Colapso

¿Quién dijo que estos textos son propiedad de Hannah Games? ¿Habré sido yo u otra mujer? Sentado en frente a una pared, me observo ante el espejo de las letras. Voy escribiendo tal como he vuelto a casa: caminando ni despacio ni muy deprisa. Recuerdo otra noche de sábado en la que volvía a otra casa, pero desde la misma oficina. También recuerdo haber pasado delante de un local de ambiente y no haber entrado porque Hannah no tenía el ánimo para hacerlo. Esta noche tampoco he entrado en ningún local de ambiente, pero he continuado la jornada laboral con un grupo reducido de compañeros, y he entendido cuán importante es este trabajo para mí en este momento de mi vida. Es fundamental que Hannah pueda existir allí también, que pueda estar sentada en esa silla viendo miles de vídeos, que son docenas de miles de imágenes, centenares de fragmentos musicales y otros sonidos. Es necesario que Hannah pueda estar cómoda, que no tenga que pedir permiso para ponerse una blusa que pone en la etiqueta “moda mujer”. De hecho, pedirlo sería absurdo.

A Hannah solo le importa sentirse atractiva como el hombre nuevo que ya es, y hacia el que un día caminará a pasos agigantados. Hannah no quiere morir ante la reaparición de Francesc, ni puede: Francesc le cedió todos sus derechos a Hannah cuando inició su diseño conceptual, y luego se dispuso a hormonarla para darle cobijo. Los textos son ahora propiedad de Hannah Games porque ella es la corporación y todo lo que era de Francesc le es también debido. Ella, a su vez, no es propiedad de nadie, sino tan solo, quizás, y en una pequeña parte, propiedad de Bayer. Pero un cuerpo que ya está produciendo otra vez la hormona para la que está biológicamente diseñado es un cuerpo que ya no le debe apenas nada a la química que lo modificó temporalmente. Lo que sí permanece, más allá de la experiencia, esa palabra tan esquiva y maltratada, es el poso del aprendizaje menstrual: Hannah pudo intuir algo de ese ciclo y, con ello, renunció a la creencia de que el sexo no existe. El género no existe en la naturaleza; es un producto de nuestro lenguaje, que también cambia y hace tránsitos. Pero el sexo existe en los cuerpos y es sustancialmente diferente vivir bajo un régimen de sexuación u otro. Ojo: no hay solo dos regímenes; masculino y femenino son suficientes para nombrar realidades con tendencia reproductiva, aunque no fecunden, pero muy insuficientes para designar el potencial de creación de lo humano.

¿Hannah es mujer? ¿Yo soy Hannah? Desde que vivo en Cataluña siempre me he dirigido a los demás en el idioma de su elección. Varias veces he pensado: ¿y mi elección, dónde está? A veces pienso, medio en secreto que ahora os cuento, que mi idioma aún está por habitar, aunque lo hable, y es el francés. Por eso no ha cuajado mi integración, que algunos querían que fuese una asimilación (y que durante años también quise que fuera, para no quedarme excluído del mundo de los autóctonos). Así que, tanto si os dirigís a mí en el género gramatical femenino como si lo hacéis en el masculino, ya no os estoy contestando en el idioma en que me habláis; ese género, sea el que sea en qué se traduzca al dirigiros a mí, ya lo he puesto yo: es el mío.

Pocas cosas me han resultado tan liberadoras como aprender a dejar de ser esto o aquello para poder ser más que la suma de las opciones que se me ofrecían de entrada. El mundo está colapsando, tanto a nivel medioambiental como humano. Y no os voy a hablar del antropoceno ni de teorías apocalípticas. Solo os quiero decir una cosa más, hoy: aprovechemos sabiamente su colapso.

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