Sin trenzas también hay paraíso

En la región india de Punjab es donde se concentra la casi totalidad de los más de veinte millones de sikhs o sijs que hay en el mundo. Decir que, para el sijismo, dejar crecer el cabello y la barba (“kesh”) es una señal de respecto hacia la Creación es quedarse corto. Para esta religión que sincretiza aspectos del hinduísmo y del islam, quizás la principal tarea y virtud sea la hospitalidad. Curiosamente, ésta es también una de las mitzvot o leyes fundamentales para los judíos.

La hospitalidad no se practica solamente hacia los demás sino también hacia el mundo. Por eso la ecología es una forma extensa de entender la hospitalidad: tengo el deber de cuidar al mundo, ya que es casa de todos. Y también podríamos decir que hay una hospitalidad hacia uno mismo, porque si no estamos bien en el cuerpo que es nuestra casa, tenemos el deber de acondicionarlo para sentirnos más a gusto en él.

Por eso Hannah no es una simple transición de género. Hannah es la identificación de lo femenino en mi existencia física, así como Sion es mi identificación como parte del cuerpo judío. Por eso tiene sentido, para mí, culminar una parte de ese proceso (que a la vez es más y menos que una transición) con una alabanza no a un Creador o D-os externo, metafísico, en quién delegar mis esperanzas y reproches, sino a mi vida, dejándome el pelo largo, no sé por cuánto tiempo.

El pelo, para mí, y con esta edad, no se diluye en una opción estética en el sentido pobre de una moda o tendencia, sino que responde a una tendencia interior, y es élla la que quiero dejar que se vea, se exteriorice. Si miro a los sijs es porque me atrae la forma cómo protegen el cabello con un pañuelo envuelto, colorido, y lo que esa protección significa, que quizás no esté tan lejos de la función del yarmulke. Y si miro a los rastafaris es, entre otras cosas, porque me inspira la manera cómo el pelo se convierte en lugar de reposo y de comunión con la raíz, la tierra madre. Para el rastafarismo, que es también un sincretismo, en este caso del judaísmo, el cristianismo y el movimiento panafricano, Sión es también el lugar del reposo, aunque no corresponde a la montaña de Jerusalén sino a una valle, y se identifica idealmente con Etiopía.

Ayer, al volver del trabajo, sentí la necesidad de hacer algo por el Sábado. Es algo que se va convirtiendo en una costumbre que me hace sentir en casa, aún siendo laico. Los laicos también necesitamos costumbres… y el calendario es una oportunidad de vivir el tiempo judío desde dentro. Por eso, al caer la noche del viernes, aunque esté trabajando, es poco habitual no recordar lo que está sucediendo en el interior del tiempo. Pero ¿qué está sucediendo? Según la Torá, D-os se pone a descansar. Es la idea del séptimo día, el día de reposo, que los cristianos trasladarán al domingo por identificarlo con el día en que su mesías habría resucitado. Pero mi día de reposo es el Sábado. Y si toca trabajar el Sábado, como no soy religioso, traslado ese día a otro de la semana porque el tiempo contable es, en el fondo, una realidad mecánica, alejada de la duración verdadera, del tempo de las cadencias anímicas, y del pulso que las acentúa.

Pero hoy es Sábado por dentro y por fuera. Ayer deshice mis trenzas en silencio y a oscuras, en mi habitación. No tuve ganas de reír ni de llorar. Solo sentí mi pelo entre mis dedos, me resultó nuevo tocarlo en todo su largo y con toda su textura al cabo de un mes de llevarlo trenzado. Fue solo una sensación, pero me pareció que no era solo el final de mi cuerpo, una punta o extremidad, sino que realmente es una parte de mí que me recuerda que me pertenezco y a la vez no, que puedo sujetar mi vida y a la vez no. Y ni siquiera es una cuestión de tener más o menos pelo, o de no tenerlo. El pelo, como el mesías, no existe realmente como tal: es una función que podemos asumir en mayor o menor medida, con mayor o menor responsabilidad.

Tuve una amiga que se sometió a quimioterapia a raíz de un cáncer. Perdió todo el cabello. Le pregunté si iba a pedir la baja. Ella daba clases en un instituto. Me dijo: “espérate y verás”. La semana siguiente, el primer día, me citó en una pastelería donde nos encantaba ir a desayunar. Apareció con un pañuelo en la cabeza, discreto y elegante, que le estilizaba el rostro. “¿A que estoy guapa?” No olvidaré la sonrisa con la que se fue a trabajar. Ella sabía que el que vive feliz en el hogar de su cuerpo es capaz de llevar la luz a cualquier parte del mundo. Aunque no tengas cabello, ni religión, ni mesías.

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