Todas las revelaciones son inoportunas

Estoy desnuda. Acabo de volver de un bar donde alguna vez he visto a mi amado. Allí he quedado con otra persona, a sabiendas que él no estaría. El caso es que algunos sentimos pasión de ausencia. Es como si prefiriéramos que el amor no se correspondiera jamás con nadie en particular. Amamos al vacío porque el amor es un envase que nos quita el aire.

Durante unas semanas que espero no se conviertan en meses, yo seré ese arenque en salazón, metido entre plástico y plástico, ante la mirada incógnita de los pasantes. De hecho, ya me siento así, en un escaparate refrigerado donde nadie me coge porque no llevo etiquetado. Voy sin precio.

Me quedé hasta un poco tarde en la oficina, casi todos los días de la semana, viernes incluso. Hace rato que han encendido las velas en la sinagoga, pensé, mirando el cielo ultramarino a través de una persiana levantada. Me comía un pan-de-Dios, un brioche típico de Portugal cubierto de masa de coco y huevo. A falta de amante, me entrego a caprichos que no me piden la mano. Los sentidos no llevan anillo. Pero tampoco te besan la frente cuando te despiertas.

Y cuanto menos explicable y correspondido es un afecto, más uno se desvía de su propio eje. Por eso no podemos negociar con sentimientos: de entrada, son deficitarios. En la oficina, no perdí el tiempo: me quedé disfrutando de la ausencia de Él. Esto no es masoquismo. El masoquismo es el disfrute en el dolor o en la degradación, el goce de creerse objeto del otro. En realidad, a menudo es el masoquista quién controla el juego porque juega justamente a ser dominado, pero son sus límites los que determinan todo el territorio. Nada que ver con lo que me ocurre: los límites vienen determinados por mi impotencia; los ha trazado mi parálisis ante una imagen que desconozco, una especie de icono que, al interponerse entre mí y el sol de lo infinito, me muestra que la luz existe más allá de mi espectro.

Veo lo que tengo delante mío: un día que decae. Eso es: un día menos. He aprovechado bien la mañana, no tanto la tarde, pero siento que ha crecido un peldaño bajo mis pies. Si fuera católico, diría que es un milagro. Siempre he tenido problemas con los idólatras y miro con desprecio casi toda superstición. Respeto aquellos restos de pensamiento mágico que no interfieren con la razón, y por supuesto padezco un sesgo hacia mi madre, quién limpiaba la casa los viernes por la mañana, besaba el pan cuando se caía al suelo, y pronunciaba una extraña bendición cada vez que encendía la primera luz eléctrica, por la noche, en una fea cocina donde vi demasiado.

Pero si aborrezco la superstición, admiro a razón inversa los racionalistas apasionados. Puede parecer una contradicción pero no lo es. Lo sé porque ya no estoy desnuda, ni desnudo tampoco. Si me he puesto una camisa para dormir es porque hoy ya no saldré de casa. Y si no lo haré es porque dejé mi corazón en un lugar sagrado, perdido entre un bar y otro lugar cualquiera. Te quiero ausente, mi amor. Así no me dirás que no.

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