El olor de Margaret Thatcher

La última página de mi diario resultó mucho más útil de lo que yo pensaba. Algunos de mis detractores, que quizás ya lo eran, no han podido resistirse a la réplica y se delataron; otros aparecieron que, no pudiendo soportar algo que interpretaron como una verdad demasiado desnuda, tomaron distancia con respecto a mí. También hubo reacciones empáticas, algunas con el contenido, otras con las formas, otras aún con el espíritu de la acción.

Por los cojones que tuvo en contestarme públicamente, y por la cortesía con que se dirigió a mi persona, debo y quiero nombrar explícitamente al artista Alejandro Cano. Supongo que cojones y cortesía son dos palabras que le quedan muy bien a un español de derechas como yo, pero no os equivoquéis: Alejandro Cano es un cortés y cojonudo señor de izquierdas que minimizó las discrepancias para entablar una conversación entre dos caballeros. Nos conocimos en Sonodrome, un espacio donde Jose Mas acogió a mi performance “Matar Lluís Companys”, cuyo vídeo encontraréis en internet. Contrariamente a cierto corrillo de sabios que tuvo a bien lincharme desde la comodidad de sus sillones pese a que ni conocen mi obra ni se han dado al trabajo de conocerla antes de echarla a la hoguera de sus prejuicios, Alejandro Cano participó en el fusilamiento simbólico que mi acción artística de “Matar Lluís Companys” proporcionaba a los testigos. Quizás por eso, entre muchos otros factores, por supuesto, se haya abstenido de lincharme, fusilarme, o proscribirme.

Y es que, curiosamente, el fallo principal de los del corrillo tiene que ver con su aversión a pensar lejos de lo previsible. Son eximios redactores de las ideas de sus amos, tarea para la que yo no sirvo porque, simplemente, no sirvo a nadie. Repito: a nadie. Mis acciones o performances, incluída la escritura, siempre ha sido un ejercicio a caballo entre la transparencia y el cálculo porque la opacidad es opresora, y la aritmética de lo posible abre las puertas a la evolución. Si uno no es capaz de verse a sí mismo en su miseria, en su finitud, en sus contradicciones, no es capaz de ver a nadie más que a una versión fija y cobarde de sí mismo que se traduce, a su vez, en una miopía del otro. Por eso el otro, para aquél que no se conoce a sí mismo, siempre será juzgado en función de su grado de coincidencia con el espejismo que se ha formado el míope. En proporción inversa, cuanto más nos reconocemos en nuestros vicios y paradojas, en nuestras debilidades y anhelos secretos, tanto más probable será nuestra capacidad de entender al otro aunque diga algo muy alejado de nuestras convicciones, mayor será nuestra tendencia a la compasión, y menor al enjuiciamiento.

Tengo la fortuna de poder decir cosas aparentemente contradictorias entre sí sin que eso suponga una contradicción esencial para mí. Creedme: es un enorme tesoro poder vivir en la paradoja. Aprendí muchísimo de los místicos que buscaban en la nada el reposo del alma y encontraban en su atisbo el cénit del conocimiento. Aprendí mucho del seminario de conceptos lacanianos, del que no llegué a tener un conocimiento profundo, pero que me permitió comprender la realidad de la tautología en mi propia vida: la tautología es, si me permitís el lirismo, el fin del combate entre sombras de la verdad. Por eso la tautología me recuerda tanto a la nada de la teología negativa: ambas evocan el cese de lo contradictorio, una especie de alto al fuego del lenguaje.

De verdad os pido disculpas si no sé expresarme con más claredad. A veces escribo deprisa, de un tiro, y luego al releer lo que he escrito me da mucha pena cambiar el rumbo de un texto que quizás no podía ser de otra manera. Eso es parte de la transparencia, mientras el cálculo aparece mucho antes de la escritura, en mis pensamientos, en la observación de lo que me rodea y de lo que sucede en mis adentros. Resistir a la locura es algo que no se resuelve con un proverbial “todos estamos locos”, así de sencillo, sin saber siquiera qué demonios queremos decir con eso,  qué es la locura, cuál es su contrario, qué hay de indeseable en la locura, y qué de deseable, qué de productivo y qué de delictivo.

La inteligencia nos limita. Quizás nos limite más que el cuerpo, si es que van separados. Me gusta pensar que una no existe sin el otro, y mi experiencia me confirma, previsiblemente, la tesis que me gusta. Esto mismo, que la experiencia confirma la creencia, es un indicio de que me estoy engañando. Sin embargo, como soy un pozo sin fondo de experiencias que se suceden, algunas a pesar mío, otras muy calculadas, pude comprobar que a menudo la experiencia no confirma lo que creíamos: a eso llamamos disgusto o desilusión. Ambas son palabras sabias: el disgusto es la pérdida de gusto por una cosa porque no ha resultado ser lo que nos habíamos imaginado o creído; mientras la desilusión es la pérdida de ilusión, con la que se nos abren los ojos al engaño que suponía aquello donde habíamos puesto nuestras esperanzas y convicciones.

Esa fue la operación existencial que intenté explicar en la página anterior de este diario: la apuesta por una ideología con una indudable dimensión de desafío ético se me figuró perdida antes de que el juego terminara, y reclamo mi derecho a ejercer el abandono de ese juego o, si queréis, conflicto político. No me da ninguna lástima que algunos no entiendieran a qué me refería con el título de esa página, “un español de derechas”. Está claro que se refería a mí mismo, pero no es posible entender el alcance de mi disgusto, ni el sentido de mis interrogantes, si se toma ese título como el anuncio literal de una conversión o algo por el estilo. Debe haber quienes crean que pasarse a las derechas es una opción demencial, como cambiarse de género era una idea patológica hasta hace poco, y aún lo es para mucha gente, y por desgracia.

Yo digo que también es una desgracia patologizar el cambio de opinión, de voto, de partido, de posición ideológica, de estrategia política. A los muy asustados o enfadados con mi “anuncio” no les habrá dado tiempo a suponer siquiera que hacerme de derechas sea una estrategia, más allá de ser una decisión fruto de una experiencia: una experiencia continuada de descrédito de las izquierdas, en cuya historia Tony Blair marcó un importante hito. Si os acordáis, Tony Blair fue el político que convirtió el partido Laborista en el New Labour (Nuevo Partido Laborista) o, como dijo alguien que no recuerdo, el que le quitó a los Laboristas el olor de sudor, como quien dice que, bajo su liderazgo, el viejo partido de los obreros británicos dejó de serlo y se convirtió en un refugio masivo para conservadores descontentos con un partido Tory que ya no olía a Margaret Thatcher, o mejor dicho a sus políticas de derechas que habían aumentado el poder adquisitivo de una clase media con cada vez más peso proporcional, y que servía de enorme muro de contención entre las élites y una clase baja muy empobrecida. Tony Blair fue el político que firmó en las Azores, junto a Aznar, Barroso y W Bush, el malogrado acuerdo para invadir Irak aún sin pruebas de que hubiera armas de destrucción masiva. Podemos decir, aún, que Tony Blair fue probablemente el político con mayor responsabilidad en el desfalco de la socialdemocracia y, por consiguiente, en allanar el terreno a la aparición de los populismos llamados de izquierdas a los que no tardaron en unirse los llamados populismos de derechas. Que las diferencias entre unos y otros son a veces difíciles de identificar lo demuestra, por ejemplo, Evo Morales, pero incluso en España podemos encontrar similitudes entre populismos que se pretenden más sociales, republicanos y progresistas y otros que se pretenden garantes de la estabilidad, del orden, de la conservación de valores tradicionales.

La próxima vez que yo os diga que soy un español de derechas, recordad también que estoy tan a favor de políticas sociales, de ideas republicanas y del progreso como de la estabilidad del gobierno, del orden público y de conservar los valores que me transmitieron papá y mamá, aunque me haya separado de ellos hace casi veinte años. Recordad también que al igual que lo del género es una performance y Hannah es el legado que me queda, la política es un juego hecho de poca transparencia y cálculos casi siempre desastrosos. Así que, con o sin vuestro permiso, dejadme seguir pensando en voz alta. Gracias.

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