Cómo ganar dinero sin hacerte rico

He creado a Hannah a mi imagen y semejanza, sin injerencia de dios alguno, fruto de la química y el deseo, por la gracia de un médico con un conocimiento y un coraje admirables, bendito sea.

Y es que hoy, querida diaria, tengo que hablar de médicos, de deseo, y de un personajaco. Empiezo con los médicos. Los hay que, cómo decirlo?, son una enfermedad en sí mismos. Llevo dos o tres días con una contractura pesadísima, dolorosísima casi siempre e insoportable a ratos, pero insoportable a punto de que se me llenan los ojos de lágrimas de dolor. Por suerte, sigo en estado de gracia con mi trabajo, es una relación de amor que espero que dure porque a pesar de ver sus puntos débiles, como que las exigencias van en aumento, hay que mejorar los resultados y no hacer de la oficina una guardería, yo lo veo todo muy lógico, quizás porque las exigencias me las tomo como novedades y lo nuevo mola, y porque los resultados hay que mejorarlos, por supuesto, para que la empresa de al lado no nos tome la delantera, y la competencia sana puede ser muy divertida. Y claro, lo de la guardería no va dirigido a mí. Yo soy lo que se llama un señorito: sé que las leyes no han sido hechas para mí sino para aquella gente que no sabe convivir, que no respeta lo ajeno, y que tiene que estar siempre abriendo y cerrando la boca como si fueran peces. Si eres respetuoso, si saludas a cada jefe en su idioma, si no se te nota que les estás haciendo un poquito la pelota no solo a los jefes sino a tus compañeros, porque hay que intentar no caerle mal a nadie, y menos a los serios y trabajadores, y saludar convincentemente a los guapos para que te saluden y los demás te envidien, si te aprendes toda esa cartilla de mierda que incluye lucir modelitos audaces para que no te confundan con la multitud, entonces prepárate para triunfar como la Coca Cola, la Pepsi y la Coronita juntas.

Pero ayer, por mucho estilo que derroche, por mucha gracia que destile y por mucho curro que le saque a mi equipo y a otros porque la verdad es que voy sobradísimo de tiempo y precisión (y de puntualidad, y de compañerismo, y de simpatía, y… vamos, es que soy un empleado de ensueño que le puedo mirar al capitalismo con un desdén digno de Aznar), nada de eso me quita la contractura. De hecho, probablemente sea la razón para que vaya encogido sin darme cuenta, tenso sin percatarme, estresado con una sonrisa. El capitalismo dona pero no perdona. Te dona la certeza neurótica de ser normal y algo de dinero para vivir y distraerte del sinsentido vital, pero a cambio le das tu vida, eso tenlo claro. Yo lo tengo claro. Saberte esclavo no te hace más libre, no! Es un error pensarlo. Pero te hace menos idiota porque por lo menos sabes medianamente lo que estás haciendo, para qué te pagan, y qué debes hacer para mantener o incluso mejorar la situación y beneficiarte del poco pastel que queda. Por eso no les hago caso a los que dicen que soy un lameculos o un loco. Son unos pobres resignados, o unos perdedores compulsivos. Como normalmente no llegamos a conocer quienes hacen el pastel, hay que hacerse amigo de quienes lo reparten. No es una cuestión de ética. Es una cuestión de vida o muerte. Así de dramática es la realidad desde que terminó la historia y nos quedamos atrapados en el Capital: o te cuelas, o te echan. O cortas tú el pastel, o te quedas sin. O buscas entender cómo cambia el juego (porque nos lo van cambiando) o vas a perder. Perderás. Estás perdido.

Me he ido al médico esta mañana. Me ha tocado la espalda para localizar el dolor. Me ha tocado con sus guantes, su pantallas táctiles, sus separadores de contacto. Al principio me miraba a los ojos. Luego vio mi ficha. Me preguntó por mi medicación habitual. Luego me preguntó, específicamente: “¿Y Climen?” Y yo os pregunto, qué pensáis de alguien que os hace una pregunta sabiendo ya la respuesta? Y qué pensaríais de un médico bajito, tirillas, con sus bambas de no recuerdo qué marca, sus pasitos rápidos aplumados, que al final ya ni te mira a los ojos? En mi tierra, a esto se llama una mariquita mala. Luego ha venido un enfermero, más dicharachero, menos retorcido, más echaopalante, no sé si marica o no, el radar me falla y así me va, me ha propuesto un pinchazo en el culo y le he dicho que sí, claro que sí, entre una cosa que entra por la boca y otra que entra por el culo, me figuro que la segunda tiene que hacer efecto más rápido, digo yo. La verdad es que ha sido muy gustoso. El pinchazo rápido, un dolor ameno y mi posición… de risa. Yo estaba de pie y el enfermero en una posición un poco más baja. La imagen se habría vuelto peligrosamente gay durante unos cinco segundos, más que suficiente para hacer un gif, si no fuera porque el protocolo estaba claro. Como casi siempre en mi vida.

Ha vuelto la mariquita mala que me ha preguntado si yo quería la baja y yo, que no iba a ser menos mala, le he dicho “no, para nada, yo me iré a la oficina, me encanta mi trabajo” cuando en realidad le estaba espetando un “me das lástima, infeliz, con la profesión que a la que tus padres te condenaron para que pudieras consolar tus angustias com bambas, cenas, viajes, follamigos y todos esos escapes que una vida equivocada reclama”. Así me las gasto yo en pensamientos. Por fuera, cuando me conviene, soy todo sonrisas. Por dentro, estoy destrozando o pensando cómo puedo destrozar a la chusma que no me cae bien. No está mal para haber recibido una educación católica. Como decía George Clooney en el anuncio del Nespresso, “What else?”.

What else, what else, pues se me está haciendo larga esta página y no he hablado del deseo, ese que Hannah tanto ha desencaminado, afortunadamente, ni del personajaco. Pero hay más días que pinchazos así que si salgo con vida de esta contractura (pero párame ya de escribir!) os lo contaré el próximo día.

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