La montaña

¿Cuántas veces necesitamos repetirnos lo que ya sabemos? No siempre es una palabra al espejo, no siempre es un mantra, no siempre es un error, el de siempre. Puede ser una prenda de ropa que teníamos olvidada en el armario y que nos recuerda aquél día, o aquél consejo de la madre, tan certero y universal, que aún nos sirve y quizás siempre nos hará falta, y puede ser el olor de piel de uno mismo, ese que ya conocemos demasiado y se pierde entre colonias y rutinas.

Os digo esto por una razón: siempre he sido montaña. Tengo mis altibajos pronunciados, mis caminos tortuosos, mis caminos limpios y rastreados, mis piedras de saber, mis arbustos huraños, mis flores temporales y aquellos que las arrancan o simplemente vienen a olerlas y se van. Tengo el cielo sobre mi cabeza (cuando tengo la suerte de poder llevar la kipá sin que me miren con prejuicio, eso es todo lo que ella quiere decir). Tengo una ciudad a mis pies (y no es una ciudad cualquiera: es la ciudad eterna).

Al darse cuenta de esto, mi cuerpo trata de asimilar la palabra que un día me sopló un poeta. La primera palabra de un cuerpo que habla es su nombre. Es por ello que a casi todos, antes de salir a la luz, ya se nos ha nombrado. Y el nombre es, sin embargo, el primer prejuicio: prejuzga un género, una lengua, la adhesión a una historia familiar, un sentimiento de pertenencia. Incluso una etnia.

Espero que mi malestar os sirva de algo. Mi malestar con respecto a mi nombre fue solo el inicio de una búsqueda que me llevó a encontrarme a mí mismo, una búsqueda que no ha terminado aún y espero que esté lejos de terminar porque ahora es cuando me reconozco montaña y veo que he subido más bien poco. Pero mientras, espero que mi malestar con el género os haya servido, al menos a algunos de vosotros, para no dar tanto por hecho que hay que comportarse como esto o como aquello, porque ser mujer u hombre es un invento del que todos hacemos parte. Nombrar a Hannah ha sido muy importante para darle nombre a la mujer que también soy, o a lo femenino que también convive en mí. No tengáis miedo de ponerles nombre a vuestros femeninos, masculinos, purpurinos y otros -inos que llevéis dentro. Veréis cómo vuestra salud lo agradecerá.

Os mentiría si dijera que me da igual que me leáis o no, ni qué leéis y qué os suena, o qué os hace. Ya me habéis escrito, muchos, y me habéis dicho cosas maravillosas, y algunas terribles, también, y otras desagradables. Por eso sé que mi malestar respecto a la política, y concretamente a ciertas ideologías, sobre todo a las que no quieren parecer que lo son, también tuvo su efecto y lo sigue teniendo. Mi malestar respecto al país donde nací se trasladó a otros países donde he vivido realmente o en sueños. Pero como no se puede vivir siempre en un sueño, a veces uno tiene que levantarse aún sabiendo que chocará contra el techo. Es el problema de subirse a según qué literas.

Era inevitable que el malestar llegara también a mi piel. Cuando todo en mi vida era más grosero (¿quienes no han sido alguna vez víctimas de su propia barbarie?), quise quitarme la vida. Hoy que el viento sopla del sur, cálido y amable, solo quiero cambiar un poco de raza como quien cambia de género, es decir: sabiendo que ni una ni el otro existen fuera de las creencias construidas. Sin embargo, para desconstruirlas hay que saber un poco de cómo están hechas, y también hay que tener muchas ganas de jugar.

Por eso, cada vez que me acuerdo de lo bien que me lo pasaba bailando kizomba con mis compañeros de clase angoleños, mozambicanos o caboverdianos, de la sorna tan entrañable con la que me reprochaban no “desengonçar-me” como ellos, no soltar las articulaciones, las rigideces y los prejuicios, en definitiva, no ser negro como ellos sin que esto tuviera la más mínima connotación racista, me entran ganas de ponerme a comer zanahoria, tomate, calabaza, pepino, pimiento rojo, todo lo que tenga melanina, tomar el sol, volver a la playa, ponerme autobronceador, lo que sea con tal de ser más negro, rizarme el pelo, trenzarlo, cardarlo por eso de sentirlo más africano al tacto, salir a bailar aunque la kizomba de ahora ya no suene igual, y sobre todo ensordecer ante las voces puritanas, las que hablan de apropiación cultural, de racializados, de la pureza del otro, y de muchas otras mandangas. Son esas voces las que se apropian del malestar de otros para victimizarse por cuenta ajena y hacer unos discursos que auguran representaciones políticas, espacios mediáticos y veneraciones poco libertarias. Ahí no me veréis. Por eso los que han decidido odiarme suelen ser de izquierdas. Es una pena, sí, pero no la mía.

Yo crecí entre negros, gente. En Amadora, sombra de la capital del antiguo imperio colonial, ese que está al lado de la España no menos imperial. Al Reino, los antiguos colonizados llegaron sobre todo de las Américas, mientras a la República vinieron más bien de África, sin contar con los queridos brasileños e indios de Goa, Damão y Diu. Pero no se me llena la boca de antiguas colonias, ni expío culpas que otros tuvieron. Hablan quienes tienen que hablar, hacen quienes deben hacer. Yo no crecí entre esclavos ni con ellos. Fuimos generación de libertad, de ir a la escuela sin pensar en cómo llegamos a aquellos barrios: el mío, cajas de cerillas fabricadas al ritmo frenético de una clase media que crecía y se multiplicaba; el de ellos, casas sin todos los suministros y con menos permisos que también seguían creciendo pero que progresivamente han sido reemplazadas por hogares más risueños. Sí, había mi barrio y el de ellos. Pero entre uno y otro no había odio sino nuestra aspiración a que ellos tuvieran lo que teníamos nosotros, que tampoco era mucho. Yo estaba particularmente a gusto en sus casas y jamás me sentí inseguro. Todo eso vino después, con el retorno de los pequeños fascismos oportunistas. Pero lo que había, sobre todo, entre mi barrio y el de ellos, era una montaña baja, un altiplano casi, pero sí, una pequeña montaña que a mis diez años, para cruzarla y llegar a la escuela, se me hacía grande; se me hacía, literalmente, una montaña.

Ella también soy yo. Aquél kizomba también soy yo. Y las trenzas y las rastas. Y el negro de su piel, y el de la mía que no veis pero que está. Y el futuro judío que no queréis ver pero que ya es presente porque tiene mucha más historia de lo que quisiérais algunos de vosotros, los que hubiérais preferido que yo fuera otra cosa, o que hablara de otro tema. Pero no, y si estáis en ese grupo de personas os vais a joder pero bien: porque, en honor a toda mi historia, sobre todo a la que fue borrada, a la que ya no se puede exhumar porque sobre ella ha nacido mi montaña, en honor y por justicia renuncié a la confesión de todo aquello que la borró e inhumó, es decir, apostaté, y una vez rechazada la fe que no he tenido, renuncio amablemente a los nombres que no he pedido, que otros decidieron por mí, eso sí, con todo el amor que pueden tenerme y me tienen. Pero no. Basta. Ya he tenido suficiente. Francesc Oui sigue vivo, ciertamente, porque la muerte ya no puede separarlo. Estoy seguro que Hannah cuidará bien de él. Pero aquellos que me aman sin mirar a género, a color de dios o de piel, a orientación nacional ni sexual, a mis altibajos y accidentes naturales, sin esperar que yo condene a mi país eterno, a mi eretz Israel, esos pocos se quedarán conmigo y yo me quedaré con ellos.

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