El amor tiene razones que el desamor reconoce

Ayer no lo vi. Hoy no lo he visto en todo el día. Sin embargo, a la hora menos esperada, ha venido. Yo ya me iba. He escuchado su voz. No me lo podía creer. Era él. No podía ser. Pero sí. Lo he reconocido por su voz, tan parecida a la mía. Un extraño temblor ha sacudido mi cuerpo desde dentro. Los síntomas de amor han aparecido, uno tras otro, distintamente: aceleración cardíaca, transpiración, ansiedad, dificultad en concentrarme. Porque el amor no es solo una condición humana. Es una enfermedad en el verdadero sentido de la palabra: un estado producido por algo que te hace enfermo, infirme, inestable. Si yo me hubiera levantado de esa silla, no sé si habría podido sostenerme sin dedicarle casi todo mi esfuerzo al sentido del equilibro. Porque el amor es embriaguez de espíritu que aturde el cuerpo. Es la subida a la cima de una montaña demasiado izada al firmamento. O al infirmamento. Eso es: un cielo redentor y enfermizo.

El amor no se esconde de uno mismo. Al revés: se le muestra en aquellos síntomas cuando no puede ser revelado. Pero si no puede ser revelado, el estado enfermo delata al que lo padece. No se puede esconder demasiado tiempo sin translucir o degradarse en males mayores. Algunos saben darle cuerda, conocen el arte de la relojería que no todo el corazón enseña. Otros, como yo, suelen perderse en la consideración de los mecanismos, o simplemente en la contemplación de su belleza, y se quedan atrapados en una especie de retraso existencial, o en un desacierto del alma que el tiempo no perdona. Quizás hoy mismo debería haberle mirado a la cara pero una parálisis total, anímica, provocada por centenares de decisiones equivocadas, de emociones negativas, de rechazos dolorosos y ganancias que nunca llegaron me hizo seguir en mi mundo, más allá de la hora marcada para abandonar mi sitio. Quizás todo eso se perciba desde fuera. De hecho, creo que alguno de mis síntomas ha sido interceptado por alguien que me observaba. Una fuerza enigmática me ha permitido dirigirle la palabra en respuesta a no sé qué pregunta. Pero aquél que es la causa verdadera de mi perturbación no habrá podido reconocer más que mi indiferencia o, con algo de suerte, mi parálisis. Cuando ha terminado su quehacer, ha vuelto a irse. ¿Con qué fundamento podría yo creer que me quiere? Tiene más fundamento creer en el anonimato de uno mismo. Pero el amor tiene razones que el desamor reconoce. Por eso, si otro que no me quiere percibe cómo me desobro en una especie de masa indistinta, cuánto más el que me tiene prendido percibirá, en el momento crítico, cómo me apago ante él solo para que brille más todavía.

Todos mis cálculos están previstos en la matemática de las células. Mi cuerpo no conspira para fin ninguno: la muerte ya está conspirada en todos los cuerpos, y el amor… el amor es la conspiración siempre fallida. Para conspirar hacen falta dos, y el amor es el eterno desencuentro. Basta con observar a quienes viven en pareja. Puede ser bello, puede ser noble, puede ser temerario. Puede ser un aprendizaje y un camino. Nunca es perfecto. Poned lado a lado dos relojes de cuerda: sus mecanismos son maravillosos; su precisión, admirable; pero tarde o temprano su hora será distinta y solo una mano podrá reajustarlos. ¿Cuál de ellos tiene razón? Seguramente, ninguno. Y la razón del amor solitario es como un costoso reloj heredado que nunca da la hora exacta porque sabe que ella no existe.

Puedo pensar en libros y negocios, puedo escribir y hacer mi trabajo, hasta puedo caminar bajo la lluvia de un día sin nubes, aunque me entorpezca el sinsentido de estar mi corazón en manos de un poder que desconozco. Y sin embargo todo está definido, todo me resulta familiar aún en su extrañeza. He vivido excesivamente y ya nada me sobrecoge. Nada me escandaliza o sorprende. Quizás el amor aún tenga el poder de hacerlo.

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