Tener hijos

La escritura me traiciona. En el cuerpo, todo parece suceder a la vez, como en capas morfológicas: el sol tizna mi piel, poco a poco, entre días de cielo abierto que sorprenden en los albores de marzo y otros menos soleados que recuerdan que, de este lado del mundo, aún es invierno. Bajo la piel, una ansiedad despierta a veces un temblor, y crecen hierbas dañinas que luego fenecen bajo aquél mismo sol. Secar me depura casi más que el agua. Pero bajo la ansiedad, un cuerpo de raíces sacude un recuerdo de virginidad como si yo volviera a una pubertad casi ingenua. Me enamoro costosamente, es decir: no sin consecuencias para la paz que anhelo. No sé si me gusta estar siempre así, expuesta al daño de las emociones violencias. Las montañas mantienen ante el viento y el tiempo una especie de compostura que es también su atractivo. Uno las busca para superarse, para recuperar el aliento o perderlo en una inspiración más profunda. Uno las sube para subir al alto de sí mismo sin perder de vista la humildad de existir.

La escritura puede nombrar la subida pero no permite hacerla. Escribir es bajar, es hundirse en el filtro del pensamiento. Si lo real es seco, escribir humedece. No se trata de vivir lo real, de perseguir su aliento puro, de correr hacia lo abierto. Eso es también una huida, involuntaria quizás, del lenguaje que todo lo acerca. Sin la letra, todo es desenfoque y lo real no puede más que recibirse borroso, desafectado y sin bordes. Hay que sujetarse a las orillas. Por eso aquello que me distancia del abismo es también lo que me aferra a las apariencias. ¿Qué sería el mundo sin literatura? ¿Cómo podríamos discernir el sentido literal si no percibiéramos la metáfora? Éste es, de hecho, el fundamento del género, que solo existe en el lenguaje como resto de la función biológica de reproducirse. Hay quienes viven para ello: lo apuestan todo en el emparejamiento, se lanzan a procrear, a veces sin haberse dado cuenta de la soledad que dejarán en herencia, se desviven por sus hijos casi como si fueran derecho y propiedad suyos. Por eso no es de extrañar que empiecen justamente por indagar si es niño o niña, como si esa distinción lingüística fuera tan real, o siquiera deseable. Asientan la identidad de una nueva generación en ese distingo tan ancestral como limitativo, y por eso nefasto para el devenir de la humanidad.

Reproducirse es solo un camino, una circunstancia. Lo importante es ascender sin perder de vista el suelo con sus piedrecitas, con sus flores variopintas, encendidas por la mañana. No lo escribo como un consejo para nadie; lo dejo escrito para que no se me olvide si algún día pienso tener hijos.

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