La muerte en mi piel

De todas las cosas que nos están pasando, a Hannah y a mí que aún no tengo nombre, retengo las que nos marcan, a mí o a ella, o a ambos, por casi trascendentes de tan costosas, o por tan pequeñas que no se hablaría de ellas. El tiempo acaba revelando que no son tan particulares ni tan extrañas: muchas veces, el diario de Hannah es un decir cosas que os pasan a muchos de vosotros, pero que casi nadie osa decir o que yo digo en unos términos suficientemente sugerentes para que me sigáis leyendo, pero lo bastante herméticos como para que no duelan demasiado. Por supuesto no quiero hacerle daño a nadie: a quienes se lo merecerían, no les brindo el privilegio, y a los demás, si se sienten ofendidos, ruego que se vayan a leer otra cosa.

El diario de Hannah es ante todo una prueba testimonial de hechos que incluyen pero no se limitan a una sustitución hormonal, cambios de apariencia, un ajuste ideológico, un registro de nombre, una situación laboral, varios sucesos afectivos.

El registro de nombre no depende solo de mí, sino de varios factores. Me refiero al nombre que todavía no tengo, y que sustituirá a los dos que me pusieron mis padres. El primero era el nombre de un hermano ya fallecido de mi padre, que fue padrino de bautismo y sobre todo un homosexual remitido a una vida religiosa no deseada, donde debía encauzar su desvío. El segundo nombre me lo pusieron en referencia a Francisco de Asís. Imaginaros que un día llegan los extraterrestres a la Tierra, exterminan una parte de vuestras familias y, si seguís con vida, os cambian el nombre a HM552 o a 04011k089ii881, y vuestra descendencia debe seguir adoptando nombres bajo el mismo patrón. Eso hizo la santa inquisición, y eso estoy tratando de deshacer.

Mi pedido de apostasía ha sido aceptado.

Eso dice un correo electrónico del cura de la parroquia donde me bautizaron hace treinta y nueve años. Aunque no elimine mi registro, como sociedad privilegiada que sigue siendo, la iglesia católica, a través de un representante suyo, declara, en un mensaje que sería válido en juicio: “registramos su apostasía”. Se formaliza mi renuncia a la fe católica, al cristianismo, y sobre todo al crimen institucionalizado que la iglesia perpetró durante siglos de ensañamiento contra miles de víctimas, desde mujeres condenadas por brujas a judíos condenados por teocidas (se ve que matamos a Jesús).

Quise celebrarlo con algo muy simbólico, y hay pocas cosas más simbólicas que el dinero, a cuyo cambio se puede comprar o rescatar casi todo. Algo que el dinero pueda comprar, pensé, algo que marque sutilmente, en mi propio cuerpo, la memoria ya transfigurada de las hogueras de la muerte, pero también la memoria de los animales en el pesebre de la casa donde encontramos el armario de la Ley. Pensé en las pieles de esos animales, en mi propia piel de animal de Ley, y en el humo de la bestialidad con la que generaciones de sádicos, autorizados por su fanatismo, mataron a mis ancestros “en nombre de dios”. Pensé en un perfume, el más caro que he comprado jamás, y descubrí con regocijo que lo acaba de reeditar uno de mis perfumistas preferidos. Cada mañana, antes de salir de casa, me señalo con ese incienso de cuero y fuego, cruzando las líneas del miedo, asumiendo mi linaje humilde y sagrado. Es como si fuera eterno y los muertos siguieran conmigo.

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