Suerte de los corderos

El tiempo apremia. Mañana a las 8h50 debo ir en ayunas a que me saquen sangre. El médico me dirá qué me hizo Hannah, la Hannah en pecado concebida y sin regla menstruada. Esa Hannah físicoquímica ya no es solo una parte de lo que fui estos últimos meses; es parte de mí y yo soy, en parte, ella. Me ha cambiado el género, la raza, la nacionalidad. Me los ha reconfigurado, o quitado. Esto tiene una explicación que os voy a dar.

Tras el primero atracón de pornografía, fugaz como un estallido angelical, no he vuelto a tener ganas de sexo. Supongo que la testosterona debe estar ahí, pero quizás esté inerte. O quizás Hannah no quiera marcharse. Sin embargo, me parece injusto y falaz identificar a “mi femenino” con la desgana de cuerpo, ya sea el mío u otro cualquiera. Y digo mi femenino porque lo de “mi yo” es un error. El yo no nos pertenece. Nos lo van haciendo, como la comida preparada, la ropa. Pero ahí está su presencia, Hannah, como si unas hormodrogas, permitidme el neologismo, como si unas hormodrogas me programaran para atravesar una divinidad femenina, una diosa de la fecundidad, sin que ella misma tuviera la necesidad de emparejarse. Ella se hizo fecundar por el acaecer de los días, nada más. Y dio a luz un nuevo Francesc, un hombre, sí, es niño, parece que es niño porque tiene pito pero por lo demás, si no caemos otra vez en el genitalismo, esta persona tiene un género propio que es, además, el que más le conviene.

No sabría ahora escribiros aquí rapidamente unas tres o cuatro o veinte líneas sobre la relación entre género y sexo. No sabría, sobre todo, porque estoy muy cansado. Estoy cansado del esfuerzo de intentar encontrar el equilibrio entre mi rareza y el orden mundial, la manera cómo las cosas se han dispuesto, el poco margen de maniobra que tengo para ubicarme allí de una forma un poco satisfactoria o por lo menos que me salve de ser totalmente engullido y aniquilado, que es lo que suelen hacer los filtros de Instagram y demás herramientas de uniformización, al igual que otros elementos totalitarios. No temáis utilizar esta palabra, porque de eso va Hannah: de resistir, mientras se pueda, al maremoto de la uniformidad. La gran onda avanza rápida en lo que es la duración de la historia, pero muy lenta según nuestra percepción, tan lenta que no cambiamos nuestra conducta, seguimos como corderos la corriente letal, dejamos de hablar del cambio climático para hablar de naciones.

Una nación, por favor!, oigo pedir como el que pide un café. Libertad! Independencia! Y gente que pide. Esta es la gente indigente que da de comer a la onda gigante. Me costó mucho trabajo y muchas penas darme cuenta de que las naciones, al igual que los géneros y las razas, no existen. No, la nación no existe. No es real. Ninguna nación lo es. Se puede decir que “el género es una construcción discursiva”, que “la raza es un sistema de clasificación artificial”. Eso está muy bien, y es verdad. Pero yo quiero saber en qué se basan los creyentes del nacionalismo para admitir que con la nación pasa algo distinto. Yo no soy quién para negarle a un pueblo su derecho a la autodeterminación, pero tengo el derecho de preguntarle a alguien cuál es su pueblo, y qué le hace pensar que pertenece a uno. Tengo ese derecho porque puedo hablar y reconozco el derecho de los demás a que me hagan la misma pregunta, y se la puedo contestar porque pertenezco, efectivamente, a un pueblo. Pero mi pueblo no tiene nación, y quienes aseguran lo contrario viven todavía en una fantasía infantil porque necesitan unos padres o, en su defecto, unas instituciones que les digan quienes son. El error está en delegar la realización de nuestros sueños en una gente que nunca ha podido hablar por nosotros, ni podrá. Es por eso que hay que preguntarse primero qué es un pueblo. También hay que tener claro que la autodeterminación es como la autoayuda y el autoerotismo: si alguien te da una manita, olvídate del auto. Si tiene que venir alguien a hablar por ti, a declarar no sé qué cosa, no te engañes: ya puedes seguir creyendo que eres hombre blanco, mujer negra, español, catalán, y todo lo que te quepa en el imaginario. Te deseo suerte. Ni siquiera los corderos lo tienen fácil.

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