Frenesí

Viene del griego “frenesis”, que quiere decir delirio, pero a día de hoy lo utilizamos para hablar de un movimiento convulso, atropellado, incontrolable. Ayer lo bello sucedió: como un reloj, pasados diez días de dejar de suministrarle el inhibidor de testosterona junto al estradiol y la progesterona, sentí primero un vigor casi olvidado, menos frío, un impulso que me agitó desde el interior, una ola de calor vital que me calentó la mente desde las gónadas. Será por aquello que decía Morrissey que muchos tíos guardan los sesos entre las piernas. Yo no pensé con mis gónadas, pero ellas empujaron mi voluntad hacia allí. Me aparté de lo que estaba haciendo, encendí el ordenador, abrí una página porno, escribí en el buscador las palabras indexadas a mis fetiches más recurrentes, le di al play a un vídeo, no me gustó, otro, otro más, qué aburrido todo, pero luego un trozo de esta carne, otro de aquella, esa voz, esa corrida, esa mirada protegida por la pantalla, la facilidad excitante de pajearnos ante alguien que no nos ve. El secreto mal guardado del consumismo sexual.

Me apreté suavemente las bolas, jugué con mi sexo sin pensar, recuperando el dominio primate de la ausencia de sentimientos, nobleza, sentido del ridículo. Tuve un orgasmo maravilloso que me hizo estremecer de placer durante largos segundos. Mi herencia de Hannah. Los orgasmos largos, la sensibilidad a flor de piel, mi forma de tocarme que ya no es la misma. Mi forma de contároslo, sin ningún reparo ni vergüenza. Quédate, Hannah. Quiero tenerte dentro.

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