquierda se haya apropiado de tópicos que el nazismo también hizo circular y que, culminando en un genocidio, (perdón, en otro genocidio judío, porque como mi historia familiar demuestra, no ha sido el primero), auspiciaron la creación del Estado de Israel que, de haber existido antes, seguramente hubiera acogido, si no a todos, a la mayoría de aquellos que el nazismo condenó a un final extremo, grotesco, de una maldad desbocada y voraz.

No me he hecho de derechas porque la diversidad sexual, antes reclamo de ciertas izquierdas (que no de todas, porque recuerdo bien el machismo recalcitrante y opresor en las reuniones del Partido Comunista Portugués, que actualmente forma parte del gobierno), haya sido integrada en la agenda de la mayoría de partidos, aunque no de todos, y esto es algo que hay que vigilar, así como la utilización, por parte de partidos de derechas, del Israel de Netanyahu como un dudoso comodín moral para políticas que poco o nada tienen de igualitario.

No me he hecho de derechas porque la xenofobia, de la que yo soy blanco preferente, se haya disipado o incluso esté ausente de sus promesas. De hecho, en algunos casos, la limitación de la inmigración, y no solo de la ilegal, es un punto recurrente en sus discursos.

Pero aquí, justamente, encuentro uno de los puntos de inflexión que me divorciaron de los valores o, por lo menos, de los discursos y programas electorales de la izquierda en la que creí. Como inmigrante, me sometí a un proceso de integración, incluso de asimilación, no sé hasta qué punto voluntaria o más bien animada por la perspectiva de que, a mayor identificación con la cultura de acogida, más posibilidades tendría de conseguir éxito en mi doctorado, integralmente sufragado por una institución gubernamental portuguesa, y de conseguir un trabajo estable y, por consiguiente, una estabilidad económica y un reconocimiento social suficiente. Con esto me refiero a no ser tratado con deferencia ni menosprecio. Cabe añadir que la cultura que me encontré al llegar no fue la cultura española, sino la catalana y que, pese a haber aprendido perfectamente el catalán, a haberme introducido en círculos sociales catalanes, catalanistas, e incluso más bien independentistas, por ese celo que tienen los conversos y asimismo por la euforia de llegar a un país donde nadie me llamaba maricón ni me escupía a la cara, pese a comerme panellets y hacer cagar al tió, ir a Montserrat y celebrar san Estebán, saltándome incluso los límites idolátricos de mi judaísmo personal, pese a haber obtenido la nacionalidad española con la intención de votar a partidos soberanistas para hacerme así partícipe de un proyecto que me parecía tan legítimo como la apatía que nos causa, a los portugueses, cualquier proyecto nacionalista, pese a toda esa, llamémosle inversión material y espiritual, fue de algunos de los más acérrimos defensores de la separación entre Cataluña y España que recibí lo más parecido a los escupitajos que antes me propinaban ciertos machos lusitanos. El escupitajo más infestado de odio, y estridente en su discreción, fue el rechazo a mi afán de integración, verbalizado con un castellanísmo Francisco que redundaba en nada menos que una denegación del pasaporte invisible a una catalanidad impoluta. Era una forma, que aún persiste, de decirme que no soy uno de los suyos.

Abro un paréntesis nada despreciable para precisar que, en el pueblo aragonés donde me compré casa cuando ya, en el refugio de mis pensamientos, intuía mi desencanto con un nacionalismo que me parecía distinto de otros, en ese pueblo que aún sigue dividido entre rojos, fachas, y yo que soy otra cosa, todo el mundo me llama Francesc. Todos, sin excepción. Para llamarme Francesc, en Torralba de Ribota, no hay fachas ni rojos. Esto también me da mucho que pensar.

No han sido solo quienes insistieron en llamarme Francisco (con acento ridículamente castellanizante, como si hablar o escribir en castellano fuera un insulto) los que me escupieron. No han sido solo los “amigos” de izquierdas los que, al enterarse de que yo era judío, me preguntaron, seguramente con la mejor de las intenciones: “Pero ¿no serás sionista?”. No han sido solo los judíos con pedigrí los que se dirigieron a mí como a un goy (gentil, no judío). No, también el mundo de los gays me rechazó por no ser suficientemente gay. Y varios españoles, por ser catalán. Y otros catalanes, por querer ser catalán. Y portugueses, por haber traicionado la patria: unos, por haberme hecho español; otros, por haber defendido el derecho a la autodeterminación de Cataluña.

Hoy es un día especial. Es día de reyes, cosa que me hace mucha gracia porque no soy monárquico y nunca lo he sido. Pero en Portugal se resolvió el tema con violencia, y la violencia, a día de hoy, solo está bien vista o, mejor dicho, solo está legitimada si viene de los poderes instituídos. Y no siempre. A mí me resulta extraño y anacrónico que alguien herede un poder por el mero hecho de ser hijo, es decir, heredero de ese poder por consaguinidad. Ciertamente no es democrático. Pero no me veréis quemando fotos del rey, ni la bandera de España, al igual que no pienso quemar otras banderas que me compré en momentos muy distintos de mi vida. ¿Quemar para qué? El fuego dio muerte a mi familia. El fuego no trae entendimiento; es excitación, pérdida de razón. Hay que evitarlo. Hoy es un día especial para mí porque rompo mi silencio y digo alto y claro que no me siento más catalán que español, ni más portugués que judío, pero me siento todo eso y más cosas a la vez, y es para no anular ninguna de ellas que abandono discursos falsos, posverdades que luchan entre sí y se atizan en la sinrazón de un orgullo moralista, que mira con desdén a quienes no piensan como ellos.

No es mi manera de ser. A día de hoy me siento apátrida al igual que muchos judíos, aunque el rey de España les haya proporcionado la nacionalidad a muchos sefardíes dispersos por el mundo debido a la expulsión forzada por esa iglesia católica que parece cubrir, a cierta España que no es la mía, de un manto de santa infalibilidad y ciega devoción.

No es mi España, pero hay una España de la que me siento parte, y de la que no pienso ser rechazado. Y por eso siento que, sin ocultar lo trascurrido, es mi deber abrazarla como en su momento abracé una causa que ahora considero muerta de cansancio, de delirio y de cierta justicia histórica; y es que, más allá de todos los argumentos habidos y por haber, y más acá de todo resentimiento, que no tengo, el pacto de estabilidad geopolítica que sostiene Europa desde, justamente, el posguerra, es el pacto donde reconozco hoy la necesidad de respetar la estabilidad fronteriza del Estado español, y la urgencia de encontrar, en una convivencia equilibrada, el registro más propicio a una vida real, fundada otra vez en la democracia, en la que las banderas sean una asistencia sanitaria de calidad y asequible, la educación para la convivencia respetuosa y el éxito en el mundo laboral, la soberanía económica, la libertad de pensar con recursos, decir sin ofender y emprender sin destruir. Estas banderas no son banderas de ningún país en concreto, pero es en España donde vivo, y me niego a pronunciar el nombre de este país con el menor atisbo de desprecio, ese desprecio que les llenaba la boca a quienes me llamaban Francisco, como si mi nombre pudiera insultarme, como si yo mismo fuera un insulto a su altiva, refinada, racista intención de pureza.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s