Ansiolíticos y efervescentes

Hay días en qué me levanto, abro el neceser (siempre llevo el neceser, como si nunca supiera adónde me iré), saco un par de pastillas y lo que haga falta ese día, puede ser el cortauñas, el antifaz para relajarme 5 minutos en el aseo de minusválidos de la oficina, o un ansiolítico, aunque ultimamente prefiero los efervescentes de taurina y ginseng de la sección bio del supermercado. Me tomo uno o dos efervescentes al día como si fuera un speed perfectamente envasado, más cómodo de tomar y, sobre todo, legal. Los complemento con dos a cuatro chicles de taurina que saben realmente a Red Bull. Los distribuyo en el trabajo por aquello de que si es bueno para mí, no será tan malo para los demás. Así es cómo me quité de los ansiolíticos puntuales: con taurina. No creo que a nadie le pueda parecer una sustitución razonable, pero tenida en cuenta la racionalidad que gobierna mis decisiones, hay tan poco de razonable en mi vida que no solamente acepto que el uso de razón tendrá que vérselas siempre con la inminente locura, como además me rindo, sí, rendirse es la palabra, es el feeling, me rindo al cortejo de la locura siempre y cuando mi vida esté centrado en sus ejes de felicidad. Y ¿cuáles son esos ejes? Se suele atribuir a Freud una cita según la que estar sano es poder trabajar o amar. No sé si es suya ni si es exactamente en estos términos, pero casi diez años después de haber terminado el doctorado y habiendo soportado un psicoanálisis inútilmente largo, puedo decir que la exactitud, en este tipo de atribuciones, me la sopla. Lo importante es que esos ejes estén presentes. El trabajo lo tengo: me apasiona, me da de aprender y de comer, y me paga tantas más necesidades de una vida contenta. Sin embargo, aunque me sirve de sucedáneo afectivo, es solo eso: un sucedáneo. Las miradas que recibo son también ellas el producto de un trabajo personal, de asearme y cuidarme y decidir bien qué ropa me pondré, cómo llevaré el pelo y tantas otras cosas a las que no veo importancia tangible pero que han sido debidamente asimiladas al sistema de producción, con lo que cuestionarlas ya es poco más que pasatiempo de perdedores. Pero si soy consciente de que la racionalidad que me rige contempla sinrazones, que la rutina y el sueldo fijo me otorgan el privilegio de incurrir en desvíos puntuales, entonces la consciencia de que las miradas en la oficina no me alcanzan para sentirme querido, la consciencia de que tres años de soledad son mucho tiempo en lo corta que es mi existencia, esa consciencia no puede menos que darme alas para lanzarme otra vez al vacío mórbido de los espacios experimentales. Estuve allá, lo hice antes; sé que no puedo quedarme. Pero el martes por la noche (sí, creo que hace tres noches) salí de la oficina tan plenamente vacío de abrazos que me planté en medio de la plaza de Glòries, con la torre de Jean Nouvel a un lado y el techo de los Encants a otro, contemplando sin pensar al gran falo luminoso y al “trencadís” de espejos, todo tan catalán y tan contemporáneo, todo tan pasado por el filtro de ningún lugar que fue en la puerta de acceso al metro línea 1 que me hallé a mí mismo, otra vez: esa línea, pensé, me llevará a Urgell, que está cerca de… no, mejor a Universitat, que es donde quedan las maricas para sus citas a ciegas. Me fui hasta Universitat con una resolución inaudita porque estaba llena de paz, y mi sonrisa no era casual. Cuando una sabe que puede que no encuentre nada de lo que busca, la búsqueda se vuelve un juego, y en buscar nada es casi siempre donde se encuentra uno. Entré en un bar, me compré un paquete de cigarrillos Camel “nuevo diseño, el aroma de siempre” como si estos eslóganes de los 70 siguieran funcionando, como si nada hubiera cambiado desde que nací, hace casi cuarenta años. Entré en la sauna escuchando una canción marchosa porque sentirse en martes es un aburrimiento. ¿Qué puede pasar un martes? Pero yo pensé “me siento martes, me siento muy pero que muy martes” y entré y pedí un 44 de chanclas porque luego te dan un 43 y te aprietan, la llave y la toalla, me quité la ropa, me duché, me toqué mientras se me disipaba ya totalmente la sensación kafkiana que tuve hace un par de semanas, quizás, en un probador de ropa, aquella sensación de ser monstruo, de tener un cuerpo incomprensible desde los lugares comunes y comúnmente violentos del género. No, el martes no, el martes bajo la ducha a medionoche, en una sauna llena de fieles que creens firmemente en la masculinidad, empezando por la suya, y que buscan a otros donde espejar de forma aún más superlativa esa masculinidad tiernamente ingenua, despiadadamente artificial e inexistente como un dios al que se le pide disculpas o ayuda según el estado de cosas. Me lavé especialmente bien el sexo, quise aprovechar la que quizás haya sido la última ducha con prepucio en una sauna gay porque no os engañeis, ni me engañéis a mí tampoco: nadie se quita el prepucio por placer, sino por necesidad de que el pene cumpla su cometido en el contexto de un cuerpo previsible, llamémosle masculino, o por compromiso, como es mi caso. Hay quienes se ponen un anillo o llevan un bindi. Para unos, el pene sobra. Para otros, le sobra piel. Pero en esa antesala de una lujuria siempre más imaginada que factible me pareció importante lavarme bien la piel como quien se despide ya de un muerto. Subí al laberinto de cabinas y jaulas, de vasos de agua para lubricar las anfetaminas y otros de cerveza y todo tipo de licores, no, no es una carnicería halal, pensé, y geles para el culo y condones con la interminable bandera del arco íris, cigarrillos fumados en la clandestinidad y un hilo musical rigurosamente español. Todo. De todo. Hombres demasiado previsibles, hombres sin nombre, pero hombres todos, de tan hombres me hicieron recapacitar y pensar que en la sauna como en el marketing hay que apostar por el valor diferencial, lo mismo es decir viva John nash y su principio del equilibrio: si todos los hombres prefieren a las rubias, tírate a una morena y aumentarán tus posibilidades de éxito. Así, sin pudor, carne de cañón, y menos mal que tuve la suerte de volver a casa ya pasadas las 3 de la mañana, y no, no me quedé dando vueltas al laberinto, tuve lo que buscaba, ¡tuve lo que buscaba!, los abrazos desconectados de preguntas molestas, los besos sin juicio, sin ataduras ni intercambio de números de teléfono, tan solo los nombres que quisimos ponernos, solo retuve que era libanés y probablemente fuera verdad porque hablaba aquél francés delicioso con un aroma árabe que no es el argelino, sino más apalatado y meloso, como un dátil. Mi testosterona se me reveló al máximo de las posibilidades que le conocía desde hacía meses y pude ser un amante preciso y competente, como se espera en el trabajo y en la cama, cumpliendo con los deberes y con las expectativas, volviendo a la exactitud de mis performances pero ahora sin hacer ruido, no fuera caso de que se despertaran otros fantasmas.

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