A los judíos nos hacen cosas

De vez en cuando, la vida se parece a un bosque de premoniciones. Terminé la última página del diario comparando la despedida de mis compañeros a la de un grupo de hermanos masones, y sin saberlo estaba anunciando algo que tiene mucho que ver con la tragedia sobre la que tengo que escribir hoy.

Tengo que.

Algunas obediencias masónicas han sido determinantes para consolidar las democracias modernas y redefinirlas en función de la necesaria justeza económica mediante esquemas de favores. En los mejores casos, los favores no sirven intereses meramente personales, sino que cada masón o pedrero se dispone a participar con su trato y lealtad en las aspiraciones del mundo, que es la obra simbólica de ese ente al que unos llaman D-os, otros Razón, otros el Gran Arquitecto.

Las mentes mezquinas juzgan a los grandes obradores por la pequeñez de sus propias aspiraciones y se inventan conspiraciones que poco tienen que ver con unos pactos mayores sin los cuales el mundo estaría aún más en peligro. Esto no quiere decir que los masones no se equivoquen, ni mucho menos. No se trata de una cuestión de superioridad ni de jerarquía, aunque internamente los hermanos deban estar organizados, y mucho, como toda arquitectura. Pero sí hay que reconocer que el mundo sin clases difícilmente subsistiría. Últimamente tiendo a considerar que, al contrario de la raza y del género, e incluso de las nacionalidades, que son todas ellas fuentes artificiales de identidad, la clase social es una fatalidad de la organización humana, por cómo se distribuye el trabajo y sobre todo la riqueza, por cómo se garantizan los bienes y cuidados básicos, pero sobre todo por el azar que determina dónde nace uno, y por la capacidad que tendrá para superar su condición inicial.

Paradójicamente, la masonería aparece como un tipo de organización vertical, muy jerarquizada y elitista, aunque el masón es más bien el ejemplo del que voluntariamente, y no sin sacrificar parte de su libertad y voluntad, se coloca al servicio de un obrar común. Por eso, más allá del manoseado tópico del contubernio judeomasónico, muchos judíos participaron, sin sorpresa, de esa misma consciencia y en ese mismo obrar. Solo por hablaros del Portugal del siglo XIX, cuando el culto aún era derecho exclusivo de los católicos, Leão Amzalak fundó la reputadísima Cocina Económica gracias a la que pudieron alimentarse miles de pobres de la capital portuguesa, y Simão Anahory creó Amparo de los Pobres (Nophlim) que proporcionaba una comida caliente los Sábados. Los dos eran judíos y no consta que fueran masones, pero sus razones e inquietudes no serían muy distintas de las que impulsaron al movimiento republicano, en el que la masonería y concretamente la Carbonaria fueron determinantes.

Sin embargo, la mayoría de judíos que conozco no aspira a cambiar el mundo, sino a contribuir para que sea un lugar mejor, ya que no contamos con realidades metafísicas ni consuelos intangibles. Sin promesas de cielo o infierno, nos hacemos responsables de cómo nuestras decisiones afectan al ecosistema, al entorno, a nuestra superviviencia como pueblo. Estoy convencido de que éste es un derecho absolutamente legítimo, pese a que los antisemitas quieran seguir confundiendo nuestra resiliencia con una forma de agresión. El antisemitismo suele operar de la forma más vil: con mentiras más atractivas que la verdad, falsificaciones no siempre más veraces que la historia, estereotipos fáciles de reproducir que explican realidades mucho más complejas que pocos quieren ver. Un pueblo demográficamente inferior y con una demostrada capacidad de superación solo podía convertirse, fatalmente, en un gran candidato a chivo expiatorio de los males del mundo. Da igual lo que hagamos, siempre tendremos más números en la quiniela del juicio.

Me asombra… casi me asusta la capacidad de distanciarme de mis propios sentimientos para poder escribirlos, que no describirlos… Esta mañana me he despertado con el pantalón del pijama muy húmedo. Me lo he tocado y lo he olido: me había hecho pipí. Ya me he tomado el desayuno y llevo un rato escribiendo pero a ratos se me acelera el corazón: sé que el motivo del derrame involuntario no es en absoluto gracioso, y nada apaciguador. Por respeto a su privacidad, no voy a decir nombres ni daré detalles, pero os aseguro que ayer tuve noticia de nada menos que tres amigos judíos que me informaron, en primera persona, de ataques antisemitas que han sufrido recientemente. Uno, por tener una mezuzá en la puerta (no me refiero a otro caso en cuya denuncia participé aunque el Ayuntamiento de Barcelona lo haya obviado, como institución antisemita que es); otro, por militar en un partido que defiende explícitamente el derecho de Israel a existir (insisto: el derecho a existir! en estas estamos); y un tercero, por tener un nombre inequívocamente judío.

Confieso que ayer me fui a la cama tarde y triste. Como siempre, fui al baño antes de irme a dormir. Recuerdo que me abracé a mí mismo. Pero nada me hacía pensar que el miedo haría “llorar” a mi cuerpo como a un niño espavorido. Quizás yo no sea un exagerado. Quizás no seamos nosotros los paranoicos. Quizás el antisemitismo haya vuelto para quedarse una temporada, pero no voy a escatimar en medios para combatirlo. Y si algo tenemos, además de principios, son medios. Muchos medios.

#WeRemember

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