A chope!

Hoy me pegaré un buen atracón de estereotipos. No comerlos, sino vomitarlos. Si no los veo ahí fuera, no podré analizarlos. Estoy comiendo mierda, pero mierda a tope. No tan mierda como comida basura, que también, porque fui un día al Kentucky Fried Chicken Sagrada Familia a ponerme las botas con un menú tres piezas crujiente con puré y Fanta naranja. Me supo a Santísima Trinidad pero el Padre (pollo) se me repitió mucho a la primera pieza, así que me empaqueté las dos piezas restantes y me las recalenté al día siguiente. Es bestial. Algo está cambiando en mí. Antes me hubiera zampado las tres piezas crujientes, siempre pido opción crujiente, nunca original (¿quién se pide original?). Original es ir de seudosano, es quedarse con el rebozado de huevina y la misteriosa selección de especias. Nada que ver con el crujiente, una capa espantosa de grasa ciertamente saturada y refrita que cuando la muerdes es como si estallaras de felicidad al ritmo peristáltico de unas peta zetas. Sonríes de tanta inmundicia. La comida basura siempre te hace feliz durante los primeros cinco minutos desde que te sientas.

Recalentar piezas de pollo de Kentucky Fried Chicken tiene algo de mérito, lo sé. Pero no voy a tirar la comida, ni el dinero que me costó. Estos días he hecho cosas peores, o mejores, depende del punto de vista y de vuestro nivel de empatía guarrera. Como cuando me hice una hamburguesa con carne picada por Ali, el famoso carnicero de la calle Rosselló, y a falta de pan rallado le metí más cilantro que carne. O cuando me tomé una imitación de Red Bull marca Carrefour para acompañar unas chips con bastante salsa Espinaler y unos restos de pera en almíbar, si no me equivoco. También he ido un par de veces, o puede que tres o cuatro, a la Panadería Colombiana y siempre he pedido café con leche largo de café y tarta de pan, buñuelo de queso o plátano frito con queso y guayaba, aunque me he quedado con las ganas porque las papas de carne están para llorar más que con el Titanic y no, no es una exageración: las papas de carne de la Panadería Colombiana las abrís, les echáis salsa picante de esa que te traen a la mesa con cachitos de no sabes qué, las acompañas con un jugo de naranja natural recién exprimido o un batido de fresa o de esas frutas que solo existen en las antiguas colonias españolas y lo flipas, lo flipas muy mucho, te vienen ganas de dejarlo todo e irte a uno de esos países aunque ya no todo sean papas, coca y Shakira.

Tengo que volver a Ali antes de terminar este informe sobre mi virtuosa alimentación, que seguro tiene que ver con el alto a las hormonas femeninas y el adviento de la testosterona que me está volviendo un auténtico machote latino, y eso que los cambios gordos están por venir. El caso es que Ali, que ayer descubrí con asombro que aún tenía la carnicería abierta a las 9 de la noche, tenía una cosa que parecía un chope halal. Os prometo que si véis un chope halal con un logo bien hecho, un gallito estilizado mucho más estirado que el de Le Coq Sportif, os entra como una nostalgia aunque no seáis de Marruecos. ¿Os ha pasado, sentir nostalgia por algo de un pasado que no es el vuestro? A mí sí, y no creo que sean vidas pasadas. Creo que es un tema de empatía estética como la que tenemos Ali y yo. No seáis malpensados, Ali es un señor respetable que me pone cero. Pero allí estaba el chope mirándome, y yo pensé “me lo voy a pedir, me lo merezco, me lo he ganado”, y estuve a punto de pedir el chope, las pastillas de caldo con sabor a cordero y la leche de coco pero he pensado “nene, frena el gasto que no sabes cuánto te queda este mes en el banco” así que le pedí solo el chope. Sorpresaaaaa… hay dos sabores de chope bajo la misma apariencia, bajo el mismo envase. La diferencia es imperceptible, el diseño es discreto: uno pone picante, el otro pone otra cosa. Otra cosa es, por cojones, insulso, aburrido, mediastintas. Así que picante, Ali, ponme picante! Llegué a casa, me aguanté unas dos horas. Heroico, tío, heroico. Luego a falta de pan buenas son tortas, pero como no tenía tortas cogí unas medias noches que son como un brioche industrial nefasto en dosis individuales para gastar más envase y joder el planeta solo un poquito más, les metí dentro unas rodajas de chope de pollo halal picante, unas aceitunas con relleno de ya sabes que no es anchoa, todo adobado exprés con un chorrito de mostaza otro de salsa Espinaler que aún le falta sabor, y no le metí un huevo duro cortado en rodajas porque lo tenía que hervir y estoy de un vago machirulo que os váis a cagar cuando me veáis peinado como una choni poniendo cara de heteroflexible. Sí sí sí. Os váis a cagar.

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