Y vino el rey David

Cuando el mundo me aflige, me refugio en los míos: en quienes me antecedieron, en lo que dejaron escrito, en la visión de justicia que perdura en mí.

No es fácil ser heredero. Hablo de una herencia inmaterial, compuesta de leyes, episodios que se vierten en preceptos, vidas que producen ejemplo, enseñanzas y anhelos. Heredar todo eso requiere un tiempo de recepción, de estudio y apertura, que los trabajos mundanos limitan enormemente. Pero a la vez, la experiencia nos brinda una especie de destellos de ese saber que heredamos, no sé por qué razón ni con qué mérito. El caso es que esos mismos trabajos, y las aflicciones que a veces nos producen, son también la negrura temporal sobre la que viene después a resplandecer la alegría de una luz perfecta.

Estos días no están siendo fáciles. Soy vigilado de cerca y de lejos. Siento el peso de miradas que casi nunca están a mi alcance y, si lo están, evito darles el pan de mi propia angustia. Por eso rehuyo ofrecerles mi mirada condolida. Evito maledicencias como si el rey David me soplara uno de sus salmos al oído, avisándome de los peligros con su voz y con su cítara. Entonces percibo en mis manos la destreza antigua de mis soldados. Hablo de “mis soldados” como hablo de “mis padres”. Ni unos ni otros me pertenecen, tal como mi herencia no es, tampoco, una cuestión de propiedad, sino de vínculo. Mis soldados son aquellos que lucharon antes que yo. Mis padres son aquellos que mi cuerpo interpretó antes de nacer. Y ahora veo que mis aflicciones son el preámbulo a mis mejores accesos.

Me explico: los antiguos romanos, que eran amantes de los eslóganes, decían “ad augusta per angusta”, es decir, uno llega a los lugares más destacados por los pasajes más angostos. Es una forma simplista de hablar de la aspiración humana; una forma más propia de una civilización bruta, idólatra y dada al artificio. Los grandes imperios acaban siendo signos de la degradación que sus vicios ya anunciaban. Eso no impide que tuvieran buenas intuiciones, sobre todo colectivas, y una de ellas fue la dificultad de sostener el camino hacia los grandes logros porque nunca se sabe realmente si lo serán, y menos si serán grandiosos. Por eso la resistencia, la permanencia en el tiempo, es uno de los logros más difíciles de sostener. Así, cuando algo me aflige tan profundamente que los demás no pueden verlo, renace en mí el espíritu de las grandes luchas, y todo yo soy una espada, y mi filo es la espera.

Pero, sin querer, dejé entrever mi victoria.

El Sábado fui a que me hicieran rastas. Fueron más de cinco horas de meditación y respiración lenta para resistir al dolor, sintiendo cómo me estiraban el pelo desde mis raíces y me lo preparaban para una batalla desconocida. Aunque no fuera real, la sensación era la de que tenía el cuero cabelludo en carne viva. La mujer que me blindó los cabellos fue ágil y diestra, consciente de mi padecimiento que por momentos se hacía largo. Entonces yo respiraba más profundamente y me llamaba “Sion, Sion!” – llamaba a mis cimientos, a la roca que me sostiene. Y me acordaba de que nada de lo que hago es sin propósito porque ya no soy el joven rebelde que elegía, por defecto, el atajo donde la ley se cuestionaba, o el rodeo que permitía saltársela. Ahora soy aquél que quiere conocer la ley para poder desearla; no para completarla, sino para completarme yo en ella.

Esto quiere decir que ya no vivo para ninguna moral sino solo para el derecho en su sentido más antiguo, de rectitud. Es la falta de ley, o su distorsión o incumplimiento, lo que permite una vida social basada en la lisonja y en el favor ilícito, en el nepotismo y en todo tipo de corrupción. Es la falta de ley la que incentiva a la intolerancia ante lo extranjero, al desprecio de la complejidad, al desinterés por la excelencia. La falta de ley está tan alejada de la paz como la perversión de la ley lo está de la justicia. Por eso el único camino que permite la convivencia es el que construyen unos pocos, los más atentos al rigor de los equilibrios, los que saben vivir al filo de la espera.

Tardé más de dos gestaciones en tener el cabello suficiente para armar mi cabeza de una corona ambigua pero inequívoca: una corona es una victoria. Inevitablemente me han preguntado si conocía el origen de las rastas, o si había dejado a Sean Paul por Bob Marley (muy buena, esta). Otros me han mirado con recelo, pocos con sincera admiración.

Antes de dormir, como cada día al principio de llevarlas, me las cuido con una mezcla de petróleo y cera de abeja, y es entonces cuando recuerdo el Sábado, cuando deshice las trenzas. Y es que hay treinta y nueve melajot [trabajos] que están tradicionalmente prohibidos el Sábado. No así los de destruir, que según el Talmud están isentos de prohibición. Es como si la creación tuviera prevista, en su cansamiento, la necesidad de romper con lo que hicimos. Y es por eso que mi corona de rastas, tan humilde y austera, ha despertado, además, la rabia de quienes han visto en ella el filo de la espera y la capacidad destructiva que mis manos conservan, intacta.

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