Metamorfosis

No me gusta decir que soy pobre. No es que no me sienta, pero me avergüenza saber que hay quienes tienen menos, mucho menos que yo, e incluso hay quienes no tienen nada. Entonces no quiero quejarme. La queja de no tener, ante la desigualdad, es un derecho moral de aquellos que no tienen, o que tienen poco; pero en boca de los demás, es una inmoralidad y una banalización de la pobreza.

Sé que hasta hace un tiempo yo no hablaba de moral, o solo para criticarla. Me refugiaba en una distinción pedante respecto a la ética, como si ésta última fuera intelectual, bienpensante, y la moralidad, un vicio gregario de católicos. Era lógico que yo aborreciera la moral: entre el paternalismo racista y sonriente de las misiones, el machismo impenitente, enfermizo, y las perversiones de la jerarquía, que empiezan en los seminarios y parroquias y terminan en la podredumbre del Vaticano, el que un par de curas me toquetearan (sin permiso, naturalmente) solo confirmaba mis razones para odiar a la “casta meretriz”, como le llamó Ambrosio de Milán a la iglesia romana: castas sus intenciones, pero su moral totalmente prostituída.

Una pregunta que me tengo que hacer es hasta qué punto ese binomio de castidad y prostitución habrá dictado mi largo, impuesto celibato. Desde hace tres años solo tuve un “caso” con un arquitecto que, para no variar, me mentía compulsivamente, y no sólo a mí, sino que se benefició ilegalmente de información privilegiada para ganar un concurso “público” de la Generalitat, para un encargo de la consejería de Educación. También hubo cierto psicoanalista con un apellido muy familiar que, con la excusa de charlar sobre la influencia del judaísmo en nuestra labor, me citó en su despacho para pedirme que me bajara los pantalones, así, textualmente. Estos curas modernos padecen la misma falta de vergüenza e integridad moral que sus correlativos católicos. No tienen ninguna consideración por lo que no quieren, o no sienten, los demás. Son, tecnicamente, perversos.

A la preservación de este orden corrupto ayuda mucho la mezquindad entrañada en las mentes más piadosas. Así se entiende, bajo otra luz, la sabiduría proverial de que “en todos lados cuecen habas” o, como tantas veces le oí a mi hermana: “acontece en las mejores familias”. La diferencia de mi hermana respecto a la gentuza a la que he nombrado antes es que ella siempre ha sido una católica sensata, cumplidora pero crítica, con un sentido profundo de la misericordia y de la lucha, algo indisociable de aquella iglesia más combativa, más “social”, más “roja”, que, en Portugal, sacó pecho en la década de la revolución de los Claveles. Pero sobre aquellos años 70 ya pesa casi medio siglo de desolación. Mi hermana, mi querida querida, sigue siendo para mí un lucero de principios justos y criterios sanos, y tenemos la suerte de poder hablar con seriedad y serenidad de nuestras diferencias con respecto a la herencia familiar.

También esto me ayuda a entender por qué llevo tanto tiempo solo. Al haber sido desheredado, en la práctica, por mis inclinaciones afectivas, pude aferrarme a la libertad de ser, simbólicamente, un apátrida. Por el descubrimiento de una identidad judía remota, debidamente purificada en la hoguera inquisitorial, me autoricé a inventar lo que faltaba. Mi compromiso con los míos se ha convertido en mi mayor riqueza. Quizás por eso no me apetezca unirme amorosamente a alguien que no sea judío, o que no pueda compartirme con la lealtad que he decidido deberle a los míos. “Mi” pareja no es mía; el pueblo sí lo es, porque yo también soy de ellos.

Con toda esta riqueza espiritual que poseo y de la que participo, no creo que tenga ningún derecho a quejarme de que no puedo desayunar fuera cada día, o que no puedo pagarle a un modisto que me haga la ropa a medida, o a un chico de compañía que me dé lo que no puede darme y, menos aún, venderme. Por un lado, ¿cómo voy a incluir los servicios sexuales entre los bienes de primera necesidad? Por otro, ¿cómo puede alguien vivir sin un abrazo afectuoso, sin sentirse amado y afortunado, sobre todo cuando te viene aquél falso amigo y te dice “yo también he estado mucho tiempo sin pareja” pero sabes que folla como un conejo suelto, o “lo importante es que te sigas queriendo y estés disponible, lo demás aparecerá solo”. Es textual, señoras y señores. Gracias a d-os, la presencia de la gente malqueriente en mi vida es cada vez menos notoria y frecuente porque decidí reconocer mi tiempo como el bien exclusivo que es.

Esto me lo quedo: el tiempo no es dinero; pero mi tiempo es un bien exclusivo. El día en que me muera, no habrá nadie que pueda heredar ese bien. Solo quedarán fragmentos que formarán, quizás, nuevos afectos; pero ya no estaré para disfrutarlos, porque la muerte, ella sí, es la gran perversión y no tiene ningún reparo en llevarnos el día que toca. También os dejaré mis textos, miles y miles de páginas que siguen sin publicar, centenares de ensayos en castellano y francés, dos tesinas, una tesis, docenas de artículos científicos en inglés, una novela en catalán, dos más inacabadas, miles de poemas y letras de canciones en portugués, muchos de los cuales ya no sé dónde están, y más cosas que siguen resonando, como una música secreta, en las entrañas convulsas de quién escribe esto, ahora.

No puedo terminar la página del diario de hoy, que me asusta un poco con sus aires de testamento, sin contaros que ayer por la mañana, después de mucho tiempo, me pasó una cosa medio kafkiana y es que, al mirarme en el espejo de un probador, vi mi cuerpo como un insecto. No fue una alucinación, simplemente una visión metafórica de mí mismo con el esternón ligeramente desplazado, el tórax más prominente, el pecho fuera de su sitio, mi cabeza pequeña como la de un moscardón, dos juncos mis piernas, y unos pies como de pato. Las imágenes exageran la realidad que vi, pero no tanto como podáis pensar. Y la peor de todas las imágenes fueron unas alas que no eran mías y que me empujaban hacia un suelo más lejano que mis pies y que enmarcaban mi cuerpo en toda su monstruosa disformidad. No pienso que sea una imagen de mi muerte porque los finales no suelen anticiparse demasiado. Creo que es una imagen de mi desamor, fruto de malquerencias y desubicaciones, de actos desesperados y valientes que modificaron mi cuerpo y me alejaron no solamente de los cánones de lo deseable y lo conveniente sino de la mismísima normalidad, que tanta devoción os merece. En ese espejo escuché efectivamente el grito callado diciéndome “eres anormal” fuera de todo insulto, de toda agresividad. Eres anormal: porque nunca fuiste amado como querías, nunca te sentiste satisfecho, aún de la forma más precaria, que es la que abunda, y te escondiste en tu cuerpo cada vez más único y raro e indeseable, como un aborto nacido por error. O por profecía.

 

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