No apartes tu mirada

“Ya te ha llegado más carne fresca”, bromea un compañero hetero, padre de familia, que aún se confunde con mis gustos particulares pero sabe perfectamente que prefiero los hombres aunque Hannah haya hecho tambalear el concepto. ¿Hombre? En el punto álgido de la sustitución hormonal, en los días de progesterona, me sentía atraída por hombres con coño, me volvían loco, era algo que no podía evitar. No pensaba en sexo, solo en mirar por internet su forma admirable de masturbarse, sus gemidos entrecortados y sus corridas generosas. La “carne fresca”, según las palabras de mi compañero, era un chico escandinavo fibrado, bien arreglado, con cierto aire de intelectual, pluma delicada, que hará las delicias de muchos gays pero no las mías.

Lo que me pone realmente es la gente que me mira a los ojos. Por favor, miradme a los ojos, al menos cuando estamos hablando. Dejad el móvil. Seamos analógicos. Por suerte hay muchos en el curro que entran en esta categoría. Luego, dentro del conjunto de los que miran a los ojos y no apartan la mirada, y pueden incluso aguantar los matices de humor, ironía, conocimiento y demás complicidades sin pestanear ni interrumpir la mirada cuando uno de los dos nos tenemos que tragar saliva porque hay algo ahí que se mezcla y no sabemos muy bien lo que es, dentro de ese conjunto está el subconjunto de aquellos que tienen cosas qué decir. Normalmente, son también los que saben escuchar. Poder comunicarte con alguien que no conoces personalmente pero con quien compartes el lugar de trabajo mirándonos a los ojos sin filtros ni vergüenzas ni salidas de tono, y poder decirnos cosas que importan aunque sean pequeñas, aunque sean efímeras y tengan que ver casi siempre con el trabajo, eso es para mí un lujo.

Los demás ya pueden estar buenísimos según la prescripción de los cánones, ya pueden parecer ángeles, que los hay (tengo un compañero que parece caído del techo de la Capilla Sixtina y os daría algo si lo viérais en todo su esplendor), demonios, bestias en celo, que también las hay en la oficina (e impresionan), ya pueden guardar un enorme parecido con ese actor porno con el que me pajeé hace unos días o con aquél presentador de la meteorología que seguramente sea un gilipollas; si no saben hablar, si no tienen nada estimulante que decir, pero sobre todo si no saben mantener la mirada, no me interesan. Analógico, por favor! Gracias.

Ahora bien, en el ámbito de las fantasías, la mejor, para mí, es sin duda la de los imposibles. Un chico que está claramente fuera del campo de posibilidades porque está comprometido o tiene pareja o simplemente no le gustan otros chicos tiene para mí el perverso atractivo de ser inalcanzable, con lo que todo lo que pueda pasar entre nosotros está contenido de antemano por los diques del desencuentro de orientaciones: lo que yo busco, él no me lo puede dar, y yo estoy fuera de sus expectativas y deseos. Ambos lo sabemos, o quizás no; y no diré que una situación me resulta más excitante que la otra porque en verdad no lo sé. Me encantaba mirarle a los ojos a M., que se deja saludar y ser sonreído, y el hecho de enterarme que tiene novia no ha cambiado nada en la calidad de nuestras miradas cómplices en la resulta muy evidente que parte de su goce es saberse deseable por mí, y tener la suficiente confianza en ambas posiciones (la mía y la suya) como para seguir exactamente con el mismo juego. Sin embargo, J., del que no sé prácticamente nada, toma a veces la iniciativa de lanzarme su mirada sonriente, casi pícara, envuelta en un encanto de niñato mórbido en un cuerpo grande que es de lo más abrazable. Sin embargo, como no hay tanto de qué hablar, la cosa se queda allí.

Hay días en que toca la lotería y no solamente te miran a los ojos sino que los pillas mirándote de arriba abajo, y sabes que no tienes que interpretarlo como que te están tomando las medidas sino que simplemente te están observando como una secuencia más de información. Aquí somos todos informáticos. Ah, luego les dices que te mueres de ganas de tomarte una copa aunque hace un par de semanas que no te tomas nada de alcohol, y ellos como unos señores que se saben mover perfectamente entre lo sofisticado y lo gamberro, te empujan hacia esos placeres acotados pero nada desdeñables, y acabamos bebiendo juntos y nos reímos como si nos conociéramos mejor, las miradas se siguen cruzando y sabemos que todo es seguro, que todo está controlado, que hay una hora de caducidad en la que todos tenemos cita, otra vez, con la realidad: la de no mirarse, no hablarse, la realidad del miedo, de los muros y las pantallas, que son casi lo mismo. Pero mientras esa hora no llega, nos vamos revelando pequeños secretos a la velocidad del güisqui, lenta pero consentida, se eliminan centímetros o quizás solo unos milímetros de distancia, nos miramos más de cerca y la mirada sigue sin apartarse, nuestras pupilas se dilatan por el encuentro siempre enigmático de dos almas, y todo sigue en su lugar, nos damos cuenta de que no pasa nada, de que el protocolo es excesivo, y de que nadie cruzará líneas rojas. Nos instalamos en el placer afilado de reconocernos en nuestras penas y anhelos, cada uno en su lugar. Ya no tenemos miedo de ser deseados por quienes no deseamos, ni miedo de desear a quienes no nos desearán jamás.

Al despedirnos, parecemos masones, pero sin debernos nada, ni siquiera una próxima vez.

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