ASMR

Me dice el teléfono que hice la última llamada hace cuatro días. No recuerdo cuándo haya estado tanto tiempo sin llamar a nadie. Desde luego, en los tiempos que corren, nos llamamos constantemente ni que sea para no disfrutar de un paseo a solas, o para entretener la espera del tren o un viaje aburrido. En definitiva, cuatro días sin llamar por teléfono se parece más a una cura de desintoxicación que a algo casual. Tampoco he enviado muchos mensajes. Las aplicaciones de mensajería no me van bien. Hay conversaciones que se han borrado por completo. He perdido contactos. Empiezo a pensar que, en realidad, mi teléfono es un instrumento de incomunicación que, cuando hablo con alguien, es porque ha dejado de funcionar.

Todo esto viene a cuento por el episodio del probador cuando me vi desfigurado en el espejo de una tienda. En mi cabeza, de un modo que me perdonaréis que no os pueda dar masticado porque no lo entiendo todavía, surgen mezcladas la visión de mí mismo como un insecto, la película Cincuenta Sombras de Grey, mi relación con E. (la última que he tenido, hace por lo menos cuatro años). Cuatro años sin amor, cuatro días sin hablar por teléfono, cincuenta tonos de gris, una desfiguración, veinticinco minutos que tardo de casa al trabajo caminando, veinte minutos de ASMR, y esos cinco minutos de diferencia que, a la vuelta, son el tiempo de apagar el mp3, quitarme los cascos, guardarlos en el bolso y volver a mentalizarme que la vida no es una fantasía binaural.

Hoy quiero hablaros de mi hermosa y perversa adicción, quizás la única que tengo. Puedo estar sin fumar el tiempo que quiera. Nunca he tenido la necesidad de drogarme. He dejado todo tipo de psicofármacos sin hacer destete, es decir, de golpe, y no se me ha estropeado nada. El alcohol me aburre. El café… bueno, sí, me tomo mucho café pero no me quita el sueño, y el día que no me lo tomo tampoco es para subirme por las paredes. Y la comida, por supuesto. Disfruto comiendo. De hecho, cocinar es una de las actividades que dan una recompensa más inmediata: me apetece un arroz de tomate, lo hago y me lo como, y está incluso mejor que el que me hacía mi madre. Esta lógica de falta, deseo y procura de satisfacción tiene el mismo diseño que otras adicciones. Concretamente, tiene el mismo diseño que mi adicción al ASMR.

Algunos sabréis de qué se trata porque os hablé de ello, o porque lo habéis escuchado, o porque sois consumidores. Si buscáis por internet, os aparecerán miles de vídeos de ASMR, el acrónimo inglés para Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma. También los encontraréis buscando la palabra “binaural”. Esto es porque el ASMR se refería inicialmente a la sensación de cosquillas o escalofríos que podemos sentir al escuchar determinados sonidos, sobre todo sutiles; y porque es más fácil disfrutar de esas sensaciones escuchando esos sonidos con unos auriculares estéreo que puedan reproducir una grabación que normalmente se hace con dos micrófonos o con un micrófono con modo binaural, como uno que tengo.

El caso es que hace tantos años que utilizo mi voz para leer y hablar en situaciones técnicas como son la publicidad y el psicoanálisis que he tenido sobradas ocasiones para comprenderla. Cuando hablo de mi voz me refiero por supuesto al aparato fonador, que me dejó afónico durante seis meses, tenía yo trece años, en plena pubertad, lo que propició mi encuentro con una maravillosa logopeda infantil. Con ella aprendí a respirar y a colocar bien la voz. Pero también me refiero a las clases de lingüística francesa en el último año de carrera. Entonces me enseñaron las frecuencias diferenciales del sistema vocálico francés. Ya en aquél entonces los tecnicismos hacían mis delicias porque apoyaban mi disfrute de mi propia voz de bajo en unos conocimientos científicos a los que más tarde saqué provecho económico haciendo locución de anuncios.

Pero todo tiene un pero, y este disfrute se volvió en mi contra.

Llegué a gustarme tanto en los anuncios que empecé a necesitar escucharme en ellos; sobre todo cuando me encontraba desmotivado. Qué bien sonaba mi voz en la tele, en la radio, por internet, en las salas de espectáculos, señoras y señores, apaguen sus móviles, hazte este seguro, cómete esto, cámbiate aquello. Esa voz masculina, tan suave y aterciopelada, ideal para despertar necesidades insospechadas en consumidores que siempre anhelan sentirse más seguros, más satisfechos, siempre protegidos, muy especiales, esa voz es mía y por eso mismo tiene para mí el peligro de que puedo escucharla cada día, siempre que quiero.

Esperad un poco. Sé que aún no os he dicho dónde esto puede ir a parar más allá del evidente narcisismo. Pues bien, esto es más grave que un simple narcisismo exacerbado porque, además de tener la voz que tengo y que nunca jamás nadie me ha dicho que no le gustara, yo tengo además una hipersensibilidad acústica, un síndrome de Stendhal muy desarrollado, centrado no solamente pero también en el sentido auditivo. Los que no sabéis lo que es padecer realmente ese síndrome, ciertamente no podéis conceber que sea una fuente de angustia el tener tanta facilidad, tanta propensión a ver tanta belleza en lo real.

Sumad ahora a ese desajuste, que desde luego no puedo vivir como una suerte ni como una virtud, el hecho de tener una voz acústicamente tan agradable como la mía (agradable es un eufemismo; yo estoy enamorado de ella desde los trece, cuando la escuché por primera vez). Escucharme, sobre todo en una grabación, se ha convertido en un vicio, una verdadera adicción. Cuando envío un mensaje, necesito escuchar cómo suena mi voz, y siempre, invariablemente, el retorno es positivo.

Pero la cosa no se queda aquí porque, como saben todos los adictos, hay un momento en que la sustancia no es suficiente. Hay que aumentar la dosis, cosa que en mi caso ya no puedo hacer, o añadirle otra. En mi caso, otras voces.

Es aquí donde entra el ASMR.

En mi mp3 siempre he tenido una carpeta fetiche con registros de mi voz. Algunos son registros de canto: cantando no soy tan bueno como locutando, o sea, haciendo anuncios, pero aún así, cuando me escucho cantando, y aún desafinando a veces aquí y allí en las versiones que interpreto y en los temas que compongo, mi timbre me resulta adorable. El fraseo me emociona. Hay algo repulsivamente perfecto en mi timbre. O quizás, como me educaron para malquererme, no puedo soportar que haya algo en mí que sea indefectible, impecable, inmejorable.

Hace tiempo que tengo otra carpeta: la carpeta ASMR con archivos obtenidos a partir de vídeos que he ido bajando de forma muy selectiva. Esto es porque, contrariamente a la pornografía, que invita a sus usarios a comportarnos como en un grotesco buffet libre donde la ley es la de cuanto más mejor, el ASMR requiere un tiempo de cata, de tasteo, hasta que tu audición empieza a empatizar con este timbre o este idioma más que con aquél, con estos efectos de toqueteo auditivo más que con aquellos de fricción, con las sensaciones continuas más que con las intermitentes, o se decanta por unos temas de juego de rol más que por otros. El ASMR es un mundo, un mundo en el que me llevo perdiendo desde hace… no sé cuánto tiempo, pero, por lo menos, desde que estoy solo.

Creo entender que todas las adicciones funcionan más o menos así, como sustituciones exitosas de una falta a la que nunca satisfacen completamente. Nos mantienen atados a una compulsión de repetición que ni siquiera respeta el principio de placer ya que, a corto o largo plazo, la nueva actividad o sustancia se establece totalmente en el espacio de aquello que está usurpando. Prueba de ello es el ASMR que encontré por casualidad ayer, tras volver a casa agotado por una situación conflictiva. Me faltaba, sin que yo lo supiera, alguien que me abrazara. Como un anuncio que nos dice qué nos hace falta y qué debemos hacer para rellenar eso que no tenemos, me salió, entre miles de resultados para ASMR con locutor masculino en inglés no nativo, duración aproximada de veinte minutos y otras especificaciones técnicas, un vídeo que me llamó la atención por el título, que contenía la palabra “abrazos”.

Es justo lo que necesito, pensé.

Efectivamente, con los cascos puestos ya en la cama, me sentí abrazado hasta alcanzar el efecto de esa mezcla indefinida entre solidaridad y erotismo, entre sugestión sensual y empatía entre desconocidos. Esa es la fórmula mágica que el ASMR explora de forma tan obsesiva como, de vez en cuando, magistral. Me sentí abrazado, sí, me sentí protegido, también, y me sentí profundamente solo. Lloré amargamente como no me pasaba desde el día en que estuve llorando tres horas a raíz de la primera sustitución hormonal. Esta vez lloré menos. Mucho menos. Porque cuando un ASRM me hace llorar, sé qué otro tipo de ASMR debo buscar para olvidarme de todo y quedarme dormido. Es droga por droga.

 

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