Etiopía

Hacía seis días que no escribía el diario. Cuatro días sin llamar por teléfono, seis sin escribir… No, no es del todo cierto. Hannah duerme todo lo que necesita para poder desarrollar su actividad profesional, ver miles de vídeos cada día, moderar todo ese contenido, y rodear los efectos secundarios de estar expuesta a un serio volumen de imágenes. ¿Os gusta cómo queda el serio en la última frase? A mí también. Pero cuando Hannah no duerme, duermo (hay gente que alterna entre femenino y masculino, yo alterno entre personas, primera y tercera), ella escribe, escribo, escribimos otras cosas: mensajes, mensajitos, correos, correítos, y un sinfín de poemas y letras de canciones, muchas de las cuales acaban en manos del basurero digital.

Todavía es muy pronto para saber cuál será el destino real de algunas de esas letras, que cuentan algo de mí que Hannah no sabe explicar, o no puede. Son textos tabú que se merecen un escenario, sí, un escenario, no una galería o un especio público donde podría hacer una performance porque la performance, una vez encarnada en un cuerpo tal como se ha hecho carne en el mío, ya no tiene miramientos ni remordimientos, se contradice en apariencia, se lanza a lo escénico para restituirle a la música, al drama, al monólogo, el recuerdo auténtico de una infancia ida.

A medida que se despiden los efectos del estradiol y la progesterona y mi piel se vuelve otra vez más gruesa y grasa, recordándome una pubertad lejana, un león se despierta, una autoridad imponente, llena de rabia contenida. Quiero llevar en mí todos los géneros, que son iguales a ninguno; y todas las razas y naciones, todas iguales en esencia y esencialmente inexistentes. Llevo en mí, como un niño por nacer, el signo innegable del destino del mundo.

Me río del último de los insultos: globalista. Es un insulto nacido en el seno de los nuevos nacionalismos para acusar, cómo no, a los judíos de ser nada menos que migrantes de élite, como si los billetes nos saltaran de los ojos como lágrimas de felicidad y no tuviéramos nada más que hacer que salir de la cuna dorada a dominar el mundo. Hay que ser muy mezquino para correr un velo sobre nuestra historia hecha mayormente de exilio y segregación con breves períodos de paz sujeta a extremas precauciones y la prosperidad que el nomadismo permite. Hay que ser cruel e ignorante o las dos cosas para inventar un relato que pasa por alto la persecución que, en al menos dos ocasiones, desembocó en genocidio. Esto hay que recordarlo siempre, y no solo los judíos ni solo los gitanos ni solo los homosexuales. No es una cuestión de minorías porque los árabes, que son mayoría en Oriente Medio, no lo son en China, y estamos asistiendo a la criminalización del Islam en ese gran país que de comunista solo tiene el tufo y el souvenir. Los chinos son mayoría en su país, pero no en Europa, donde a duras penas se hicieron un hueco hasta alcanzar, en algunos casos, un bienestar material envidiable y envidiado, de hecho, por otros europeos que viven del paro o de las rentas tanto como pueden. Es en este contexto de absoluta mezquindad e indolencia que aparece el nuevo-viejo mito del globalista, calcado de tópicos antisemitas que ahora recaen sobre todos los que nos buscamos la vida en el país que sea, adaptándonos a sus leyes, asumiendo sus símbolos, sus impuestos, incluso algunos de sus sueños y señas de identidad.

A lo que no pienso renunciar es a la tradición democrática con la que mi pueblo tanto tiene que ver, y que a día de hoy, cosa que hiere mi neshamá, que me duele en el alma, peligra en el estado judío, pese a que sigue siendo un lucero de valores occidentales en aquella parte del mundo, tan atribulada y codiciada.

Yo quiero a la democracia casi tanto como a mi vida. Casi, porque la democracia es laica pero mi vida es sagrada. En el knesset, el parlamento israelí, encontráis a la Liga Árabe, pero dónde veís un solo partido judío en todos los estados árabes, algunos de ellos islámicos de facto, que hay a todo alrededor, y en África? Os habéis preocupado en saber cuánto seguimos luchando muchos judíos para que el gobierno israelí reconozca el genocidio armenio? Os habeís enterado de que hace años que Israel abandonó Gaza, habiendo sacado incluso a sus muertos, trasladando cementerios enteros como condición para un acuerdo de paz que los terroristas nunca han permitido que tuviera lugar? Sabéis que los drusos, una minoría étnica y religiosa, gozan de plenos derechos de ciudadanía en el estado judío, pero los coptos, la minoría cristiana en Egipto, llevan años siendo perseguidos y asesinados por decenas por el mero hecho de no ser musulmanes? Entendéis por qué quiero tanto a la democracia, casi tanto como a mi propia vida? Entendéis por qué Hannah no sería posible sin un régimen democrático? Entendéis por qué el judaísmo no es en primer lugar una religión sino una ley encarnada en un grupo humano al que la misma ley dio consciencia de tener un destino común? Entendéis por qué no solo no discrimino a mis compañeros de trabajo árabes sino que, por afinidad de ser minoría, de estar en un país que cíclicamente nos expulsa, por la posibilidad latente de que se nos acuse de lo que sea, entendéis por qué no solo no los discrimino sino que les tengo un cariño especial? Mis queridos compañeros árabes, cuanto os quiero! Y cuanto deseo que surjan líderes más libres y capaces de soluciones de convivencia donde haya lugar y trabajo digno para todos!

Hannah está muy ocupada leyendo una historia del pueblo judío y otra del movimiento rastafari. Yo soy crítico con la política israelí pero simpatizo desde siempre con la idea de una nación refugio, y más que refugio, para el pueblo judío. Fue más o menos por los años de la persecución nazi que un hombre, Haile Selassie, tuvo la visión de que Sión también era en Etiopía o, dicho de otra manera, que el país africano era también un refugio espiritual dentro del mundo. Fue así que el movimiento rastafari nació, fruto de un sincretismo judeocristiano y de un movimiento panafricano con el sionismo como telón de fondo. Para entender que el sionismo sea un pilar ideológico de la liberación de los pueblos africanos, subyugados desde hace siglos por el colonialismo europeo, hay que no horripilarse con la palabra ni con el nombre de Theodor Herzl, y entender que ese movimiento no nace como un “bolet” en medio de la nada, sino que responde a la justa aspiración a tener un hogar, y al derecho a construirlo y defenderlo allá donde tiene raíces. Lejos del ruído de Oriente Medio, de los protectorados europeos y de los reveses de la nación judía, luego asimilada a los cánones de las democracias modernas, los rastas se convirtieron, no sin importantes contradicciones, en símbolo vivo de resistencia al imperialismo de las potencias occidentales.

Es probable que el día en que Hannah se haga rastas ya no sea del todo Hannah, pero ¿queremos ser algo del todo? No serán esas totalidades las que dan lugar a los regímenes totalitarios? Yo prefiero el camino de la disolución de identidades. Quiero mezclarme con vosotros. Por eso el nombre es tan importante. El nombre o los nombres. Hannah deberá desbautizarse de la roña del proselitismo nacionalcatólico para introducirse en la cueva de su judaísmo laico e impuro, para hacer el pacto con aquello que le robaron: la familia, el pueblo, la libertad, el fado, y hasta el nombre que no tuvo. Basta de Babilonia. Ella siente rabia por todo el daño, pero cuando la escuchéis gritar, sabréis que ha vuelto a nacer.

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