Receta fácil para acabar de inmediato con el malestar

No estamos en final de año, ni de trimestre, ni siquiera en fin de mes pero tengo que hacer una especie de contabilidad, un cierre de cuentas, un balance. Creo que tengo faringitis pero no lo sé seguro. No me apetece ir al centro de salud; está lleno de maricas, médicos y enfermeros muy apuestos y felices de ser maricas que me mirarán como si supieran de antemano que todos los síntomas, infecciones varias y demás molestias se remontaran a la última fiesta de chemsex, o al after de ayer, o a la sauna de hace tres o cuatro días. No hace falta decir que prefiero un país donde los gays y todas las opciones y estilos de vida son posibles y socialmente susceptibles de convivencia que otros donde maricas como yo o distintas jamás habríamos salido del armario (con vida, me refiero). Por eso, pese a que reincidimos en una hospitalidad mal entendida que confunde los derechos de asilo y la integración de los inmigrantes con políticas de arriba (nunca con nuestras responsabilidades) y pese a esta inercia y a esta ingenuidad ante el avance de ideologías que nos van a costar la sociedad multicultural que tanto mola, yo sigo defendiendo que el uso del condón es imprescindible tanto en el sexo como en política de interior. Más claro? No todo cabe. No todo es compatible. No todo entra. Y si entra, que conozca y cumpla con las condiciones que se le plantean. Así entré yo, y no se me han negado ningunas libertades. De hecho, he sido más libre aquí de lo que he podido ser en mi país de origen. Y por eso estoy tan atento a los gestos de poder de las llamadas minorías empoderadas de la que son ejemplo los médicos maricas que, por su condición de médicos, se ven autorizados a ejercer el poder de hacer juicios que no les permito y, por su condición de maricas, albergan los prejuicios que el mismo sistema distribuye para mantener a las maricas dentro de un orden previsible, típico, regulado.

Como no he querido ir al centro de salud y mañana volveré a trabajar, tengo que echar mano de tisanas e ibuprofenos. He salido a comprar raíz de gengibre y limón y me he hecho un litro de infusión que me he tomado con miel del pueblo. Me he comido un poco de bizcocho para tener algo de energía. He notado que llevaba la cartera muy gorda, así que he empezado a vaciarla de tickets de caja, recibos, billetes del metro, apuntes improductivos. Solo me quedé dos tarjetas de visita realmente importantes. Y tiré incluso la receta de Climen y Androcur, que es a lo que viene todo lo anterior. Me ha costado algunos minutos decidir si quedármela o no. Era una receta con validez por varios meses, que yo podía utilizar todavía. Cada vez que me toco la frente y noto la piel grasa, añoro los efectos de la hormona femenina, que me dejaban la piel lisa y limpia, fina y con una apariencia más joven. Y cada vez que tengo una erección por la calle o en el trabajo echo de menos la disminución de la libido que me proporcionaba el inhibidor. Durante esos minutos de indecisión que ahora trato de recrear para mí mismo, sé que he sentido un gran rechazo hacia ese animal de instintos en que no me quiero convertir. No quiero ser un rastafari misógino ni un sucedáneo de Bob Marley con alma de policía, pero ¿es posible que mi rechazo hacia los médicos maricas sea una señal de mi homofobia incipiente? Porque si es así, salgo corriendo. Pero ¿hacia dónde?

Tengo que hacer un balance. Decidí llevar a cabo una experiencia parcial de transición: de género, de raza, de esas y de otras categorías de cuya realidad no me fío. Me presenté con mi discurso, con mi cuerpo, en un centro de salud. Me deshormoné de testosterona, me hormoné de estrógenos y progesterona. ¿Tuve efectos secundarios? Sí. ¿Tuve altibajos, momentos de felicidad y muchas ganas de dejarlo? También. ¿Hice un buen vaciado de personas que sobraban? Y tanto, como decimos en Cataluña; i tant, ¡claro que sí! Me sentí más ligera, me reencontré a mí y al legado de mi madre, esa feminidad que le pertenece, que no sé describir, que no es ninguna esencia y que sobre todo no se suele transmitir a los hijos varones. Sea lo que sea el género, solo le interesa al poder si es binario. Por eso los transexuales fueron escándalo para el binarismo biológico, pero sobrevino el binarismo ideológico, y todo parecía recomponerse alrededor de la creencia de que quienes cambiaban de sexo solamente habían nacido en un cuerpo equivocado (habría que poner tantas comillas en esta y otras frases que prefiero confiar en vuestra capacidad lectora para que no parezca que las moscas han venido todas a cagar aquí). Luego vinieron a joder las personas transgénero, que no necesariamente querían someterse a cirugías, sobre todo si les suponían una pérdida de goce significativa, pero ante todo no se sentían necesariamente de un género o de otro, sino entre géneros, o de ambos, de otros aún, o de ninguno. Esto, para la que nunca que se haya planteado nada por el estilo, o a la que el cuerpo nunca le supuso un malestar, no le interesa y puede que le moleste. Pero esa gente que no se plantea nada y además pretende crucificar a quienes sí nos planteamos cuestiones que sobrepasan la memez de una rutina sin rumbo, esa gente no nos puede detener porque nuestro malestar es la primicia de otro malestar mucho más generalizado que es también el suyo, y si no lo comprenden en virtud de la propia experiencia y de su intelectualización, lo comprenderán en su cuerpo cuando les duela esto o aquello y no puedan trabajar, o cuando sufran una pérdida, o ya, de hecho, cada vez que sienten un vacío inexplicable. Esto no quiere decir que el malestar de la identidad sea un privilegio del que haya que presumir, ni que la pereza o la inoportunidad de pensar sea un pecado de cuya expiación nos haremos cargo las personas liberadas. Si algo me está enseñando la experiencia de moverme de un sitio a otro es precisamente la impropiedad de juzgar, y no en ese sentido gratuito en que lo decimos tan a menudo, no; me refiero a un sentido interior en el que, al tomar consciencia de cuánto y cuán fácilmente nos juzgamos y juzgamos a los demás, es difícil no sentir un dolor como si de una pérdida de un ser querido se tratara. Porque en verdad el juicio fácil, cotidiano, es una inquina que nos mata y corroe como un cáncer muy extendido y casi imposible de extirpar. Nos damos cuenta de que, si no nos fijamos en nuestra identidad, es decir, en quienes somos, es nuestra propia muerte la que estamos firmando a la vez que facilitamos la muerte de todo lo demás.

Quizás hayamos abusado de la palabra identidad, de expresiones como procesos identitarios, construcciones identitarias, discursos identitarios. Quizás hayamos endiosado a teóricos y sobre todo a teóricas cuyos discursos no se han renovado tanto como hubieran podido si no fueran ellas mismas rehenes de un circuito de adoradores, de editoriales, en fin, de sus propias medias verdades. Quizás hayamos logrado bastante y no deberíamos parar de lograrlo; no deberíamos porque la tentación de no pensar se manifiesta de muchas maneras: una de ellas es cristalizarse, quedarse dentro de un relato sin osar abandonarlo; otra es gregarizar, quedarse con los que piensan igual que es como decir: que no me cuestionarán; y otra es salir a la calle a gritar consignas que queremos creer que llegarán a buen puerto, pero que ni transformarán a aquellos que ya nos las creemos ni a aquellos para quienes nuestro desahogo es tan solo la fotografía retro de una lucha que ya no tiene sentido como tal. La resistencia es pensar. La revolución es desconfiarse.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s