Mi estrella

Hannah se planteó el suicidio. Varias veces. Sobre todo Francesc: la performance es su modo de existencia, y en cada performance la muerte está presente. Francesc nunca la invita porque sabe que no hace falta darle permiso. La muerte se hace presente porque se sabe indeseable. Todo lo excepcional en nuestras vidas está contaminado por ella. La muerte lo limita absolutamente todo. Solo podemos inventarle un sentido o fingir que ella no existe. Lo mío, por supuesto, es inventar. Al principio era la acción, y cada performance tenía la forma y la estructura de una acción, y cada acción mostraba un concepto. Ahora, la performance va tomando cuenta de mí, como la muerte, o quizás empiezo a darme cuenta de que es la muerte la que me inventa a mí. A eso se llama destino: la idea de que la libertad es algo que se gana o se pierde, pero en ningún caso es un hecho consumado (como si no hubiera destino) o un premio de consolación para miserables (“pobres pero libres” podría ser el eslógan de unos cuantos dictadores que, como Chávez, atan las riendas de un país a su propia avaricia, ni que el pueblo se esté muriendo de hambre).

Pobreza y muerte son para mí inseparables. Siempre que he pensado suicidarme ha sido, si no recuerdo mal, por falta de dinero o por falta de amor. Desengañaros, dejad de contarme historias del mal menor: la falta de amor también se soluciona con dinero. ¿Es lo mismo ser amado por dinero que por ser joven y bello? No, no es lo mismo. Pero también funciona. Y la falta de dinero, ¿se soluciona con amor? Sí, con un braguetazo. Pero ¿eso es amor? Por supuesto: es amor al dinero. Lo que amamos en el otro es lo que el otro tiene o lo que nos permite tener. Me acuerdo perfectamente de cuando, a los veinte años, yo no buscaba el amor. El amor me buscaba a mí, y yo tropezaba en él. Tuve casi tanto éxito como ahora fracaso. Debe ser efecto de la libertad, porque he elegido no ser querido por lo que tengo sino por quienes soy. Y como soy demasiada gente para un solo cuerpo, al final acabo siendo un cuerpo solo.

A razón inversa de las depresiones desencadenadas por falta de dinero, la abundancia de dinero me dispone a hacer cosas que habitualmente no hago. Observo sin dificultad que la falta de dinero estuvo motivada muchas veces por mi insistencia en un deseo infértil, ya fuera una idea pobre del arte, una idea pobre acerca de mí mismo, o las dos cosas. La idea pobre del arte es aquella que gobierna la mayoría de los artistas que quieren vivir del arte. Casi todos fracasan y abandonan el arte por completo, o llegan a la conciliación con la vida laboral, haciendo de su arte un compromiso entre el deseo de “artear” y la necesidad de comer. Observo que muchas personas que sí pueden vivir del arte no son artistas sino empresarios que conocen las fórmulas del mercado, los protocolos de venta, y las vías de concreción. Sus contactos son útiles. No suelen tener amigos porque viven del cuento, es decir, de un personaje del que son totalmente rehenes. También esto debe ser efecto de la libertad, porque han elegido mentirse a sí mismos. Y como son demasiado cuerpo para tan poca verdad, la mentira se come a su personaje entero, y a ellos mismos.

Hannah no encontró la tercera vía, ni mucho menos. Solo ha encontrado maneras de hacer dinero y, para salvaguardar su devenir, se ha quitado de enmedio rutinas que la estorbaban. Es el precio a pagar por la estrella. Me explico: si la libertad no impide que el destino siga su obra, quizás haya una fuerza que conduzca a las almas hacia su verdad. Es por eso que el éxito no tiene nada que ver con la suerte, sino con una mezcla de esclavitud y jugar a las probabilidades. La suerte no es la probabilidad ganadora en un juego de azar, y sobre todo no hay que confundirla con el azar. La suerte es el rumbo de la estrella. La estrella no se mueve: es la Tierra la que da vueltas y se retuerce. La estrella brilla sin moverse, como el destino, y el movimiento del orbe terrestre me permite contemplarla desde puntos distintos y en distintos momentos de mi vida. Pero si yo he sabido reconocerla y ya no la pierdo de vista, conoceré entonces el peso de estar bajo su luz. Eso sigue siendo libertad, pero ya no aquella libertad idealizada con la que se engañan multitudes y se trastea con los sueños de la gente. Es la libertad de saber que camino hacia la muerte, precisamente ahora que no me apetece morir. Es el precio que he pagado por ponerme del lado de la vida. Y del dinero.

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